¿Por qué pagar por un servicio gratis?: la lógica económica detrás de las universidades de elite

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A nivel global, el mercado de la educación superior mueve cada año aproximadamente 1,7 billones de dólares, cifra que equivale a cuatro veces nuestro PBI anual.

A nivel global, el mercado de la educación superior mueve cada año aproximadamente 1,7 billones de dólares, cifra que equivale a cuatro veces nuestro PBI anual. Gran parte de estos fondos proviene de las arcas públicas, mayormente cuando describimos la realidad europea.

En los países nórdicos, 9 de cada 10 dólares equivalentes son invertidos por el propio Estado, y un poco menos de esta proporción en Francia y Alemania. En los EEUU, la mitad de los $600.000 millones anuales con los que cuenta el mercado de educación superior proviene del sector público. En cuanto a América Latina y el Caribe, anualmente se invierten alrededor de $120.000 millones de dólares. En Argentina, aproximadamente el 80% de los $5.400 millones de la misma moneda que cada año financia la totalidad del sistema tiene como origen el erario público.

En cuanto a la distribución de la demanda en nuestra región, en promedio el 50% de los estudiantes asiste a una institución privada, aunque la dispersión entre países es amplia. En un extremo se ubica Cuba, nación en donde no existe oferta que no surja del propio Estado. También en el lote de fuerte provisión pública se sitúa Uruguay y Argentina, en donde solo 2 de cada 10 estudiantes asiste al sector no estatal. En el otro extremo, en Chile, Brasil, El Salvador y Perú, por ejemplo, más de la mitad de sus estudiantes cursa en instituciones por fuera del sistema público.

Queda claro que el mercado de educación superior es uno de características heterogéneas, en donde conviven instituciones públicas, tanto gratuitas como pagas, privadas, algunas de estas con fines de lucro y a su vez, de distintas calidades en términos académicos. Mientras tanto, las denominadas de elite en los EEUU, cobran hasta $70.000 dólares anuales por alumno. Son instituciones que cuentan con fondos de capitalización cercanos a los $40.000 millones de dólares. Harvard, Yale y otras tantas representan este mundo. Para muchas de ellas, “vender” educación es una actividad altamente redituable, una que presenta márgenes de beneficio que a veces supera los 70 centavos por cada dólar recibido.

Si bien este mercado de elite mundial es muy pequeño en cuanto a cantidad de alumnos, es uno exclusivo que podría compararse con el de las grandes marcas, aquel en el que sin sonrojarse se pagan $200.000 dólares por un “Patek Philippe” o un “Aston Martin”. Desde un punto de vista educativo, y la evidencia lo deja en claro, no habría grandes diferencias en los conocimientos y competencias de los graduados de estas instituciones de elite y los buenos alumnos recibidos en la UBA o en la Universidad de San Pablo, por ejemplo. ¿Por qué entonces pagar $250.000 dólares o más por recibir un título cuando existe educación de calidad provista de manera gratuita o no tan onerosa?

En economía existe algo que se denomina “señalización”. En el mercado laboral, ante la presencia de información asimétrica (de antemano, el empleador desconoce las capacidades del potencial empleado), un título académico emite una señal respecto de las habilidades del graduado. Así, cuanto más selectiva una institución, menor la dispersión de conocimientos entre quienes han recibido su título. Mientras que en las universidades de elite ingresan menos de 8 de cada 100 aspirantes, en las no selectivas los ingresos son masivos y sin ningún tipo de control de calidad. En estas últimas, la diferenciación de competencias adquiridas entre graduados tiende a ser mayor. De esta manera, las Harvard u Oxford del sistema emiten al mercado de trabajo una señal sobre los conocimientos del profesional. Las personas están dispuestas a pagar por esta indicación ya que consiguen trabajo más rápidamente y en general con mejores remuneraciones.

Sin embargo, la disposición a erogar grandes sumas es también consecuencia de lo que Miguel de Urquiola, académico de la Universidad de Columbia, denomina “sorting” (clasificación). Estas universidades de elite funcionan como espacios físicos donde los alumnos, asimismo, llegan con el objetivo de seguir construyendo su capital social. Esto es, aumentar sus vínculos con pares que los relacionarán con el mundo laboral de elite y a su vez, en el personal, inclusive en lo sentimental y matrimonial, con estratos de alto nivel socioeconómico. Estas particularidades, que no son ajenas a ciertas universidades de América Latina y nuestro país, si bien es cierto que con márgenes menores, explican en parte el porqué el mercado está dispuesto a pagar un mayor precio por un servicio que, siendo a veces de similar calidad, se encuentra disponible a uno menor o inclusive gratis.

(*) Dr. en Educación. Profesor del Área de Educación en la Escuela de Gobierno, Universidad Torcuato Di Tella (UTDT).

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