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13 de marzo 2020 - 15:47

La insoportable pesadez de la deuda

Hay muchas características de la deuda contraída recientemente que convirtieron un problema ya complejo en una situación insostenible.

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La renegociación de la deuda debe tener por objeto colocar a la economía en una dinámica virtuosa.

Foto: Pixabay

La deuda externa de la Nación vuelve a ocupar el centro de la escena. Tal vez nunca nos abandonó del todo, con tanto tiempo en nuestra historia. Incluso podríamos aventurar que sea posible discernir entre los diferentes gobiernos según sea la posición frente al endeudamiento externo: por qué se toma, para qué se usa, cómo puede repagarse, y también cómo podemos evaluarla.

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De allí que una cuestión importante sea medir el impacto de tal deuda sobre los recursos concretos que tenemos: sirve para distinguir la iliquidez de la insolvencia, por ejemplo. También es esencial presentar la cuantificación más exacta para fortalecer la posición negociadora de la Argentina.

Hay muchas características de la deuda contraída recientemente que convirtieron un problema ya complejo en una situación insostenible.

Podemos mencionar la velocidad del endeudamiento, que algunos consideraron la clara señal de incorporación al mundo; la dolarización de la deuda; y un cronograma de vencimientos que correspondía más a los deseos del Partido de la Deuda que a las realidades concretas. Basta con considerar los voluminosos vencimientos de este mes de marzo para comprender la magnitud del problema.

Como todos sabemos (al menos desde la caída de la convertibilidad), los sistemas que viven de tomar prestado caen cuando se corta la entrada de capitales. Asistimos así, una vez más, al fracaso e inconsistencia de la política económica inspirada por el endeudamiento perpetuo. Como siempre, una vez más, constatamos que el gran problema de algunos gobiernos es que son buenos para destruir los intentos de reindustrialización, pero son muy malos para construir un modelo económico duradero y sostenible.

De hecho, la vuelta del Fondo Monetario Internacional a la política argentina pareció más el disfraz de un default real frente a la ilusión de “confianza internacional”. Se aceptaron condicionalidades y un cronograma de pagos poco viable, que sólo podían cumplirse en sueños. Y los sueños, sueños son.

Lo que no fue un sueño, sino más bien una pesadilla, es que los recursos de la deuda no fueron a generar las estructuras económicas capaces de asegurar el repago, y de paso la continuidad de un determinado proyecto. Sirvieron para cubrir el déficit en cuenta corriente y para garantizar la fuga de capitales (que cundió luego del acuerdo con el FMI). Al poder, en alguna parte, hay que quererlo: la economía es un arte ministerial de la política.

Así, comparemos la deuda que recibió Macri en 2015 y la deuda que recibió Alberto Fernández. Fijémonos, por ejemplo, en los vencimientos de capital e intereses que, a septiembre 2015, vencían hasta 2019: 142.306 millones de dólares, de los cuales 63.961 millones estaban denominados en moneda extranjera. Veamos ahora los vencimientos de capital e intereses que, a septiembre 2019, dejó Macri para el mandato de Alberto Fernández (es decir, hasta 2023): 217.457 millones de dólares, de los cuales 158.907 millones estaban denominados en moneda extranjera.

Esto muestra que no sólo Macri dejó vencimientos de capital e intereses un 52% más elevados de los que heredó él, lo que muestra que la deuda que tomó no es sólo un roll-over de la deuda de gobiernos anteriores; también aumentó en casi 150% los vencimientos en moneda extranjera. El 45% de los vencimientos que tuvo que afrontar Mauricio Macri fueron en moneda extranjera: el 73% de los vencimientos que deberá pagar Fernández en su mandato son en dólares.

Entre los beneficios que traería la “vuelta al mundo” se mencionaba un auge de las exportaciones, factor esencial para la sustentabilidad de la deuda. Por cierto, no ocurrió: el volumen exportado no aumentó, en tanto el valor anual promedio disminuyó desde 70,3 mil millones en 2012-2015 a 60,8 mil millones en 2016-2019.

Tal aumento de la deuda de corto plazo, así como su dolarización, muestran que la deuda heredada por Alberto Fernández parece poco sostenible en el corto plazo, sin acceso a los mercados financieros internacionales ni con la perspectiva de un fortísimo excedente comercial.

Es en ese sentido que la correcta evaluación de la deuda externa, tanto en su peso económico como en su dimensión política es indispensable en la defensa del interés nacional. Esto significa que el peso del endeudamiento externo debe ser alivianado para lograr una dinámica de crecimiento, que no sólo dé un horizonte valedero y viable a la Argentina y a su pueblo, sino que también permita generar los recursos para atender la deuda reestructurada. No ganaremos credibilidad a través del sacrificio que tal o cual gobierno pueda imponer.

Para mejorar de manera persistente los indicadores de la sostenibilidad de la deuda, que pueden ser medidos a través de la relación entre el saldo de la deuda y PBI; entre la deuda externa y las exportaciones; entre los intereses y la recaudación fiscal, por ejemplo, no sólo debemos evitar o moderar el aumento del numerador (la deuda y los intereses), sino que el denominador debe crecer de manera importante. Esto mejorará aquello. Al conjunto lo llamamos política económica, que es la base de la actual renegociación de la deuda.

Creemos tal renegociación debe tener por objeto colocar a la economía en una dinámica virtuosa, en la cual el alivio en la carga de la deuda permita asignar más recursos a la inversión, a las exportaciones y al crecimiento, lo que a su vez reducirá la carga relativa de la deuda en relación al PBI, a las exportaciones y a los ingresos fiscales, y dará continuidad a la recuperación de la actividad. Al mejorar la economía real disminuirá el riesgo y podrán restablecerse la confianza de los inversores y el crédito privado. Pero esto último es el resultado de la recuperación económica, no su premisa.

Hace poco, el presidente Alberto Fernández afirmó que en materia de deuda estamos como en una partida de póker. Quizás. Pero como suele suceder en tales circunstancias, quien pestañea primero pierde. Y dicen que Martín Guzmán no pestañea nunca.

Senador Nacional (MC)

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