4 de octubre 2022 - 10:00

La Difunta Correa, el mito popular argentino que ilustra el amor infinito de las madres

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Estatua de la Difunta Correa, ubicada en el santuario de la provincia de San Juan.

Santuario animita dedicado a la Difunta Correa, ubicado entre las ciudades de Tacuarembó y Paso de los Toros, Uruguay.

Por celebrarse el Día de la Madre, quisiera recurrir a una leyenda popular argentina, que ilustra el amor infinito, inteminable, incomprensible para nosotros los varones: el amor de madre. La leyenda de la Difunta Correa. Se sabe que se trata de una leyenda y las leyendas se caracterizan por ser más cercanas a la ficción que a hechos reales y además, porque las leyendas tienen autor desconocido.

La Difunta Correa es una figura mítica semi-pagana que desde su ocurrencia en San Juan, Argentina se extendió al sur de Argentina (Provincias de Chubut y Santa Cruz) producto de la oleada de familias del norte atraídas por el auge de la industria petrolera. Llegó a Chile, incluso en Uruguay. En todos los casos, sus devotos pertenecen a las clases populares, entre las cuales cuenta con una gran devoción. Se ha extendido, de manera limitada, a países vecinos como Uruguay.

Su santuario esta ubicado en el pequeño pueblo de Vallecito, en la provincia de San Juan, a 1160 km de Buenos Aires y a 63 km de la ciudad de San Juan. No se conoce el año exacto de creación del Santuario, pero se cree que fue entre 1935 y 1950. Se dice que allí, se producen milagros y cada año miles de personas lo visitan cada año para presentar sus respetos.

Deolinda Correa, o Dalinda Antonia Correa, fue una mujer cuyo marido, Clemente Bustos, fue reclutado forzosamente hacia 1840, durante las guerras civiles. Vivían en el departamento de Angaco (provincia de San Juan) donde vivía la familia. Los soldados de la montonera que viajaba a La Rioja obligaron al marido de Deolinda, a unirse a las montoneras. Sin su marido para protegerla, el comisario del pueblo comenzó a acosarla, y lo hizo a tal punto que Deolinda, angustiada decidiera irse de su pueblo en busca de su marido, que le habían dicho estaba en La Rioja.

Desesperada tomó a su hijo lactante y siguió las huellas de la tropa por los desiertos de la provincia de San Juan, llevando consigo sólo algunas provisiones de pan, charqui y dos chifles de agua. Cuando se le terminó el agua de los chifles, Deolinda estrechó a su pequeño hijo junto a su pecho y se cobijó debajo de la sombra de un algarrobo. Allí murió a causa de la sed, el hambre y el agotamiento. Cuando unos arrieros pasaron por el lugar al día siguiente y encontraron el cadáver de Deolinda, su hijito seguía vivo amamantándose de sus pechos, de los cuales aún fluía leche. Los arrieros la enterraron en el paraje conocido hoy como Vallecito y se llevaron consigo al niño.

Al conocerse la historia, muchos paisanos de la zona comenzaron a peregrinar a su tumba, construyéndose con el tiempo un oratorio que paulatinamente se convirtió en un santuario. Hoy en día mucha gente deja en el santuario de la difunta botellas con agua, para que "nunca le falte agua a la Difunta".

Las visitas al Oratorio de la Difunta Correa se producen durante todo el año, pero son más frecuentes en Semana Santa, el día de las Ánimas (2 de noviembre), la Fiesta Nacional del Camionero, durante las vacaciones de invierno y para la Cabalgata de la Fe que se realiza todos los años entre abril y mayo. En las épocas de mayor afluencia pueden llegarse a reunir hasta a trescientas mil personas; el promedio alcanzando 1.000.000 de personas por año.

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