Tres claves de la repetición

Opiniones

Diamand, Portantiero y Halperín nos tiran una linterna mientras corremos en el laberinto argentino. Industria, empate y peronismo.

Los espejismos argentinos a veces lucen tan pero tan parecidos a milagros económicos. Pero son espejismos. Así es como la economía de la dictadura con el dólar más barato de nuestra historia -gracias al endeudamiento- dio un par de años de crecimiento antes de un caos financiero que sólo quedó eclipsado por la derrota en una guerra. También aquellos meses entre 1985 y 1986 cuando se pensó que ese ingenioso plan que era el Austral podía funcionar.

Dos períodos fueron los espejismos mejor escenografiados: los años de la convertibilidad hasta 1998 y los del kirchnerismo hasta 2011. Ambos generaron esa sensación tan real de que, finalmente, el estancamiento posrodrigazo había quedado atrás.

Ahora llegamos a otro callejón.

Por eso el empresario Marcelo Diamand, el sociólogo Juan Carlos Portantiero y el historiador Tulio Halperín Donghi nos darán pistas para una salida. Los tres fallecieron pero sus conclusiones viven en cada paso que damos.

Impresiona leer los textos de Marcelo Diamand escritos hace más de treinta años porque su relato coincide al detalle con lo que sucede una y otra vez en nuestros derrapes, sólo hay que cambiar los nombres de los ministros de economía.

La Argentina quiere tener un sector industrial, empecemos por ahí. Este hecho es clave porque las desindustrializaciones violentas que hemos vivido tienen un límite e invariablemente terminan en una reversión del proceso. Por ejemplo: sabemos que se tomaría como un gran fracaso perder al sector automotriz. Aun cuando está subsidiado, aun cuando pierde divisas, aun cuando Australia -ese país que tenemos de fetiche- lo haya desmantelado. Argentina borró del mapa sectores industriales enteros como el polo aeronáutico de Córdoba o el complejo ferroviario. Pero estas medidas se ven como errores; entonces, el Estado refuerza otros: Arsat, polo electrónico de Tierra del Fuego. Se termina en un juego de suma cero, con marchas y contramarchas que cuestan muchos dólares.

Diamand nos dice que esa productividad de dos velocidades (superlativa en el sector primario, baja en el industrial), esa estructura productiva desequilibrada, tienen que balancearse y no hay que intentar elegir una u otra.

La solución más usada es devaluar, pero cada vez que Argentina hizo eso terminó igual: el PBI cae, el salario real también y la presión social aumenta para que el salario vuelva al punto anterior. Diamand acepta el postulado liberal: de sostenerse, el disciplinamiento del sector asalariado podría generar una salida; pero como en los hechos el reclamo popular logra imponerse, esto se debe desechar como posibilidad.

Para la falta de dólares la solución liberal será la inversión extranjera y tomar deuda, la solución dirigista serán los controles cambiarios. Pero lo cierto es que la primera termina en una súbita reversión de flujos (como ahora) y la segunda en un próspero mercado negro, blue (o el próximo color eufemístico que se quiera utilizar) y en fraudes con la facturación del comercio exterior.

La lección, en definitiva, es aceptar el destino industrial del país, pero con un fuerte compromiso para que ese sector sea competitivo, detectando los casos de mal uso y abuso de las promociones o barreras proteccionistas. Y si queremos industrializar, es necesario desdoblar el dólar.

Además de una estructura productiva desequilibrada, tenemos un empate político. No sólo es el empate político entre el peronismo y el no-peronismo, también entre una economía liberal-externista y otra proteccionista-industrial. Ninguno de los dos sectores logra imponer su proyecto porque el otro lo neutraliza. A veces, es muy real la sensación de que uno de los dos bandos ha alcanzado la hegemonía definitiva y superado el esquema de amigo-enemigo; pero, ante los primeros tropiezos vuelve con fuerza la facción que estaba agazapada, con o sin ministerio de la venganza.

Cuando a la Argentina se la compara con Chile o con España, no hay que pasar por alto que el empate que también tenían estos dos países fue resuelto en un punto de sus historias. En ambos casos se hizo a fuerza de represión y dictadura, con Francisco Franco y con Augusto Pinochet. Y cuando resurgió con fuerza la oposición a estos dos regímenes, esa oposición aceptó las reformas ya hechas tanto por los tecnócratas ultracatólicos en el caso de España, como por los Chicago boys y Hernán Büchi en el de Chile.

Por más difícil que sea, la única opción argentina es resolver el empate sin violencia.

Portantiero nos advierte que ese juego de suma cero se intenta saldar con gobiernos que se encuentran en un punto intermedio entre ambos bandos (moderados, centristas) y, aún cuando esto puede tener su lado positivo, la falta de representatividad de estos gobiernos se suma para desencadenar las crisis.

Finalmente, el peronismo y su lenta domesticación a las formas republicanas.

Cuarenta años tardó en morir la sociedad peronista. Halperín Donghi ubica el momento de la muerte en la hiperinflación y en la posterior transformación del Estado hecha por el mismo PJ en los noventa.

Pero Halperín acepta que una cosa es la sociedad peronista -ya inexistente- y otra la Argentina peronista, que pervive. La segunda es una forma de hacer política que invariablemente tiende a querer representar al todo (no a la parte), a la hegemonía y al culto a la personalidad.

Cuando estamos en vísperas de ser gobernados por un quinto peronismo es importante entender que cada gobierno PJ fue más republicano que su predecesor y que el último -el kirchnerismo- ya no logró reformar la Constitución.

Pero este cambio es lento y puede estar lleno de cadenas nacionales.

Quien nos persigue en el laberinto -ya sea un estallido social o una horrible pauperización- está a punto de atraparnos. Y, una vez más, vamos a sobrevivir.

Pero mientras el ciclo depresión-euforia reemplace a la reflexión y el volantazo al verdadero aprendizaje, habrá supervivencia, pero no salida.

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