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8 de enero 2007 - 00:00

2002: cómo cometer ola de errores en muy poco tiempo

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Pasaron cinco años desde que se adoptaron las fatídicas medidas que siguieron al abandono de la convertibilidad, y seguimos afrontando las consecuencias y tratando de resolver problemas que en esencia son insolubles. Nunca en toda la historia argentina se cometieron tantos y tan graves errores de política económica en un plazo tan breve, como en las primeras semanas del año 2002.

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Partamos de la base de que cuando asume Eduardo Duhalde como presidente, después de la declaración del default por su antecesor Adolfo Rodríguez Saá, no podía evitar la devaluación. Pero, a partir de allí, todo es un error tras otro. Primero se puso un tipo de cambio de $ 1,40 por dólar, que luego no se pudo mantener. Esto no tenía sentido; si se salía de la convertibilidad, había que dejar flotar, para que el tipo de cambio encontrara su nivel de mercado. Al final no quedó más remedio que hacer precisamente eso.

  • Mecanismo

  • La conversión de depósitos en dólares en pesos, a ese tipo de cambio, fue un grave error. De hecho, como el tipo de cambio saltó hasta casi $ 4, para luego estabilizarse en torno a $ 3, los ahorristas iniciaron numerosos juicios, que en gran parte ganaron, debiendo los bancos devolver los depósitos al tipo de cambio del momento. Ahora la Corte Suprema avaló esto de hecho, pero con un mecanismo muy rebuscado, reconociendo en principio la facultad del gobierno de pesificar depósitos en dólares, lo cual es jurídicamente incorrecto. De haberse mantenido el principio, anunciado inicialmente por Duhalde, de mantener los depósitos en dólares como tales, se hubieran evitado estos problemas. En tal caso, el público hubiera mantenido su confianza y se hubiese evitado la corrida contra el dólar, de modo que el tipo de cambio seguramente se habría estabilizado por debajo de $ 2 por dólar, lo cual hubiera significado un mucho menor nivel de conflictividad.

    El precio que estamos pagando por ese error, y que pagaremos por mucho tiempo, es el del achicamiento del sistema bancario. El crédito al sector privado se redujo de más de 25% del PBI en la convertibilidad a 10% actual. Actualmente los depósitos en dólares (o euros) se hacen en el exterior, o bien el público mantiene reservas en billetes de dólar. En ninguno de los dos casos esto genera créditos. Implica una huida de capitales, en un país que necesita capital. Los depósitos en dólares en bancos locales, que se han vuelto a permitir después de la pesificación, se han reducido al mínimo. En una sociedad que ahorra en dólares (y a veces en euros), no hay posibilidad de llevar el sistema bancario a la dimensión que la economía requiere sin reconocer esta realidad, o sea con amplios depósitos en dólares que se puedan aplicar a la financiación de negocios de comercio exterior y conexos, y también a créditos a largo plazo, en los que el tipo de cambio no evolucionará en forma muy distinta el CER. Pero la pesificación ha dado un golpe, tal vez mortal, a esta posibilidad.

    La conversión de uno a uno para deudores bancarios fue un disparate mayúsculo, que implicó un subsidio de miles de millones de dólares a empresas. Los beneficiarios del subsidio eran empresas y personas ricas, mientras que los perjudicados por la pesificación de sus depósitos eran en su gran mayoría personas de clase media, con recursos limitados. O sea que los más pobres subsidiaron a los más ricos. ¡Y esto lo hizo un gobierno peronista! Las empresas que se endeudaron en dólares, debían saber lo que estaban haciendo y asumir los riesgos de la operación que, de hecho, implicaba intereses mucho más bajos que los vigentes para créditos en pesos.

    En México, poco tiempo antes también se había devaluado de uno a tres, y se mantuvieron las deudas en dólares. Todo lo que había que hacer entonces era disponer un estiramiento de los plazos de amortización de los créditos. Los que se endeudaron directamente en el exterior no tuvieron el beneficio de la pesificación. Ello generó irritantes diferencias en la situación financiera de muchas empresas. Además, con esto quedó pendiente el problema de los créditos en dólares fuera del circuito bancario. Pero, además, el Tesoro tuvo que compensar a los bancos por la diferencia de la conversión de depósitos a $ 1,40 y de créditos a uno a uno. Con esto aumentó mucho la deuda pública, neutralizando el sacrificio que se impuso a los tenedores de títulos públicos, con una elevada quita, más la baja de tasas de interés y el estiramiento de plazos. En definitiva los que creyeron en el Estado argentino, comprando sus títulos, terminaron pagando parte del subsidio de quienes se endeudaron irresponsablemente en dólares. Sin ese disparate, tendríamos una deuda pública mucho más baja, lo cual de por sí sería positivo. Ahora el fallo de la Corte Suprema impone una nueva pérdida compulsiva a los bancos, que tienen que asumir la diferencia entre $ 3,07 y $ 1,40 por dólar, lo que debilita el sistema bancario justamente cuando más necesitamos fortalecerlo.

    El congelamiento de los depósitos a plazo fijo y de ahorro en dólares, previamente convertidos a pesos, y el establecimiento de un plan de repago a largo plazo (lo que el público bautizó como «corralón»), fue un disparate mayúsculo. Con esto se desmonetizó la economía y se profundizó la recesión. Milton Friedman, recientemente fallecido, obtuvo el Premio Nobel de Economía, no por ser liberal, sino por sus aportes a la teoría monetaria. Había observado que en el curso de la crisis del 30, la Reserva Federal mantenía constante, o en leve crecimiento, el monto de billetes en circulación y los depósitos en cuenta corriente (lo que luego se denominó M1), pero que los depósitos a plazo fijo habían descendido sustancialmente, por la desconfianza generada por el cierre de algunos bancos y la consiguiente pérdida por parte de ahorristas. Friedman descubrió el carácter monetario de esos depósitos (que con el M1 conforman el M2, y con otros depósitos el M3) y atribuyó a su disminución el agravamiento de la recesión. Pues bien: lo que en los Estdos Unidos sucedió sin que las autoridades monetarias se dieran cuenta, en la Argentina se hizo adrede. ¡Increíble! Lo único que hacía falta era mantener la restricción para el retiro de fondos en efectivo (el llamado «corralito»), que no interrumpía la cadena de pagos, sino que los canalizaba por los bancos. Esto sólo afectaba a los que operaban en negro y a los que querían comprar dólares. Se justificó el congelamiento por el peligro de caída de algunos bancos.

  • Exceso

    Todo lo que hacía falta era una declaración del Banco Central de que aportaría fondos a las entidades que perdiesen depósitos en una magnitud que comprometiese su existencia.

    Luego, con sólo aportar fondos en algunos casos críticos, todo se hubiera tranquilizado. De todos modos el Banco Central tuvo que prestar fondos a bancos en crisis. Es probable que con la metodología señalada hubiera tenido que aportar menos. De haberse actuado con sensatez, la tranquilidad se hubiera restablecido al poco tiempo, la recesión hubiera sido más leve en el primer trimestre de 2002, y la recuperación se hubiera iniciado antes. No hubiéramos tenido tanto exceso de desocupados, ni tan altos niveles de pobreza, ni hubiera sido necesario gastar tanto en subsidios para jefes de hogar sin recursos, ni hubiéramos tenido un aumento de la deuda pública como fue el caso.

    Y tampoco hubiésemos generado los nuevos ricos, que hicieron fortunas espurias (que pagamos todos nosotros) con la pesificación de sus deudas, pero con ingresos que se movían al compás del dólar o algo menos. Ello, en medio de una de las peores crisis que soportó la Argentina.
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