Qué es la memoria y por qué es nuestro atributo más preciado

Opiniones

La memoria es una virtud, nuestro atributo más preciado, dado que es central en el conocimiento del pasado, la interpretación del presente y la predicción del futuro.

“Mi unicornio azul ayer se me perdió

pastando lo dejé

y desapareció...”

Así decía la canción de Silvio Rodríguez. Imposible no recordarla, no evocar sus acordes y su letra sin estremecernos, sin que se active en nosotros un clima de tristeza, confusión, miedo, estupor...

En esta fecha se recuerdan a las víctimas de la última dictadura militar y todo lo que rodeó aquella etapa de nuestro país. Se promueve la inclusión en los calendarios de las instituciones de jornadas alusivas que consoliden la memoria colectiva de la sociedad. Nunca más. Una frase que compromete a la sociedad a no olvidar... a pensar en lo justo y lo injusto, que guarda estrecha relación con lo perdonable y lo imperdonable para cada quién.

Ciertos sucesos se transforman en imperdonables porque se viven como injustos, determinando la existencia de “zonas de imperdonabilidad” dentro de la mente individual y del imaginario social.

La memoria es una virtud, nuestro atributo más preciado, dado que es central en el conocimiento del pasado, la interpretación del presente y la predicción del futuro. Se produce naturalmente con el recordar, un proceso de selección de los recuerdos que permite quedarse con algunos y desechar otros, debilitando su conexión con los afectos y permitiendo ceder lugar a nuevas inscripciones.

Esta función de la mente está íntimamente relacionada con la capacidad de elaboración de los duelos. Pero ¿qué sucede con ciertos eventos que no pueden ser olvidados por formar parte de un pasado que ha dejado heridas que no terminan de cicatrizar? No se trata sólo de funciones individuales. Los países, al igual que las familias, pueden borrar de su historia acontecimientos indeseables. Pero también pueden, de común acuerdo, recordar acontecimientos significativos para dar coherencia al acontecer histórico nacional. Se establece así un “tiempo mítico” para cada sociedad: los períodos se organizan de acuerdo a sucesos que dejan huellas indelebles. Son señalizadores que tienen que ver con la memoria de los integrantes de una comunidad y que está determinada por la confluencia de los conflictos que los ligan.

En esta oportunidad hablamos de la memoria colectiva que contiene episodios traumáticos. Junto a la memoria “declarativa”, que almacena los recuerdos biográficos, existe la memoria “procedimental”, una modalidad de recordar el clima vivido, el afecto transmitido por y compartido con otros, no necesariamente a través de la vía verbal. Es una memoria silenciosa que contiene los episodios de la interacción del individuo con su entorno. Lo transmitido “entre” las personas no es lo mismo que lo que se transmite “a través” de ellas. Son potentes vivencias sin voz. Aquello que no es solo el producto del trauma, sino también de los mecanismos que se usaron para hacerle frente.

Son esquemas aprendidos inconscientemente y que quedan almacenados. Sobre todo creados en situaciones en las que participamos -muchos involuntariamente- de momentos fuertemente marcados por la “disociación”: un nivel “oficial” de existencia que formaba parte de la vida pública de todos los días y un nivel clandestino -del que no se podía hablar- en el que reinaban las consecuencias del trauma y del horror...

¿Por qué recordar? ¿Para qué poner en palabras lo ocurrido? Decíamos que en las sociedades -así como en las familias- puede instalarse una amnesia colectiva en relación a los contenidos dolorosos. Su olvido y la falta de tramitación del duelo correspondiente pueden hacer reaparecer esa tragedia en generaciones sucesivas bajo formas de enfermedad, destinos trágicos o locuras que pueden circular de distintas maneras entre las personas o encarnarse en algún líder.

Los estudios psicoanalíticos indican que los duelos no elaborados en una primera generación contribuyen a la formación de una “cripta” (misma palabra que se utiliza para nombrar a una cueva recinto subterráneo que sirve para enterrar a los muertos). Lo incluido en una cripta daría como resultado un indecible, que puede generar patología en las generaciones siguientes: fantasmas innombrables, de los que no se puede hablar. En la tercera generación tendría lugar lo impensable, es decir, una falta de simbolización que destruye, en los afectados, la misma posibilidad de pensar. Por eso la idea es que las palabras y la memoria devuelvan a los sujetos aquello que ha sido “encriptado” en el pasado.

El hablar -la transmisión de generación en generación- permite pensar, comprender y elaborar. Y esto tiene un efecto balsámico y curativo sobre las heridas abiertas del pasado. Quienes vivieron situaciones en las que se había abolido el futuro -pues se trataba de sobrevivir en el presente, en una eternidad sin tiempo- seguramente imaginaron un rescate o un futuro mejor. Fantasearon con un tiempo donde los hijos o nietos pudieran reivindicar el trauma sufrido y huir de la pesadilla. Para eso recordamos, ahora y siempre.

(*) Lic. en Psicología. Psicoanalista. Especialista en niños y adolescentes. Integrante del Departamento de pareja y familia de A.P.A. Autora del libro "La familia y la ley. Conflictos-transformaciones".

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