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Si la Argentina es deudora de doscientos mil millones, siendo ésa la pauta más trascendental de su actual quebranto y pobreza ¿dónde está la diferencia con el empresario texano cuya fortuna no vacila en ostentarla a través de su inmenso pasivo?, lo cual lo enorgullece y hace feliz, doy fe. No faltará el necio que supondrá al empresario un expoliador de trabajadores o un maniobrador de finanzas buitre. También doy fe de que se trataba de un creador nato de riquezas y dador de trabajo en todas partes del mundo a través de sus fábricas de válvulas con marca consagrada. Y que su vida transitó por el trabajo y el esfuerzo durante cuarenta y cinco años de labor creativa e incansable.
El ex embajador Castro -de los Estados Unidos- dejó registrada una pintoresca apreciación sobre nuestro pueblo. «En la Argentina viven treinta y seis millones de ministros de economía». Es bastante común hablar con cualquier habitante del país y escucharlos dar su preocupada versión sobre la «deuda externa». Ignorando muchas veces que se ha transformado en una deuda más «pública» que «externa» por el enorme contingente de personas e instituciones de este país que figuran en las listas de acreedores del Estado.
Ahora bien, es difícil aclararles a nuestros millones de potenciales ministros una serie de realidades que se resistirían a aceptar. Contraer deudas pagando intereses con el objetivo de trabajar, emprender sólidos negocios, hacer buenas inversiones, crecer, etc., no es malo en sí.
El problema se presenta cuando la aplicación de los montos que se perciben se pierden en otros destinos no productivos ni previstos. Le ocurrió a Bernardino Rivadavia que contrajo el famoso empréstito con la casa Baring para obras de servicios y desarrollo -que tanta falta hacían en aquel país nuevo de 1824- y los avatares políticos le carcomieron los fondos por la inoportuna y estúpida guerra con Brasil. ¿Qué guerra no es todo eso? Desde aquel acontecimiento -deliberadamente mal comentado por los fundamentalistas del chauvinismo- penetró una psicosis contraria a los endeudamientos públicos sin separar la paja del trigo. Vivimos los argentinos asustados ante cualquier posibilidad de financiamiento genuino de nuestro desarrollo.
Registra la historia que Perón retrató la conciencia colectiva con una frase que le costó muchos sinsabores: «Antes de constituir un empréstito me corto un brazo». Adquirió los empréstitos -no fue necio- y sus brazos duraron intactos por el resto de su vida. Es que últimamente las deudas se habían contraído para financiar armamentos por un absurdo conflicto con Chile o para mantener la elefantiásica carga pública y los efectos de la hiperinflación que estalló en 1989.
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