María Cristina Picón es de esas mujeres que representan un sueño de los moderados de la Argentina: que vuelva alguna conciliación porque de ambos lados de los '70, hubo culpas. Pertenece la mujer a esos herederos dramáticos del setentismo pero que no pueden recordar a sus muertos más que en el recogimiento de sus hogares. Todo homenaje externo es «elogiar al terrorismo de Estado». Y no es así. O no en todos es así. A esta mujer en 1974, cuando aún había un ejército normal sin excesos represivos bajo un gobierno democráticamente electo, lo ametrallaron a balazos por la espalda a su marido, el joven capitán Humberto Viola, de 31 años, en Tucumán, y simultáneamente por estar en el vehículo con el padre le asesinaron ante su vista a su hija María Cristina de sólo 3 años. Además, le pegaron un tiro en la cabeza a su otra hija María Fernanda de 7 años que tras 8 operaciones durante 8 años seguidos logró vivir aunque con pérdida parcial de la visión. Cuando eso sucedía, en un mediodía cuando iban a comer a la casa de los suegros de esta mujer ella misma, además, tenía un embarazo de cinco meses.
Eran y son gente modesta. La viuda -que se volvió a casar y tuvo otra hija, la cuarta aunque vivan tres- está por jubilarse de preceptora de un colegio oficial. Otra hija es docente en una escuela en una villa, lejos de Tucumán. Otra vino a Buenos Aires. Le han dado ya dos nietos. Pero lo admirable de esta mujer es que no recuerda con rencor tremendo drama, dice comprender a las madres de víctimas de la represión sangrienta desde el Estado en esos años y para nada se enorgullece y lamenta el «homenaje» que le hizo la represión al cumplirse el primer aniversario de su desgracia: en el mismo lugar donde le mataron a esposo e hija y en el mismo día, 12 meses después hicieron volar un auto en la noche. Se calcula con 7 personas que murieron quemadas sin ley, ni juez y sin saberse siquiera, si eran culpables de aquel atentado del ERP.
Durante tres décadas, esta mujer eligió la vía ciudadana para sus reclamos. Cuando un funcionario del gobierno provincial simuló no conocer su historia, le pidió una audiencia para enterarlo. Si el debate nacional le quitaba el sueño, publicó cartas de lectores en el diario tucumano «La Gaceta». Las ideas, los sentimientos y los miedos de María Cristina Picón merecen ser escuchados, y algunos de ellos se los contó a este diario en la siguiente entrevista.
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Periodista: ¿Cómo se siente a 31 años del ataque a su familia?
María Cristina Picón: Te vas quedando sola, con los seres queridos, los hijos y algunos amigos. Otra gente se va olvidando y me quedo con los recuerdos. Es muy difícil sobrevivir a un hijo, pero ella (la pequeña María Cristina) está presente. No hablar de los muertos es enterrarlos definitivamente.
P.: ¿Qué la llevó a seguir adelante?
M.C.P.: Yo creo que las mujeres somos más heroicas que ustedes, aunque no soy feminista. Aun muertos mi María Cristina y mi marido yo tenía otras dos niñas que me necesitaban y había que tirar para adelante. He tirado un carro muy pesado, no lo he descargado y por eso no estoy tan bien. Fernanda (la hija mayor, de cinco años en el momento del ataque) había tenido pérdida de masa encefálica. Creíamos que estaba ciega, pero se ha ido recuperando y sólo ha perdido campo visual. Puse toda mi atención en su salud, pero para eso tuve que relegar a los muertos y, de pronto, hay cosas que no tengo resueltas. Es como que no he hecho el duelo. He tenido también momentos ridículos. Iba a los actos patrios del colegio, miraba a Fernanda, a Luciana, y buscaba a María Cristina en su grado, y no la encontraba.
P.: ¿El miedo que comentaba ha pasado o aún la acompaña?
M.C.P.: He vivido mal, con mucho miedo. Por ahí también me agarran pensaba. ¡Mirá que ha pasado tiempo! Tenía miedo de que me robaran a Fernanda herida del sanatorio. ¡Qué tontera! Ya habían cumplido el objetivo.
En 1987, el 4 de octubre, el juez federal Jorge Parache dejó libre por buena conducta a uno de los asesinos del padre, Humberto, y María Cristina. Era Fermín Núñez. Fui al juzgado a decirles que los hacía responsables de lo que pudiera pasarles a mis chicas. Pero las tres, Lucila, Fernanda y Agustina (del segundo matrimonio) no tienen odio. Ellas supieron de calesitas, globos y cumpleaños, no de odio. Fernanda hoy es mamá.
P.: Me decía que eligió el perfil bajo y se alejó del clamor político.
M.C.P.: Yo no politizo, no es mi estilo, y tampoco han venido a buscarme los medios. Pienso que las mamás de los desaparecidos de los '70 sienten lo que yo siento como madre, nada más que lo pueden expresar de otra forma, con marchas, pidiendo, reclamando, otro estilo. El tema desaparecidos es horrendo. No sé si son 30 mil, pero igual es un horror. Quiero decirte que cuando la memoria es parcial, es mentira. Siento que se escucha una sola voz, que no es la verdadera historia. En abril de 2003 mandé una carta al diario «La Gaceta» (de Tucumán) que terminaba así: «Como mujer, como mamá, y como parte de esta historia, no puedo más que gritar: 'La Argentina de los 70, nunca más'».
P.: ¿Le interesaba la política antes de lo que le ocurrió a su familia?
M.C.P.: Absolutamente no. Era una señora de mi casa, de mi familia. Para ese entonces (1974) ya se habían cometido actos terroristas: el secuestro y muerte del general
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