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Desde el colapso de 2001, la recaudación de impuestos creció $ 26.000 millones y quedó en 22% del PBI, el nivel más alto de los últimos 15 años. Por su parte, el gasto primario (sin intereses de la deuda) creció $ 17.000 millones para terminar como porcentaje del PBI en 19%, la misma magnitud que tenía antes de la caída de la convertibilidad. O sea, toda la mejora del resultado primario que se ha logrado en los primeros dos años de vida del «modelo productivo» se debió a que la recaudación creció por encima de lo mucho que lo hizo el gasto público (33% nominal y más de 25% en términos reales). Informate más
Para 2004, la recaudación puede aumentar $ 13.000 millones adicionales, totalizando un incremento de casi $ 40.000 millones en el período 2001-2004. Mientras tanto, según el Presupuesto, el gasto primario se expandiría en $ 8.000 millones y completaría así un aumento de $ 25.000 millones en los últimos tres años. Incluso, el incremento podría ser mayor todavía y alcanzar los $ 11.700 millones en 2004 ($ 28.700 millones en 2001-2004) si el gobierno, como es de esperar, se limita a cumplir con la meta de ahorro fiscal primario de $ 10.000 millones comprometida con el FMI.
Si se gastaran «sólo» los $ 8.000 millones adicionales del Presupuesto, el superávit primario alcanzaría en 2004 3,4% del PBI que, sumado al de provincias, haría que el consolidado del sector público tuviera un ahorro de 4% del PBI. Pero, si se gastaran $ 6.000 millones más que en 2003, en vez de $ 8.000 millones, el superávit subiría a 4,5% del PBI. Sin embargo, el gobierno se ha plantado en 3% del PBI y en una quita de la deuda de 75% nominal y cerca de 90% en términos de valor presente (luego de agregarle la reducción de tasas, alargamiento de plazos y el no reconocimiento de los intereses vencidos y no pagados desde fines de 2001).
Al gobierno le va a costar demostrar que está encarando negociaciones de «buena fe» con los acreedores si se sigue plantando en su propuesta de 75%/90% con la economía creciendo a 7%/8% durante 2 años; y la recaudación, a 45% en 2003 y 15% en 2004. De esa manera, la relación con el FMI se va a tensar cada vez más porque el organismo podrá haberse ablandado como para darle un acuerdo a la Argentina aun sin pagar nada de deuda externa, pero no tanto como para permitirnos directamente hacerles «pito catalán» a los acreedores.
Por otro lado, tiene que quedar claro que el mayor superávit fiscal para cerrar rápido la reestructuración de la deuda (que, además, sea sostenible) se lograría sin la necesidad de un mayor ajuste que genere recesiones o que mate de hambre a la gente como miente el gobierno y toda la prensa oficial que tiene a su lado. Todo lo contrario, se logra al mismo tiempo que se aumenta el gasto público desde el nivel del peor momento de la crisis por la enorme cifra de $ 23.000 millones, muy «lejos» eso sí de los $ 28.700 millones que quiere hacer el gobierno, hambriento por transformar a la Argentina en un gran «Plan Jefas y Jefes de Hogar».
Y en última instancia, si el gobierno quisiera evitar el efecto deflacionario de transferir muchos recursos al exterior, la repuesta correcta sería la misma reestructuración de la deuda que propone, pero acompañada de baja de impuestos (particularmente, los distorsivos, como cheque y retenciones) y no de más gasto público. Pero no, el clientelismo más rancio en el poder «obliga» a recaudar todo lo que sea posible para después gastarlo y así justificar su existencia. Algo así como que «te saco lo que es tuyo, pero después te lo devuelvo y, además, espero que me des las gracias». La verdad, entonces, es que el gobierno puede pagar más deuda sin ningún esfuerzo adicional y, si no lo hace, es porque no quiere, ya sea por auténtica creencia ideológica (es público que para nuestra izquierda no hay diferencia entre un ladrón y un prestamista que quiere cobrar) o, más grave aún, a sabiendas de que es peor para el país en el largo plazo, pero mejor para la elite gobernante que quiere prolongar su estadía en el poder cuanto sea posible a través de una nefasta política clientelista (hoy las encuestas favorecen este tipo de comportamiento demagógico, miope y cortoplacista).
En los mismos términos que el tema de la deuda externa, podríamos discutir otros muy espinosos en la relación con el FMI, como la renegociación de contratos y tarifas con las empresas privatizadas, la posible marcha atrás con la reforma laboral de 2000 (que en su momento fue requisito para un stand-by), la moratoria impositiva contenida en el monotributo (que viola expresamente uno de los criterios de desempeño permanentes del acuerdo de setiembre) y el proyecto de reforma de la ley de coparticipación (el gobierno tiene la intención de sancionar un proyecto que deje todo tal cual está hoy cuando Anne Krueger lo ha señalado como un sistema que no provee a la responsabilidad fiscal).
Planteando una negociación dura, pero seria con la deuda externa, se puede cerrar rápidamente un acuerdo con los acreedores. La causa de que eso todavía no haya ocurrido es la ideologización absurda que el gobierno está haciendo de un tema que tiene mucho de tecnicismo; por lo tanto, será el principal responsable si se cae el acuerdo con el FMI.
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