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En los comienzos del «modelo productivo», haber evitado la hiperinflación luego de un aumento del dólar de más de 200% fue producto de un salto espectacular de la recaudación de impuestos que al ser ahorrada en su gran parte cambió para bien el signo de las cuentas públicas. A su vez, obviar un aumento desmadrado de los precios provocó primero una gran caída en la salida de capitales y posteriormente una entrada que está en el centro de nuestra recuperación económica.
Pero desde mediados de 2004 y una vez alcanzado un superávit fiscal primario a nivel nacional de $ 20.000 millones anuales (cifra descomunal pensando en nuestra historia de déficits crónicos), la política fiscal ha consistido en gastar todo peso adicional de recaudación por $ 20.000 millones anuales y mantener constante el superávit nominal ( caída en términos reales). Dado que el shock positivo proviene básicamente por el cambio para bien en el ingreso de capitales del exterior (el impacto reactivante del aumento de las cantidades exportadas es de menor importancia), fijar el superávit fiscal primario nominal (aunque con caída del resultado después del pago de intereses) es muy procíclico y reactivante de la demanda interna en el corto plazo.
Como se puede observar en el cuadro adjunto, cada vez que el gasto público se aceleró, con un retraso de no más de un par de meses la «core inflation» ( inflación visceral) también lo hizo y viceversa, ante desaceleraciones del gasto público, dos meses más tarde, la core inflation lo seguía para abajo. Ocurrió con el plan de diciembre de 2004 seguido por una moderación fiscal (y de la inflación) en los primeros meses de 2005. Con posterioridad al salto inflacionario de noviembre y diciembre de 2005 de 18% anual producto del aumento del gasto público preelectoral (agostodiciembre de 2005), la tasa de inflación volvió a menos de 10% anual en los primeros dos meses de 2006 en respuesta a la «mesura» en el crecimiento del gasto público de 18% después que Kirchner ganara las elecciones de octubre.
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