¿Es suficiente la intervención del Central para frenar la crisis?

Opiniones

En mi nota publicada el martes 23 de abril en Ámbito Financiero titulada “Plan Oktubre inconsistente y sin convicción” señalábamos la necesidad de que el Banco Central recuperara la capacidad de intervenir sin las limitaciones establecidas por el acuerdo con el FMI. Hablábamos de una necesaria mayor heterodoxia en la administración cambiaria y decíamos que esa “mayor heterodoxia” se iba a acelerar inevitablemente.

Luego de más de tres años de una desastrosa e inconsistente política económica y financiera el Gobierno finalmente entendió que no tenía otro remedio que frenar con todos los instrumentos el tipo de cambio para evitar en el corto plazo un colapso devaluatorio e inflacionario.

Así, se produjo la segunda modificación al esquema de bandas en tan sólo trece días y la cuarta modificación del régimen cambiario en los 10 meses de acuerdo con el FMI, luego de la fallida libre flotación del peso, el fracaso de las metas de inflación en un contexto de desregulación financiera y cambiaria que infló la burbuja del endeudamiento, generó persistentes desequilibrios de sector externo y provocó una fuga de capitales que nos llevaron a continuas maxidevaluaciones y a una inflación espiralizada con depresión económica como no se veía en 27 años.

Los engendros ideológicos no adecuados al contexto y características estructurales e idiosincráticas locales, tuvieron funestos resultados. Responsabilidad del Gobierno Argentino y del FMI que fijaron un programa inconsistente.

Sin duda la medida de tener capacidad de intervención era necesaria ahora la pregunta relevante que surge es: ¿Es suficiente para revertir la crisis?

El Gobierno perdió demasiado tiempo y ha erosionado su credibilidad. ¿Qué confianza pueden despertar esquemas cambiarios que cambian dos veces en menos de dos semanas? Sin duda tener más desatados los brazos para intervenir dentro de la aún llamada irónicamente zona de no intervención y tener más margen para ofrecer divisas si se supera el techo de la banda ayudan, pero la clave es el poder de fuego que exista para atender una fuerte y persistente demanda de divisas. Demanda siempre intensa en un año electoral y que se potencia por las inconsistencias económicas y por circunstancias globales que empiezan a ser menos favorables.

En solo tres semanas se evaporó más de la mitad del desembolso del FMI efectuado el 9 de abril por casi u$s 11 mil millones y la combinación de expectativas negativas y una aceleración inflacionaria concomitante pueden implosionar algo más que la política económica.

Ahora el Gobierno compró un poco de tiempo para intentar equilibrar la demanda de dólares con la oferta en los próximos siete meses que serán una eternidad si es que no se refuerzan las medidas adoptadas con políticas que refuercen la estabilidad cambiaria y limiten las presiones inflacionarias.

Si el Gobierno intenta fijar el tipo de cambio con fines electorales con una inflación del 4% mensual, se corre el riesgo de una corrección abrupta que le estalle en algún momento del año.

Así la política cambiaria se tiene que mover en un estrecho desfiladero entre una apreciación cambiaria que le de una cierta estabilidad de corto plazo incubando un mayor déficit externo y pérdida de reservas y el mantenimiento de un tipo de cambio más competitivo que genere presiones inflacionarias.

Las reservas no deberían financiar la fuga de capitales. El FMI entiende que las reservas son un mecanismo para garantizar el pago de la deuda durante 2019 y sus estatutos le impiden sostener a cualquier precio un tipo de cambio no sustentable.

El Fondo ya se quemó con Argentina en 2001 y el informe de la Oficina de Evaluación Independiente de 2004 fue lapidario con el manejo que hizo el FMI de la crisis de la convertibilidad.

El problema es que Argentina tiene una economía dolarizada donde el tipo de cambio tiene fuertes vínculos con su posición deudora y la persistente suba del riesgo país refleja el círculo vicioso entre el déficit externo, fragilidad financiera, nivel de endeudamiento y ausencia de financiamiento.

Así una fuerte devaluación y el fuerte ajuste del programa económico achicaría el PBI en dólares y haría realidad la profecía auto cumplida del FMI que la deuda es “altamente insustentable” al empeorar la relación Deuda/ PBI y el conjunto de indicadores de sustentabilidad de la deuda.

Por eso el precario respaldo para pagar la deuda en 2019 es percibido como cortoplacista y el convalidar una fuerte devaluación aceleraría un default de la deuda.

Pero, por otra parte, la utilización de dichas reservas para financiar las sucesivas presiones cambiarias que irán apareciendo este año, podrían llevar a que los inversores desconfíen cada vez más de que existan los recursos necesarios para pagar la deuda futura. Así, se podría observar una divergencia entre un tipo de cambio contenido y un riesgo país al alza. Si no se actúa, el segundo podrá eventualmente llevar a una presión del primero difícil de aguantar.

El Gobierno así está en una trampa que no tiene solución con un ajuste que agrava el déficit y reduce la capacidad de pago. El tipo de cambio no puede resolver por si solo el desequilibrio externo y la astronómica tasa de interés tampoco garantiza en el tiempo ni el financiamiento del déficit ni un límite a la fuga de capitales.

La incertidumbre global y electoral pueden exigirle al Gobierno nuevas heterodoxias para evitar una nueva corrida. Existen muchos pesos en forma de depósitos y otros activos en moneda local que pueden potencialmente dolarizarse y presionar sobre las reservas disponibles. No es novedad, que ya se encuentran circulando múltiples cálculos de reservas netas y masa potencial dolarizable. Si bien, todas con diferentes metodologías, la conclusión es la misma: La totalidad de las reservas netas equivalen a un escenario de dolarización de activos en pesos que tiene cierta posibilidad de ocurrencia.

Párrafo aparte merece la cancelación de la información diaria de la variación de reservas, información disponible en forma diaria e ininterrumpida desde hace mas de 25 años, lo que refleja una grosera pérdida de transparencia informativa y que va contra las propias políticas de diseminación de información del FMI, además de generar información asimétrica en detrimento del público y un suculento negocio para consultoras e inversores sofisticados además de un boomerang en las expectativas y en la credibilidad sobre la solvencia del sector externo.

Los factores globales y el humor político determinarán entonces si viviremos un año muy malo o un año de crisis si no se apuesta a políticas de crecimiento y no se generan los mecanismos que aseguren reservas suficientes con políticas eficientes de administración del sector externo que eviten un drenaje de reservas del Banco Central.

Sin medidas de fondo menguarán en semanas la liquidación de exportaciones y se acelerarán las demandas de pagos de importaciones, remisión de utilidades al exterior, cancelación de deudas en divisas, dolarización de activos en pesos y una mayor fuga de capitales.

El mercado testeará varias veces estos meses la capacidad del Gobierno de administrar la política cambiaria. Interviniendo puede ganar algunas batallas. Pero para ganar la guerra necesita mayor heterodoxia. Mejor que lo haga por la convicción de la necesidad y no al final de una crisis que se convierta en inmanejable. Queda claro que el Gobierno no tiene visión de país, hay que ver si le quedan suficientes reflejos de supervivencia.

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