Luego de algo más de siete meses donde se vieron objetivos cambiantes, parece que el Gobierno tiene dos objetivos macro muy nítidos para el segundo semestre, mostrar una inflación descendente en el corto plazo lo cual está muy vinculado al ancla cambiaria y mantener la brecha cambiaria sin que se espiralice.
Para 2025 la política cambiaria se va a modificar y todas las apuestas del Gobierno están puestas, como venimos señalando, en un triunfo de Donald Trump en las elecciones de noviembre. No obstante, tal escenario no parece ahora tan cierto.
Muchas veces se produjeron críticas muy válidas a gobiernos de los últimos 50 años a tener metas cortoplacistas, en tanto y en cuanto las mismas conspiran contra una buena performance en el mediano y largo plazo. Si bien a largo plazo como dijo Keynes estamos todos muertos no se puede, por urgencias de la hora, subestimar los problemas que se generan en el largo plazo y que conspiran con la sustentabilidad tanto de las políticas como de los propios gobiernos.
Un arte para poder entrever el desarrollo futuro de la economía es ver los indicios las primeras señales que desatan un fenómeno. Las decisiones que se tomen (o no) producen efectos futuros. Cada vez se estudia más en economía, como en otras ciencias el “efecto mariposa”, tomado del viejo dicho chino de que el aleteo de una mariposa, provoca efectos importantes al otro lado del mundo. En este caso también el aleteo de mariposas de este lado del mundo. Hablamos de efectos globales y efectos locales.
En este siglo convivimos con efectos profundos y duraderos de aleteos de mariposa que se acumularon desde mediados de los años 70 y por no advertirse en tiempo y forma generaron una crisis profunda. La lenta desinversión en el Estado y en la infraestructura provocaron una crisis estructural en nuestra economía. La apertura de la economía y las privatizaciones tal como fueron realizadas, generaron cierres de empresas y despidos que espiralizaron la pobreza y la indigencia.
Si se gestiona seriamente la economía hay sacar experiencias de la historia. Historia que son historias de familias cuyos abuelos perdieron su empleo en la Dictadura, sus hijos en los años 90 y sus nietos son en 2024 la tercera generación fuera de un ámbito laboral formal y sin un Estado que pueda darle una política económica que promueva trabajo digno sino bienes públicos con una adecuada cobertura y eficiencia.
Tenemos el deber de no repetir esa tragedia, por eso es importante analizar las implicancias de la estrategia y objetivos del Gobierno bajo la doble perspectiva su viabilidad en el corto plazo (2024), pero más importante es evaluar sus implicancias futuras para evitar males mayores.
Inflación
En el corto plazo el Gobierno puede reducir algo más la tasa de inflación, manteniendo la tasa de devaluación del 2% con ajuste fiscal y emisión monetaria cero.
Por supuesto que esta estrategia tiene como contrapartida una mayor recesión en la economía nacional, solo una menor demanda actúa como límite a una inflación cuyas causas subyacentes no se han resuelto, incluyendo la distorsión de diversos precios relativos.
Para reducirla más, el Gobierno apela a una postergación o atenuación de los aumentos de precios “regulados”, tarifas y otros servicios, como ha venido haciendo en forma espasmódica al producirse un rebrote de precios: postergar incrementos tarifarios en combustibles y limitar la indexación de los mismos. Un tema que requiere una solución estructural.
¿Pero qué pasará a mediano plazo?
Está claro que mantener una tasa de devaluación del 2%, con perspectiva de bajarla a 1% y luego fijar el tipo de cambio, hace recordar a la “tablita” de Martínez de Hoz.
La baja de los precios está ligada entre otros factores a la solución del tema externo, que hoy esta irresuelto. La futura corrección de precios relativos incluido el tipo de cambio, que arrastra a precios regulados asociados, y su impacto en costos directos e indirectos augura que la inflación que se reprima en el presente se producirá con más fuerza en el futuro.
Como vimos hace dos semanas en el artículo “Como derrotar a la inflación” hace falta un plan integral consistente, que incluye atacar de conjunto las causas de la inflación, cosa que hoy no se verifica.
Brecha cambiaria
El Gobierno dispuso un mecanismo para usar divisas para intervenir la brecha cambiaria. El objetivo es contribuir a la “desinflación” de estos meses, manteniendo la brecha bajo control.
El Gobierno aspira a una convergencia del tipo de cambio, que le permita abrir las restricciones cambiarias (“cepo”) con la menor tasa de devaluación posible.
Como dijimos en el primer artículo de esta serie de columnas, la “tablita” más la “emisión cero” podrían devenir en una suerte de “neoconvertibilidad” para ganar las elecciones. Los años 90 como farsa o como tragedia.
El mecanismo de dejar la economía sin pesos implica agravar la recesión. Así los dos objetivos cortoplacistas del Gobierno van en desmedro del nivel de actividad.
En el corto plazo la ingeniería financiera puede dar resultado. Una suerte de ganar tiempo hasta el eventual triunfo de Trump y soñar con que, en el verano, el FMI haga un “blindaje” asociado a un nuevo programa con el Organismo. Y apostar a que el blanqueo, privatizaciones y algo del RIGI acerquen divisas para unificar el tipo de cambio.
A mediano plazo, la pérdida de reservas que ocasionará la intervención cambiaria no es sustentable. Habrá que pasar el verano hasta la cosecha gruesa. Pero está claro que los productores solo liquidarán lo necesario hasta no ver otro tipo de cambio. No se entrevé una solución de fondo, como asegurar un flujo de divisas genuino que resuelva la restricción externa.
Si no se incrementan las reservas la corrección cambiaria será inevitable y cuanto más pase el tiempo y mayor sea el atraso cambiario, mayor será la devaluación, lo que pulverizará el primer objetivo (baja de la inflación).
La era del hielo
En el interín la economía profundizará su enfriamiento, que ya se refleja en los diversos indicadores de inversión, producción y consumo, con efectos adversos en el empleo y distribución del ingreso. La recesión siempre afecta la recaudación y genera un mayor déficit fiscal. Cuando eso pasa si el Gobierno sobreajusta la economía la recesión deriva en una crisis: Una era de hielo.
La Era de Hielo nos remite a uno de los comienzos más fantásticos en la historia del cine. Comienzo donde la ardilla dientes de sable “Scrat” trataba de guardar su bellota en el hielo y provoca así una gran “grieta” en el hielo desatando un alud. La ardilla logra sobrevivir a morir aplastado por el iceberg, pero es pisado por una manada de animales que huyen de la glaciación y luego va perdiendo sucesivamente su “alimento” por una sucesión de torpezas y maniobras desesperadas.
Si el Gobierno intenta enterrar la “bellota” o conservarla con contabilidad creativa, postergando pagos, ajustes de precios relativos y retrasando el tipo de cambio, intentando resolver los desequilibrios con venta de activos o endeudamiento puede desatar como en los años 90 un alud y un “efecto manada”. Ni hablar del costo en el presente de amplificar la grieta y perder “el alimento” ¿no?
Para sortear la era del hielo hace falta tener objetivos que no vayan en desmedro de la economía real y que sean consistentes con el mediano plazo. La forma de conciliar la baja de la inflación, crecimiento sostenible y evitar las crisis requieren de un plan productivo y consensos políticos, económicos y sociales. Los aleteos de las mariposas no auguran buenos vientos. Más que intentar revivir los años 90 sería más sabio recordarlos y no repetir tanto sus errores como sus consecuencias.
Director de Synthesis y expresidente del Banco Central de la República Argentina (BCRA).