ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

18 de julio 2026 - 00:00

Del "No Future" al futuro oscuro

Una encuesta reciente a nivel nacional realizada por la Consultora Sentimientos Públicos revela la visión negativa de los argentinos con respecto al devenir de la humanidad y un gran escepticismo en lo que se refiere a la Inteligencia Artificial. La pregunta por el futuro de la democracia.

ver más

La idea de que el progreso técnico va a salvar a la especie parece rota, y esa desconfianza en la tecnología es un dato bien propio del siglo XXI. 

ChatGPT IA

Durante la década del noventa en los estudios de investigación de mercado se hablaba del “no future”. Se trataba de una visión sobre el destino de la sociedad, presente en particular en los más jóvenes, según la cual el futuro era un agujero negro, una incógnita que podía llegar a parecerse a un vacío. Hoy, más de veinte años después, y ante el reciente estudio que realizamos junto al equipo de Sentimientos Públicos, el temperamento social no parecen haberse vuelto más luminoso, sino al contrario. Hay más definición con respecto al futuro, pero la misma es negativa. Como si de la falta de futuro, que encerraba una incertidumbre, hubiésemos pasado a una predisposición pesimista. Del “no future” al futuro oscuro.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Iniciamos nuestro último estudio con una pregunta de índole general, que intentaba indagar sobre el pesimismo o el optimismo civilizatorio de los argentinos. Sobre una muestra de 1.500 casos con un margen de error de un 3,5% a nivel nacional, preguntamos a las personas qué opinaban sobre el rumbo de la humanidad. Las opciones eran tres. “Está cada vez peor y va hacia el colapso” fue la opción más elegida, con el 47% de las frecuencias. “No hay progreso ni retroceso, siempre hubo ganadores y perdedores” es la segunda más elegida, con un 34% de las frecuencias. Y “Está mejorando pese a todo” quedó en tercer lugar, con apenas un 19% de las frecuencias.

El hecho de que casi la mitad de los argentinos cree que la humanidad está cada vez peor y va hacia el colapso podría ser un interesante punto de partida a la hora de pensar temas como la baja de la natalidad, la desafección política o incluso el comportamiento económico de amplios sectores. Pero, más allá de eso, los que hacemos estudios de opinión pública intentamos rastrear tendencias. Y los jóvenes son quienes a veces pueden dar indicios sobre el panorama venidero. En este punto, si pensamos en los más jóvenes de nuestra muestra, aquellos que tienen entre 18 y 28 años, el valor que triunfa es el escepticismo: casi un 60% que considera que no hay progreso ni retroceso. Entre ellos, apenas un 15% cree que la humanidad está mejorando pese a todo. Un cuarto son pesimistas. Pero el pesimismo aumenta drásticamente en aquellos que tienen entre 29 y 40 años: sólo un 8% cree que la humanidad mejora, mientras que el pesimismo llega al 55%.

Una generación de jóvenes aún no consolidados en el mercado laboral tremendamente escépticos y una generación de adultos jóvenes pesimistas. Las perspectivas para la elaboración de proyectos que apuesten por el progreso del país no parecen ser alentadoras. Pero a eso se le suma otro factor clave: las clases altas son las más pesimistas. Un 54% de los encuestados catalogados como de nivel socioeconómico más alto dijeron que la humanidad va hacia el colapso. Mientras que, en las clases bajas, la opción predominante fue el escepticismo, que trepó en más de seis puntos con respecto al total. Con unos jóvenes y unos pobres resignados al escepticismo, y unos adultos ricos mayoritariamente pesimistas, cabe preguntarse quiénes serán capaces de establecer perspectivas comunes a mediano plazo: invertir, sembrar, construir o simplemente brindarse por una idea que los trascienda en aras de un futuro mejor y de una sociedad más robusta.

Los usos sociales de la IA

La segunda pregunta dentro de este tipo de registro orientado a captar visiones con respecto al devenir humano se vinculó a las repercusiones de la IA en el corto-mediano plazo. Preguntamos “Considerás que en los próximos 5 años la Inteligencia Artificial…”, y también dimos tres opciones. El resultado fue que un cuarto (25%) opinó que “Va a dejarte sin trabajo”, poco menos de un tercio (31%) declaró que “Va a mejorar tu vida” y la mayoría, un 44%, seleccionó la opción de “No va a influir significativamente”.

No existe una correlación clara entre fe en la IA y fe en el progreso de la humanidad. La idea de que el progreso técnico va a salvar a la especie parece rota, y esa desconfianza en la tecnología es un dato bien propio del siglo XXI. Pero tampoco campea una visión catastrofista o desgarrada. De hecho, entre la generación más negativa -o desilusionada-, los Millennials que tienen entre 29 y 40 años, apenas el 40% sostiene que la IA va a dejarlos sin trabajo. Mientras que entre los Centennials de 18 a 28 el optimismo con respecto a la IA crece 10 puntos con respecto al promedio: la creencia en que la IA mejorará sus vidas trepa a un 42%. Algo similar pasa entre los Gen x (40-55 años): al haber visto todo el cambio tecnológico desde los teléfonos de línea hasta los LLM, y al haber podido usarlos a todos con soltura, su optimismo tecnológico parece mayor.

No existe una correlación clara entre fe en la IA y fe en el progreso de la humanidad.

¿Y los pobres? Son los más optimistas con respecto a la IA. Lejos de las imágenes del antiguo ludismo con trabajadores consagrados a destruir máquinas, los más pobres saben que sus trabajos no serán fácilmente reemplazados en cinco años, y el 37% cree que la IA mejorará sus vidas, más de 5 puntos por encima del promedio y 11 puntos por encima de los sectores más altos. Escépticos con respecto al destino general de la humanidad, y más optimistas con respecto a la IA, los más pobres muestran un pragmatismo notable y cada vez menos ideológico. En cambio, aquellos que históricamente se concebían como clases dirigentes capaces de forjar un proyecto para lo colectivo son los más pesimistas. Los más ricos temen a la IA aunque valoran que pueda reducir sus costos laborales; los sectores medios tienden a demonizarla por temor al reemplazo o por cuestiones morales.

Pero por encima -o a través- de estas tendencias se impone un cambio fundamental. Preguntamos también qué era lo primero que las personas hacían cuando les surgía una duda. Las opciones eran “Le pregunto a alguien que conozco” (24%), “Le pregunto a Google” (58%) o “Uso IA Generativa” (18%). Más allá de que Google ya tiene a Gemini, su IA, muchas veces incorporada en la respuesta, esta pregunta nos trajo otra revelación fundamental: en nuestro país la brecha campo – ciudad en el uso de la IA no es significativa. De hecho, cuando comparamos al uso de la IA como primera opción en el AMBA y en el resto del país, la adopción federal de la IA fue levemente superior a la del área metropolitana. Los niveles socioeconómicos más bajos utilizan más la IA como primera opción que los medios y los altos. Y quienes más usan la IA tienen una propensión mayor a creer que les mejorará la vida. Hay, en suma, un uso popular, transaccional, federal, joven y uno se ve tentado a decir desesperado de la IA como un recurso que se sabe transitorio, del cual se desconfía bastante, pero que al mismo tiempo promete mejorar mi propia vida sin poder evitar que la civilización colapse.

Con democracia no, sin democracia tampoco

En la segunda parte de este estudio pusimos a prueba algunas frases que, con mayor o menor fortuna, intentaban cuantificar la relación entre las personas y las promesas del sistema democrático. En primer lugar, y emulando trabajos que se realizaron en otros lugares del mundo, preguntamos “¿Aceptarías no elegir legisladores y un presidente por 10 años a cambio de un ingreso mensual de 500 dólares?”. Como respuesta dimos tres opciones. Tan sólo un 9% estuvo de acuerdo con esta propuesta, mientras que un 13% seleccionó que “Lo dudaría” y un 78% se manifestó en desacuerdo.

Este rechazo mayoritario a quebrar las reglas de la alternancia y la separación republicana de los poderes muestra, sin embargo, algunos matices, algunas rajaduras. La aceptación y la duda crecen mucho entre los más pobres y los más jóvenes. Un 25% de los menores de 28 años lo aceptaría, y un 20% lo dudaría, lo que baja el rechazo al 55% en este segmento de la población. Algo similar pasa con los sectores bajos: un 25% lo aceptaría, y un 13% lo dudaría. La misma sensibilidad transaccional y el mismo pragmatismo desconfiado, no idealista y casi anti-humanista que podíamos detectar en las preguntas anteriores.

La segunda pregunta de este estilo arribó a un amplio consenso. Propusimos: “Los súper ricos deberían pagar más impuestos y eso debería destinarse a educación, pero ese dinero no debería ser administrado por políticos sino por otra institución o una IA”. El acuerdo, en modo inverso a la pregunta anterior, fue de un 78%. Y un 22% dijo estar en desacuerdo. Si bien uno sabe que la estadística no funciona así, la tentación de decir que las personas que rechazan la anulación del parlamento y períodos presidenciales más extensos son las mismas que quieren impuestos a los súper ricos pero no manjeados por la política. Dos aperturas llamativas de esta pregunta son que 9 de cada diez personas de niveles socioeconómicos bajos acuerdan con la frase, y también 9 de cada 10 adultos mayores a 70 años lo hacen: aunque usan la IA significativamente menos, su rechazo a los políticos es poderoso.

En tercer lugar propusimos “Confío en que en el futuro el sistema previsional va a mejorar y voy a tener una buena jubilación”. El acuerdo con la frase fue de aproximadamente un tercio (31,5%) y el desacuerdo de un 68,5%. La tendencia, en este caso, es que a mayor edad hay menos confianza en tener una buena jubilación. De hecho, entre aquellos que tienen más de 40 años, el promedio de acuerdo desciende ya a un 24%. Y entre los más pobres existe más optimismo: un 45% confía en que tendrá una buena jubilación.

En suma, en este y en otra serie de estudios, tanto cualitativos como cuantitativos, percibimos que si bien la democracia no es suficiente, si bien sus promesas fallaron y ni siquiera llega a garantizar una vejez digna, y el nivel de conformidad con la clase política es bajísimo, un cambio de régimen que elimine el voto e instancias de participación política tampoco tiene el visto bueno de la sociedad. Hay más bien una demanda de formulaciones híbridas, pragmáticas, orientadas a resultados, anti-burocráticas, que constituyen un verdadero desafío para la creatividad de todos aquellos abocados a pensar tanto la interpelación política como el diseño institucional.

Entre el pesimismo escéptico y la demanda de construcción creativa

En “De Cero a Uno”, un libro muy comentado y poco leído, donde intenta hacer una especie de manifiesto para gerentes de Start-ups, Peter Thiel defiende a los monopolios por sobre la competencia como motores del desarrollo de las capacidades humanas y cataloga también a las sociedades y las visiones que orientan su desarrollo. Para el nuevo vecino de Barrio Parque hay dos ejes que permiten catalogar estas perspectivas. Por un lado, está el eje optimismo – pesimismo. Y por otro, el eje de si la visión es definida, si la civilización sabe hacia dónde va, o si carece de plan, si está abierto a la eventualidad, incluso a las decisiones del mercado, que para Thiel obstaculizan el progreso.

En su esquema, China tiene un pesimismo definido. No se siente totalmente dueña de su destino, tiene una política de resistir y copiar a occidente, cree en el principio de la escasez de recursos para su inmensa población, pero tiene planificación central y toma decisiones en base a esta caracterización. Europa, por el contrario, es pesimismo indefinido. La confianza en el progreso está minada por el cinismo y el fracaso de las instituciones liberales, no sabe hacia dónde va, y es defensiva porque sólo se le ocurre regular y es incapaz de inventar nada. Carece de cualquier tipo de coordinación o de planificación. Estados Unidos hasta mediados del siglo XX es, para Thiel, el ejemplo de progreso definido. Inventó la bomba atómica, puso al hombre en la luna, todos los ciudadanos creían en el american dream, y se produjeron los grandes progresos. Finalmente, el Estados Unidos de la época en que se publicó el libro (2014) era progreso indefinido: un optimismo propio de los capitanes de Silicon Valley, donde el avance tecnológico debía estar librado a las expectativas del mercado.

La visión del futuro de los argentinos tiene un claro tinte pesimista, pero con algunas paradojas. Se trata de un pesimismo que va acompañado por altos niveles de escepticismo, que se hacen más pronunciados en jóvenes y en pobres. Campea también la creencia de que si bien la civilización va mal, la IA puede ayudar un poco en forma individual, o al menos no va a empeorar las cosas. La duplicidad campo - ciudad, o AMBA – interior del país es poco pertinente a la hora de pensar en la adopción y el uso de la IA, que es federal y popular. El argentino entonces es un pesimismo escéptico, desconfiado, pero al mismo tiempo pragmático y volátil.

Así las cosas, hay en nuestro país un pesimismo signado por una desconfianza estructural, individualista, transaccional, abierto y hasta cierto punto caótico. La visión del destino se encuentra en Argentina poderosamente teñida por las simpatías políticas (en un proxy de probables votantes de Milei que aplicamos como filtro, el pesimismo descendía muchísimo, pero se iba más hacia el escepticismo que hacia el optimismo). Y tiene una relación ambivalente con las instituciones democráticas: si bien se aferra a su temperamento liberal y republicano, por otro lado parece estar abierta a innovaciones y experimentos en términos de tecnología institucional.

Director consultora “Sentimientos Públicos” y autor del libro “Progresismo, levántate y anda”, Siglo XXI Editores.

Últimas noticias

Te puede interesar

Otras noticias