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30 de abril 2007 - 00:00

EE.UU., en la cornisa: este año crece a un ritmo de sólo 1,3%

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Ben Bernanke
Los números fríos de las cuentas nacionales trazan en apariencia- una hoja de ruta precisa. EE.UU. creció 5,6% anualizado en los tres primeros meses de 2006 y sólo 2,5% en los tres últimos. El 2007 comenzó con otro rebaje: 1,3%. Las ventas finales del producto pasaron de crecer 3,6% a 1,7% de un trimestre a otro. Parecería que, si se mantiene el rumbo, una recesión no debería estar muy distante. El derrotero real, sin embargo, es menos acuciante aunque no exento de peligros. La economía se debilita de todos modos -a contramano de lo que sugiere la pirotecnia reciente de las acciones- pero, la recesión se divisa factible de sortear- en línea sí con el mensaje de fondo de la Bolsa. Como en todo camino de cornisa, el motivo de cuidado no es tanto la menor velocidad como el suelo resbaladizo.

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Las cifras del producto bruto del primer trimestre, por empezar, están escritas en lápiz. Son una estimación de avance; recién en dos meses habrá una versión definitiva. Cuando se difundió el crecimiento del cuarto trimestre del año pasado, la primera medición arrojó un aumento de 3,5% y una falsa señal de firmeza. El margen de error -hubo que podar un punto completo- se llevó consigo toda la noción de recuperación. Así, una de las sorpresas del informe actual, la caída de las exportaciones (-1,2%), está montada en una ruptura supuesta; en la hipótesis de una retracción en marzo. Ese dato, en rigor, aún se desconoce. Una revisión al alza no debe descartarse (igual que en la contabilidad de los inventarios). Y mitigaría la brecha observada entre trimestres. No es necesario, sin embargo, que las cifras se corrijan para espantar el sino de una recesión. Hay un núcleo duro de estabilidad en torno del comportamiento de la demanda interna que se preserva, en las sucesivas lecturas, durante todo el último año. Es una secuencia pareja que oficia de ancla: 1,6%; 2%; 1,9%; 2%. La demanda doméstica final aminoró su velocidad de marcha de 3,8% en 2004-2005 a la mitad. Arrió las velas en abril-junio de 2006 y, desde entonces, se mantiene inmutable. Si no fuera por la tozudez del embate de los precios de la energía y, ahora, el interrogante abierto sobre las exportaciones, uno diría que el ajuste que procuraba la Fed está enmarcado allí.

  • Carcasa

  • Asimismo, esta es la carcasa que -mientras no se agriete- separará el aterrizaje suave de la recesión. No es, por cierto, una cubierta de la mejor aleación. Combina un exceso de consumo y una inversión menguante. Es difícil, sobre todo, exagerar el rol del consumo. De constituir dos tercios del producto bruto, hoy se acerca a 72%. Esas son cifras que -aun actualizadas ocultan su verdadera contribución marginal. El consumo creció más de dos veces lo que aumentó el producto bruto. O, dicho de otra manera, el consumo aportó 2,7% a un crecimiento que se registra en apenas 1,3% tras sufrir una poda de 1% por caída de la inversión fija y otra de 0,5% por el sector externo (la diferencia de 0,1% la cubrió el gasto público).

    Que el consumidor no se arredra con facilidad, lo demuestra el hecho de que sus erogaciones crecieron en los últimos seis meses a una velocidad (+4%) superior a la del promedio de 2004-2006 a pesar de la pertinaz crisis inmobiliaria. Se sabe que la tasa de ahorro es negativa en 1% del ingreso disponible. Pero, el valor de su patrimonio no se afecta: crece de la mano de la apreciación de sus activos financieros (pese a las penurias de los bienes raíces). Quienes hace tiempo examinan su accionar no olvidan tampoco la vitalidad perenne del gasto cuando el patrimonio familiar se contrajo en 2000-2002. Hubo recesión en 2001, pero ni un solo trimestre con mermas en el consumo. Todos esos antecedentes no impiden, sin embargo, que el escenario más probable involucre una moderación de sus gastos. No que el consumo decline pero sí que contenga sus bríos. Como sucediera, sobre todo, en 2001 y 2002. Allí anida la sospecha de un debilitamiento adicional sobrevolando el horizonte próximo de la economía.

    La crisis inmobiliaria, por supuesto, yace en el ojo de la tormenta. La construcción de viviendas cayó 17%. Acumula ya un año y medio en retroceso y nada sugiere una pronta cicatrización. Como no hay mal que por bien no venga; a medida que decae su participación en el PBI, también se amortigua el peso de su erosión. De restar 1,2 puntos porcentuales al crecimiento en la segunda mitad del año pasado, ahora detrajo sólo 1 punto. En igual sentido, la producción automotriz -que había limado otros 1,2 puntos en el cuarto trimestre- se niveló en el actual. Estas son señales positivas. Pero no permiten cantar victoria. De hecho, su destino parece entrelazarse de la peor manera: el virus de la crisis inmobiliaria ha llegado ya al mercado automotriz. Las ventas de abril fueron francamente malas, según fuentes de General Motors, o terribles, en la muy cruda visión de la gente de Ford. Sucumbieron ante una batería de temores que ahora incluye no sólo el alto precio de la nafta sino también las vicisitudes del crédito hipotecario. La moderación del consumo citada líneas arriba debería proceder por este canal: una pérdida de apetito por los bienes durables (+6% en los tres últimos trimestres).

    Por fin, si la dependencia del consumo es excesiva, la recuperación de la inversión no residencial (+2%) proveyó una sorpresa excelente. Y esa capacidad de reacción del gasto de capital (si sobrevive a posteriores revisiones) alienta perspectivas de estabilidad. O -como sostiene la Fed- expectativas de una recuperación en marcha ya para la segunda mitad del año.

  • Colaboración

    Recuperación hipotética que deberá partir sin la usual colaboración de la política monetaria. El informe de cuentas nacionales presenta, sin ambages, el dilema con que se enfrenta la Fed de Ben Bernanke. No son sólo los cabeceos del producto bruto los que preocupan sino también el ascenso de las variadas lecturas disponibles de inflación. Un deflactor del producto bruto en 4% es la cifra más alta en 16 años. Con precios de la energía en alza renovada -aunque ello obedezca en gran medida a un recorte de la producción de la OPEP- el margen de acción, ya se ha dicho, se acota en forma sustancial. A estas alturas no costaría trabajo imaginarse una Fed soltando las riendas de la política monetaria en forma preventiva, si la inflación estuviera confinada al rango de 1%-2%. Como no es el caso y todavía en el haber se acreditan una economía que crea empleos, un consumidor que no se repliega y mercados financieros generosos en la creación de riqueza, la Fed va a mantener su vigilia. Esa espera, hay que reconocer, aumenta los riesgos de que la Fed -si debe intervenir- llegue tarde o con una dosis de acción no del todo suficiente para evitar el atasco.
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