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28 de marzo 2007 - 00:00

EE.UU., con economía (y moneda) aún frágil

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Ben Bernanke
Las cuentas internacionales ya acusan recibo de los menores bríos de la demanda interna estadounidense y de la pujanza que preserva -todavía imperturbable- la economía global. Quizás también de un dólar que cotiza (contra las principales divisas) en un piso desde que colapsara Bretton Woods en 1973.

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En el último trimestre de 2005, la cuenta corriente de los EE.UU. había arrojado un déficit de u$s 223.000 millones. Un año después, el exceso de gasto se contrajo en u$s 27.000 millones -un significativo 12%- reconociendo un rojo trimestral de «sólo» u$s 196.000 millones. Una reducción del déficit de las cuentas externas -en la comparación interanual- presenta pocos antecedentes en una economía que, de los últimos 25 años, sólo pudo alcanzar saldo balanceado en uno -en tiempos tan lejanos como 1991- y ha tendido, más bien, a la acumulación sin pausa de desequilibrios en veloz ascenso. En aquel 1991, en rigor, las cuentas externas alcanzaron un pequeño superávit. Levemente inferior a los u$s 3.000 millones, resultó apenas un cometa fugaz. Tres años después, el desequilibrio ya había retornado a niveles superiores a los u$s 100.000 millones corrientes y en 1998, por primera vez, perforó el umbral de los u$s 200.000 millones. El año 2000 vio sobrepasar la vara de los u$s 400.000 millones y 2003, la de los u$s 500.000 millones. En rauda ebullición -pese a la ya ostensible declinación del dólar- 2004 anotó un rojo de u$s 665.000 millones y 2005, otro de u$s 791.000 millones.

En ese marco galopante, que una medición año contra año acuse una caída constituye una auténtica rareza. Una perla. Aun cuando -debe quedar claro- no haya conseguido torcer todavía el sino de una tendencia que elevó el déficit total de 2006 a una nueva cumbre de u$s 865.000 millones. Sin embargo, esta gema es una cuña importante dado que quiebra una vertiginosa inercia en espiral. Expresado en proporción del producto bruto, además, el déficit del cuarto trimestre se redujo a 5,8% cuando la brecha ascendió a 6,5% a lo largo de todo 2006.

Y así como la obsesión con el déficit fiscal norteamericano comenzó a ceder tan pronto como se observó, no su desaparición, pero sí su progresiva reducción (ya que quitó del horizonte la idea de un crecimiento divergente, explosivo); calmar la ansiedad por la catadura de las cuentas externas (y por uno de sus corolarios obligados, el pesimismo acerca del valor del dólar a mediano plazo) no requiere que el rojo de la cuenta corriente se volatilice por completo como sí que amaine.

  • Relevancia

  • ¿Qué tan relevantes son -en esa inteligencia- las cifras comparadas del último trimestre de 2006? Una golondrina, se sabe, no hace el verano. Sin embargo, una golondrina en el Artico, no por ser una sola constituye una señal a pasar por alto. Es así que pueden contarse con los dedos de una mano los episodios similares -de reducción interanual del déficit externo- observados desde que, en la década de los '80, los EE.UU. se calzaron definitivamente el traje de gran deudor internacional. Ocurrieron en 1988 -por cierto, con un rezago- tras la fuerte devaluación acumulada del dólar provocada por el Acuerdo del Plaza Hotel (rubricado tres años antes). También en 1991 cuando, brevemente, las cuentas viraron de signo. Y una vez más -ya bajo el imperio del dólar fuerte- en 2001.

    Estas dos últimas experiencias se verificaron a caballo de sendas recesiones (las dos únicas registradas, vale recordar, en los pasados 25 años). Como aconteciera en aquellas ocasiones, ¿podría afirmarse, a estas alturas, que el desequilibrio de cuenta corriente ha alcanzado ya una cúspide duradera, una colina que no será rebasada en el ciclo? Después de todo, el déficit del cuarto trimestre no sólo fue inferior al de un año atrás; también constituyó el registro más bajo de todo 2006. Quien responda en forma afirmativa, difícilmente aliente una visión optimista sobre el curso inmediato de la economía de los EE.UU. En otras palabras, para quien hurga en los indicadores de la coyuntura en la búsqueda de signos anticipados de una recesión, las cuentas externas han trazado en la piedra la misma muesca distintiva que en los recesos de 1990-1991 y 2001. Más aún, dado que la balanza de intereses netos ha arrojado, por primera vez en su historia, un saldo desfavorable para los EE.UU. (que han debido girar al exterior más intereses y dividendos que los que perciben fronteras afuera) bien podría suceder que la cuenta corriente vuelva a deteriorarse por su culpa, sin que la economía escape de la trampa recesiva.

  • Escenario probable

    Si, en cambio, se considera que la evidencia disponible no está madura para dictaminar una recesión, tampoco permitiría consagrar la tesis de que la cuenta corriente ha arribado a su cima. No luce apresurado, sin embargo, incorporar en el tablero de análisis un objetivo más modesto.

    Esto es, un horizonte de estabilización de las cuentas internacionales como escenario altamente probable. Susceptible de verificarse aun si la economía tiene éxito en procurarse un aterrizaje suave.

    Quien repase las cuentas nacionales, verá que en el cuarto trimestre, la economía, en efecto, se las arregló para crecer combinando el aporte favorable del sector externo con un avance moderado de la demanda interna a pesar del desaire de una inversión en retroceso en todos sus frentes.

    Esas mismas cuentas nacionales dejan a la vista un proceso de fuerte ajuste de inventarios que ha pegado de lleno en el volumen de las importaciones y sólo parcialmente en la marcha de la producción doméstica. Si la economía repuntase en la segunda mitad del año -como lo ha sugerido el propio Bernanke- las importaciones podrían, a su vez, responder con un aumento proporcionalmente mayor que revertiría, al menos, en parte, el progreso apuntado en las cuentas externas.

    Más allá de esas vicisitudes, la capacidad del mundo por mantener su ritmo de expansión sin contagiarse de la debilidad de la demanda de los EE.UU. es la gran carta en juego. La globalización en auge le ha conferido al resto del mundo espaldas más anchas que en el pasado para tomar el toro por las astas si la economía de los EE.UU. se debilita. No está nada claro, sin embargo, la voluntad de poner el hombro. Acentuar el protagonismo de la demanda interna en el resto del mundo será clave para compensar la menor absorción proveniente de los EE.UU. y facilitar un ajuste sin mella en el crecimiento global. La reticencia de Asia a permitir que sus monedas se aprecien dice mucho sobre el particular: el asunto está lejos de ser un tópico consensuado.

    ¿Qué repercusión, por último, acarreará la dinámica citada sobre el dólar? Una economía frágil rara vez es vehículo propicio para alentar el entusiasmo por su propia moneda. El dólar no será una excepción a la regla. Es así que todavía el dólar débil tiene recorrido. Pero en un mediano plazo, mostrar que las cuentas externas no están condenadas a un espiral sin límites e inviable, removería el elemento de pesimismo más pertinaz como para devolverle al dólar su viejo lustre. Un dólar más valioso en el mediano plazo -en línea con sus niveles promedio desde que las divisas abandonaron las paridades fijas de Bretton Woods en 1973 y no arrumbado en el piso de la serie histórica- requiere de un andamiaje sostenible de las cuentas externas. Puede afirmarse que esas son las bases que están despuntando hoy, que lentamente están empezando a construirse.
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