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30 de abril 2004 - 00:00

La ciencia ficción de creer que es problema de oferta

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Según nuestro punto de vista, la solución de emergencia adoptada a principios de 2002 debía corregirse rápidamente para restablecer señales correctas hacia la oferta y la demanda. Caso contrario, la fuerte caída en las inversiones posdevaluación, tanto en la infraestructura de transporte-distribución como en la exploración y perforación de nuevos pozos gasíferos, impondría tarde o temprano un cuello de botella con una crisis de abastecimiento. Sin embargo, tanto el gobierno como algunos especialistas sectoriales -en distintos grados y matices-han señalado que la actual crisis se origina en la ausencia de inversiones durante la segunda mitad de los años '90. Según el gobierno, ello ocurrió desde 1996 -o desde 1998, según declaraciones más recientes-. De acuerdo con algunos analistas, ello se debió al no haberse definido la construcción de un nuevo gasoducto en 1999, razonando sobre la base de que en dicho año ya debía anticiparse la necesidad de contar con nuevo gasoducto a partir de 2002 o 2003, y teniendo en cuenta que su construcción insumiría aproximadamente 2 años.

Estas opiniones tienen el defecto lógico de que se hacen de modo incondicional e independiente de los cambios ocurridos desde enero de 2002. ¿Puede un fenomenal problema de desequilibrio en los mercados energéticos como el causado por la «pesificación asimétrica» (sólo para gas y electricidad) de los precios de los energéticos llevar a confundir un exceso de demanda causado por precios anormalmente bajos (en relación con los sustitutos) para presentarlo como un «faltante» de oferta? ¿Puede esto llevar a sostener que la insuficiencia para abastecer la demanda que se visualiza actualmente tiene que ver con errores de diseño de la regulación en los '90 y/o con la falta de previsión dentro del sector?

Esta nota abrevia un artículo que saldrá en mayo en la revista de coyuntura de FIEL, en la que se explora la solidez de estos argumentos examinando, en primer lugar, distintos indicadores de oferta (inversión, reservas, capacidad de transporte) y de demanda (consumo de distintos tipos de usuarios) desde 1993 hasta la fecha. Luego, se pasa a explorar el comportamiento de la demanda durante los '90 y desde enero de 2002 hasta el presente, cuando se instala el experimento de pesificación asimétrica del gas y la electricidad.

Según se expone claramente a partir de estos datos, el congelamiento en los precios del gas natural es el único elemento detectable que introduce un crecimiento de la demanda de gas natural que no podía pre-verse previo a dicha devaluación, por lo cual no puede lógicamente concluirse que hubo inversión insuficiente durante los '90 (tanto en transporte como en producción de gas natural). La conclusión, por ende, es que la plena responsabilidad de la crisis actual debe atribuirse a las políticas sectoriales adoptadas en la Argentina desde enero de 2002 hasta la fecha.

En economía, la insuficiencia o no de inversiones no puede evaluarse en abstracto e independientemente de los precios y el equilibrio de corto plazo. La frase «más inversión es siempre mejor» es un absurdo económico si no hay referencia a los precios. Yendo a los números de las condiciones de oferta de la industria del gas natural, éstos permiten observar la evolución del esfuerzo de inversiones para ampliar la capacidad de oferta de gas natural desde 1993, tanto en producción («upstream») como en transporte y distribución («downstream»).

Con respecto al «upstream», puede observarse un fuerte crecimiento del número de pozos de gas natural terminados a partir de 1993: en ese año, se terminó un total de 14 nuevos pozos de gas natural (sumando los pozos de avanzada, en desarrollo y en exploración), y desde entonces, el número promedio rondó los 65 pozos anuales entre 1994 y 2001, alcanzando un pico de 101 nuevos pozos terminados justamente en este último año. La producción se duplicó, y si bien las reservas se recuperaron luego de una caída inicial, la relación producción/reservas se redujo de 20 a 15 años por efecto de la gasificación de la economía.

En lo que respecta a las inversiones en transporte y distribución, se pueden observar el fuerte crecimiento de la capacidad de transporte y la extensión de las redes de distribución desde 1993 hasta 2001 (más de 65% acumulado), sin que se detecte desaceleración a partir de 1998 (obviamente, sin considerar 2002, año en que no hubo ampliación alguna en la capacidad de transporte), lo cual, por otra parte, permitió reducir drásticamente el volumen de gas no entregado en el invierno desde unos 21 millones de m3/ día promedio en 1993 (36% del total entregado) hasta valores siempre inferiores a 8 millones y en promedio en torno a los 4,4 millones de m3/día entre 1994 y 2002 (aproximadamente 6% del gas entregado).

En lo que respecta a la evolución de la demanda, la evidencia muestra dos historias claramente contrastantes: una previa y otra posterior a la devaluación y congelamiento del precio del gas (y de la electricidad que se genera crecientemente con este recurso). Así, entre 1993 y 1998, el consumo de gas por parte de distintos tipos de usuarios evolucionó mostrando en conjunto un crecimiento anual promedio de 5,5% (algo mayor en verano, i.e., de 6,6%), mientras que entre 1998 y 2001 el crecimiento fue menor (4,1% en el agregado). En este período, los consumos más dinámicos fueron el GNC y las centrales eléctricas, para luego sumarse las exportaciones. Un elemento muy llamativo es que, tomando el período 1993-2001 en su conjunto, el crecimiento de la demanda de gas natural fue independiente de la estacionalidad: es decir, creció en términos relativamente similares considerando todo el año o los meses del verano.

La historia cambia desde 2002 hasta la fecha y, en particular, desde el último verano, cuando se rompe el patrón de uniformidad. ¿Ha habido un quiebre estructural en el crecimiento de la demanda? Esta situación puede aclararse si se computa cuánto del exceso de demanda de gas se debe al desalineamiento de los precios. Si se tiene en cuenta que las estimaciones de la elasticidad-precio de la demanda de gas natural típicamente arrojan valores en torno a -0,1 y -0,4, según sea el tipo de usuario y el período de ajuste considerado, y que la reducción del precio real del gas natural (respecto de la inflación o respecto de combustibles sustitutos alternativos) ha oscilado entre 30% y hasta 50%, según sea el caso (cliente residencial, cliente industrial o GNC), resulta que habría un intervalo de entre 3% y 20% de mayor consumo explicado por efecto del menor precio del gas natural. El valor esperado del exceso de demanda producto del experimento de pesificación asimétrica se ubicaría entonces aproximadamente en torno a 10%. Esto es más de lo que va a faltar este invierno.

Los datos disponibles no permiten afirmar que la regulación y la industria debieron haber anticipado inversiones para abastecer una demanda alocada producto de una pesificación asimétrica de productos energéticos ocurrida años más tarde. Eso es ciencia-ficción o cine-horror, no es regulación eficiente. En ese sentido, el actual gobierno (junto con la administración Duhalde) no debería exculparse. Pero mucho peor sería que continúe insistiendo en el error: la crisis obedece a que existe un marcado exceso de demanda de gas natural producto de su precio artificialmente bajo, y no un nivel insuficiente de oferta por no haber realizado inversiones que, se sabía, debían anticiparse al normal crecimiento de la economía. Hacia adelante, continuar con un diagnóstico equivocado nos mantendrá lejos de la solución o bien significará una asistencia económica vía subsidios públicos para desarrollar una industria más allá del nivel eficiente.

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