17 de agosto 2005 - 00:00

Londres sin gran tensión después del atentado

La capital británica sufrió un atentado con decenas de muertos y centenares de heridos un mes y medio atrás, y dos semanas después sufrió otro de menores consecuencias, siendo en ambos casos la población común y el transporte público el blanco elegido por el terrorismo fundamentalista.

Pero la vida común de los londinenses -uno de cada cuatro no es británico-no se ha alterado.

Llegando al aeropuerto de Heathrow y tomando el subterráneo para ir hacia el centro de la ciudad, no se observan medidas de seguridad especiales ni excepcionales, ni antes ni durante el viaje. Tampoco se perciben muestras de tensión al utilizar el ómnibus, que también ha sido blanco del terrorismo.

Tampoco se observan al asistir a un concierto en el Albert Hall, con miles de personas, ni a otro en la Iglesia de Saint Martín on the Fields, frente a Trafalgar Square.

No las hay en la Royal Academy of Arts, donde una nueva versión del «poder blando» de los EE.UU. expone una muestra de pintura que enlaza el impresionismo francés de fines del siglo XIX y comienzos del XX con los pintores bostonianos.

Las librerías, como la tradicional Hatchards de Picadilly o Foyles de Charing Cross --probablemente la más provista en libros de historia del mundo-, o la de viejo «Quinto» en la misma avenida, muestran el mismo público paciente y curioso a la vez.

El tradicional cambio de guardia frente al Palacio de Buckingham se sigue realizando, aunque quizás hoy sea uno de los mayores desafíos al terrorismo por sus vulnerabilidades en materia de seguridad, pero constituye una característica de la tradición británica a la cual no van a renunciar.

Pese a todo, se siguen viendo más parejas multirraciales en las calles y en su mayoría no son turistas.
Es cierto que se han multiplicadolas agresiones a musulmanes y se dice que se han multiplicado por tres o por cuatro, pero ¿cuántos son? No deja de ser un fenómeno minoritario.

Esto tiene lugar un par de días después de que los servicios de seguridad han vuelto a informar que es «inevitable» -no probable-un nuevo atentado en Londres y que Tony Blair estará amenazado de muerte de por vida.

• Inevitable

No es una actitud nueva. Después del atentado de Atocha, en marzo de 2004, el alcalde de Londres apodado «Kevin el Rojo» porque lidera el ala izquierda del Partido Laborista que se opone a Blair, dijo que era «inevitable» un atentado en Londres como el de Madrid y días después, el jefe del servicio de inteligencia sostuvo que era «inexorable» y que probablemente sería en el subterráneo. Lógicamente, ya en abril de 2004, 71% de los británicos sostenía lo mismo, pero sólo 12% manifestaba que había modificado algún hábito por ello. Días después se realizaba un ejercicio de evacuación de toda la población de Londres al interior del país, para el caso de que sufriera un atentado con armas de destrucción masiva químicas o bioquímicas.

Es más, semanas antes del atentado, el jefe del servicio de inteligencia anticipó que la lucha contra el terrorismo duraría medio siglo más.

La mayoría de los británicos se oponía ya antes del 11 de julio a que su país mantenga tropas en Irak y ello no ha cambiado después e incluso el alcalde de Londres ha reclamado que las retiren.
Pero no hay manifestaciones, pintadas o pancartas que lo reclamen en las calles de una ciudad que se sabe que inevitablemente seguirá siendo blanco del terrorismo fundamentalista.

Pero el sábado 27 de noviembre, frente a la plaza-que recuerda al Duque de Wellington, que está frente a su casa-museo, entre 10.000 y 15.000 paquistaníes manifestaban en horas de la tarde por las calles -en una demostración autorizada por la policía ese día y a esa hora para que perturbara lo menos posible la vida normal de la ciudad-. Todos vestidos de negro, hombres, mujeres con la cara cubierta y niños, entonaban duras consignas y llevaban pancartas contra el presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, por su alianza con Bush contra el terrorismo. Pensé, en ese momento, qué difícil sería manejar la seguridad en Londres, dado que el atentado terrorista era inevitable y que a simple vista se veían enfervorizados a unos cuantos miles de paquistaníes -algunos de los cuales ya han nacido en el Reino Unido-que claramente mostraban simpatía hacia la causa del extremismo musulmán, la que ya estaban transmitiendo con un gran fervor militante a su hijos.

Las medidas antiterroristas presentadas por Blair ante el Parlamento apuntan a limitar el proselitismo del extremismo musulmán y, pese a su lógica en estas circunstancias, han generado críticas entre los propios británicos.

Pienso que la actitud británica frente a la amenaza del terrorismo tiene sus raíces en la historia que ha moldeado la cultura del país.

Releo una corta biografía sobre
Winston Churchill, de John Keegan, el mayor historiador militar británico y el «sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo» -este último término por alguna causa ha sido omitido en las traducciones castellanas de las palabras del entonces primer ministro-y encuentro que Blair, el líder laborista -cuya popularidad sigue muy alta después del atentado-, se mueve con el mismo tipo de determinación que su gran predecesor conservador.

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