El impacto geoeconómico del coronavirus

Opiniones

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha manifestado que no recibió la respuesta que esperaba cuando pidió a los países miembros 675 millones de dólares para aplicar un plan de respuesta al Covid-19.

La historia de la humanidad ha tenido varias epidemias que se extendieron más allá de las fronteras nacionales y regionales, transformándose, en poco tiempo, en pandemias generalizadas a lo largo y ancho de nuestro planeta. Por supuesto, la intensidad ha sido diferente, pero el resultado geopolítico y geoeconómico ha sido casi siempre el mismo: mancomunión diplomática discursiva, poniendo a disposición todos los recursos necesarios para pasar ‘el temblor’ lo más rápidamente posible.

Sin embargo, este contexto ha sido puesto en discusión en la actual pandemia: la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha manifestado que no recibió la respuesta que esperaba cuando pidió a los países miembros 675 millones de dólares para aplicar un plan de respuesta al Covid-19. Todos preocupados, si. Pero al final del día, cada Estado busca su ‘propia salvación’, ya que los recursos son escasos para todos y el mundo se encuentra muy complicado como para continuar insistiendo con la irrealidad que implicó el ‘fin de la historia’ y la gran alianza de cooperación trasnacional.

Posteriormente, siempre se han evaluado las consecuencias macroeconómicas y financieras que dejaron las pandemias. Que en pos de la verdad, con atenuantes diversos y con los avances de la medicina de las últimas décadas, las mismas no han ‘derrumbado’ a la economía global. Por ejemplo, la pandemia de la gripe porcina SARS del año 2003, causó 744 muertes y dejó pérdidas económicas que no superaron los 12.000 millones de dólares. Por su parte, la pandemia de la Gripe A, que comenzó en 2009 y duró poco más de un año, solo impacto en un 0,1% del PBI global. Posteriormente, la pandemia del Ébola, generada en Guinea en 2013 y luego extendida principalmente por varios países del continente, tuvo una duración de 3 años y produjo 11.323 muertes, todas en los países africanos salvo una en los Estados Unidos. La repercusión macro allí fue relativa y difícil de mesurar: amplias problemáticas políticas, económicas y sanitarias (como el HIV) estructurales, diluyeron el dilema económico derivado específicamente del virus. En nuestras latitudes, la pandemia del virus del Zika llegó en el año 2015 y afectó a algunas miles de personas en 76 países. Al no haber muertes sino casos de microcefalia o malformaciones del sistema nervioso central – sobre todo en infantes -, el impacto geoeconómico de corto plazo fue más reducido.

En la actualidad, el propio Fondo Monetario Internacional (FMI), que preveía que 2020 fuera el año del repunte de la economía mundial tras haber tocado fondo la desaceleración en 2019, ahora duda de que el crecimiento global llegue al 3,3% inicialmente calculado; sin embargo, estima que la pandemia del Covid-19 podría solamente restar una o dos décimas a ese crecimiento. El Banco Mundial, por su parte, ha publicado que el costo del agravamiento de una pandemia de gripe grave puede ascender a un total equivalente al 5% del PBI mundial. No es poco, pero tampoco es una tragedia económica de la que el sistema económico global, tal como se encuentra al día de hoy, no pueda recuperarse en el corto/mediano plazo. Más aún, algunos más optimistas en cuanto un ya leve retroceso del virus en términos de la dinámica cuantitativa, como el Citibank, sostiene que la actividad económica en China ya está volviendo a la normalidad y estaría en torno al 45% de su capacidad previa a la epidemia, lo que le conlleva a pensar que el Coronavirus estaría bajo control en el gigante asiático a finales de Marzo. Un paréntesis aquí sobre la relevancia de un Estado totalitario como lo es el chino: mientras por un lado recibe críticas por parte de los pro-derechos humanos, por el otro demuestra la eficacia que ello provoca en tanto al férreo control de la población.

Siguiendo con las consecuencias económicas en China, el Deutsche Bank calcula que la epidemia le restará 0,3 puntos porcentuales en 2020, aunque la agencia Moody's duplica ese impacto previsto y ha rebajado su previsión para 2020 del 5,8% al 5,3% de crecimiento del producto. El foco en la segunda potencia económica del mundo no es menor: lugar embrionario y principal afectado por el Coronavirus – como más del 95% del total de casos -, conlleva un análisis que excede la coyuntura: cuando apareció el SARS hace casi dos décadas con China como principal afectada (disminución del PBI del 1%), el gigante asiático representaba sólo el 4,2% de la economía mundial; mientras que el año pasado, su participación en el PBI se había incrementado de tal forma hasta alcanzar el 18% del total global. Por ende, su representatividad a la hora de realizar una prospectiva es actualmente mucho mayor.

En este sentido, una gran cantidad de empresas que concentraron su producción en China, podrían reevaluar su lógica de dependencia estratégica y diversificar su cadena de valor, principalmente redistribuyendo sus operaciones en el resto de los países del Sudeste Asiático: justamente aquellos Estados que hasta hace poco eran proveedores complementarios de China, y que de a poco se van tornando en competidores formales, ya sea por menores precios (sobre todo en términos salariales) o por el mejoramiento de sus capacidades tecnológicas.

Un razonamiento complementario expuso el Secretario de Comercio estadounidense, Wilbur Ross, quien declaró declaró que la pandemia “ayudará a acelerar el regreso de los empleos a América del Norte. Algunos a Estados Unidos y otros a México, probablemente”. Por supuesto, a continuación aclaró que “antes que nada, el corazón de cada estadounidense tiene que estar con las víctimas del Coronavirus”. El sincericidio del relevante funcionario estadounidense solo desnuda lo que ya sabemos: las casi tres mil vidas pérdidas hasta el día de hoy son lo que menos importa, aunque los Estados intentan al menos mantener las formas discursivas ante los ojos de una población global aturdida y temerosa de su salubridad.

En términos de la cotidianidad empírica, no cabe duda que el coronavirus tiene un impacto, sobre todo en los sectores del turismo, el transporte y las industrias que conllevan una cuantiosa aglomeración de trabajadores. En este sentido, cualquier ascendencia negativa sobre el efecto multiplicador del Consumo o el acelerador de la Inversión, generará un proceso de retracción económica de la economía real. A excepción de algunos sectores o industrias, como la farmacéutica o la tecnología digital que se ven impulsados positivamente por el escenario de crisis generado por la pandemia, la mayor parte de los actores económicos se ven afectados: los cierres de fábricas para evitar grandes reuniones de personas conllevan un congelamiento de la producción, el efecto económico negativo derivado de la desaceleración China (siendo el gigante asiático el mayor consumidor de una gran cantidad de las materias primas de las cuales dependen varias regiones del planeta), o el propio sector del turismo, donde solo los chinos en el extranjero representaron 170 millones de visitantes en el 2019, por solo nombrar algunos ejemplos. Y en un mundo donde la vorágine de la globalización neoliberal llegó para quedarse, cualquier obstáculo al crecimiento económico global es un llamado de alerta para los mercados.

En cuanto a estos últimos, no podemos dejar de mencionar la lógica de la economía financiera. Los otrora bien denominados (y lamentablemente conocidos por nosotros) capitales golondrinas, huyen mayoritariamente despavoridos ante el primer síntoma de alarma de inestabilidad. No importa muy bien la razón – y en muchas ocasiones tampoco la comprenden cabalmente -, pero siempre es mejor escapar hacia activos seguros, alejados de las potenciales pérdidas que podrían sufrir ante la persistencia de una crisis pandémica.

En este aspecto, el ‘flight to quality’ al oro o a los bonos del tesoro estadounidense es un deja vú que se ha repetido frecuentemente en la historia económica: una crisis financiera regional, una guerra que involucre algún Estado petrolero del Medio Oriente, o un nuevo virus momentáneamente indescifrable, son algunas variables que desatan el temor y la tempestad de los mercados financieros. Quienes precisamente no son los más racionales para analizar cada caso en detalle, ni para evaluar una prospectiva de largo plazo. También es lógico. Hay mucho dinero en juego – en muchas ocasiones mal habido -, que tiene solo un per se: multiplicarse como sea. Las potenciales pérdidas pueden ser el final; sobre todo de aquellos que solo viven de la especulación.

El otro punto a tener en cuenta es que, al ser un problema de salubridad puntual, la afectación es específicamente sobre los seres humanos. Y no sobre el capital, ya sea financiero o de bienes y servicios. Ello no es un tema menor: en los países donde no penetre el virus en profundidad, los procesos de producción, las transacciones, y la dinámica de las comunicaciones permitirá que los efectos colaterales sean suavizados.

Nuestro país podría ser un ejemplo de ello: más allá del creciente flujo de turistas chinos en nuestro país o los viajes de negocios de empresarios argentinos al gigante asiático, las exportaciones de carne vacuna o la soja con sus derivados, deberían continuar sin mayores inconvenientes operativos. Mismo si tenemos que activar el Swap o efectivizar las inversiones financieras o en la economía real previamente acordadas entre ambos Estados. Por supuesto, en términos de demanda y oferta siempre es más fluido un escenario ‘libre de virus’, pero los impactos macroeconómicos y financieros trasnacionales no deberían ser devastadores. Más aún, seguramente serán mucho menores, por ejemplo, que si la guerra comercial entre Estados Unidos y China – que tiene en vilo al mundo entero - se sostiene a lo largo de los años.

En definitiva, salvó que se genere una potenciación de la problemática de salubridad en términos temporales y cuantitativos, los efectos en el largo plazo no deberían ser catastróficos para la economía global. Y para los argentinos, lejos se encuentra de ser un dilema estructural y endémico, como lo son el dengue, los espeluznantes números de la pobreza, o la violencia social que no cede. Con millones de carentes y miles de muertes que si son, lamentablemente, parte de nuestra vida cotidiana. Y ello es consecuencia de la peor enfermedad que padecemos: un país históricamente vilipendiado por gobiernos inoperantes, sectores económicos concentrados evasores, y sindicalistas cómplices y ajenos a las necesidades de quienes los representan; todos aquellos que han hecho de la mala praxis y la corrupción la norma de la política argentina. Donde el coronavirus, en comparación, tiene el mismo impacto que una mera caricia.

(*) Economista y Doctor en Relaciones Internacionales.

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