La Fed se mantiene impasible, pero las tasas de interés de largo plazo no cesan de elevarse. Desde principios de diciembre -cuando marcaron un piso fugaz de 4,40%- las tasas del Tesoro de los EE.UU. a 10 años acumulan un avance que araña el medio punto porcentual. Una conclusión surge obvia: si la remontada se acentúa, tarde o temprano, ningún mercado podrá ignorarla a la hora de establecer sus precios.
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La suba persistente de las tasas largas de interés es una novedad llamativa. No porque no haya ocurrido antes: como es sabido, 2005 y, sobre todo, 2006 comenzaron con similar bautismo de fuego. La originalidad reside en el contexto -harto diferente- que rige en 2007.
Por empezar, la Reserva Federal ya no empuja las tasas cortas al alza, como lo hiciera en forma ininterrumpida desde junio de 2004 hasta mediados de 2006. El boom de la energía -otrora irrefrenable- ha visto caer 30% los precios del petróleo desde sus máximos, y si ahora dibuja una tímida recuperación, no es por el influjo de una demanda desbordante sino apoyada en las muletas de los cortes de producción de la OPEP (y el reciente anuncio del presidente Bush de su voluntad de duplicar el tamaño de las reservas estratégicas de los EE.UU.).
La inflación minorista -que superó el umbral de 4% en junio de 2006- ha regresado a un redil de moderación.
Aunque una lectura anual de 2,5% es alta para los cánones de la política monetaria norteamericana, lo cierto es que los precios -anualizando su avance de los últimos tres mesesapenas aumentaron 0,2%.
O sea que, esta vez, ni la Fed ni la energía ni la inflación han jugado su tradicional papel de villanos. La última vez que las tasas largas se dispararon con ímpetu comparable -estando la Fed fuera de acción- fue precisamente en el segundo trimestre de 2004, cuando los mercados leyeron con acierto que la tregua monetaria (y la tasa a 1%) tenía ya las semanas contadas.
Dudas
¿Están los mercados de bonos repitiendo el pronóstico? ¿Anticipan acaso la necesidad del regreso de la Fed desde cuarteles de invierno para rematar su faena de ajuste de tasas? Bernanke y los suyos se encontrarán el próximo 31 y la respuesta es cantada: no habrá novedades. Pero la visión sobre las reuniones de marzo y mayo sí ha cambiado en las últimas semanas.
Una economía que en noviembre se presumía tenía pocas chances de escapar de la recesión sin el auxilio de la Fed ha demostrado -en diciembre y lo que va de enero- una notable capacidad de resurrección. Por otra parte, la inflación subyacente -cuando se excluye el efecto directo de los menores precios de la energía- sólo acusa una mejoría acotada. Si se toman los últimos tres meses -se dijo-, la inflación anualizada fue 0,2%. Dejando la energía de lado, la lectura es 1,4%; lo que tampoco está mal. La objeción estriba en la existencia de un núcleo recalcitrante: todavía la mitad de los componentes de la canasta minorista revela aumentos no inferiores a 3,4%. No se contaba con un sedimento que fuera tan resistente. Y no hay dudas que doblegar esta inercia debe figurar al tope de la agenda de política monetaria.
Así, el repunte de las tasas largas puede explicarse con sencillez sobre la base de estos dos argumentos. Si -a trazo grueso-la suba de tasas totaliza 45 puntos base desde principios de diciembre, dos terceras partes pueden anotarse en la cuenta de un crecimiento mayor que el esperado según surge de observar la evolución de los TIP a 10 años (los bonos del Tesoro que devengan una tasa de interés real ya que su capital está protegido ante la inflación minorista). El tercio restante -15 puntos base-puede asimilarse (siempre «con pinzas») a una mayor expectativa de inflación (lo que arroja una estimación de 2,38% anual, o sea todavía por encima del rango de estabilidad de precios que preconiza la Fed).
¿Es esto una señal de que el organismo deberá afilar otra vez las uñas? No parece suficiente. Está en línea sí con la idea de que -por el momentono se prepara para relajar la política monetaria. Pero el mensaje es todavía menos contundente si se considera tanto la volatilidad de las observaciones de precio como la de los propios indicadores económicos. Buena parte de la fortaleza económica reciente puede ser atribuida a un invierno increíblemente benigno. Así, el temporal de frío y nieve que azotó la semana pasada a los EE.UU. contribuyó -por ejemplo-al salto inesperado de 36 mil solicitudes adicionales de subsidios por desempleo la semana anterior.
Una Reserva Federal que permanezca en el rol de observadora sigue siendo pues el pronóstico más confiable. Si como dijo Thomas Hoenig, el presidente de la Fed de Kansas City (y un hombre con voz y voto durante 2007), la política monetaria actual es «moderadamente restrictiva», bastará con dejarla en su sitio -sin mayores aditamentospara que se ocupe de desmontar los últimos vestigios de inflación.