25 de octubre 2018 - 21:02

Modesto Vázquez, una vida entre la bohemia y el tenis

Se formó como jugador en la California de la década de los 60. Fue dos veces capitán del equipo argentino de Copa Davis y hasta se animó a escribir una canción para Spinetta.

Modesto Vázquez, una vida entre la bohemia y el tenis
Tal vez haya que realizar un ejercicio de imaginación exhaustivo para encontrar puntos en común entre Bob Dylan, Jimi Hendrix y Allen Ginsberg, con el tenis profesional. Y es que sus vidas, caóticas, itinerantes y explosivas, poco tienen que ver con la disciplina y dedicación que requiere un deporte de élite. Sin embargo, hay un hombre que se atrevió a explorar ambos frentes, dejando a su paso un tendal de historias fantásticas y conjugando el amor a las artes con el de los courts centrales: Modesto "Tito" Vázquez.

Vázquez se desempeñó como tenista profesional desde la adolescencia hasta sus 28 años. Luego, continuó formando juveniles, tanto en Argentina como en Inglaterra, y dirigiendo jugadores, como al paraguayo Victor Pecci, con él que alcanzó la final de Roland Garros en 1979. También fue capitán del equipo nacional de Copa Davis en dos ocasiones: desde 1986 hasta 1988, y entre 2009 y 2011. En esta última etapa llevó a sus dirigidos a jugar la cuarta final del certamen disputada por el país.

Pero hay otra faceta mucho más despojada pero no menor en su historia que presenta a un hombre enamorado de la bohemia, una fascinación que surgió durante su estadía en California en la década de los 60, cuando descubrió al movimiento hippie y su lucha antibelicista, convirtiéndose en un lector voraz y escritor prometedor. Tal etapa coincide con el salto del tenis al profesionalismo a nivel mundial, hecho que ocurrió en 1968 y del que Vázquez fue protagonista.

De todos modos, las historias iniciáticas de "Tito" poco tienen que ver con el profesionalismo atlético y las letras. Más bien refieren a un niño nacido en España que arribó al país con apenas tres años y que vagó de un barrio al otro hasta asentarse en Palermo, donde pasó horas jugando a la pelota entre los pastizales de las vías del San Martín. Fue ahí donde empezó a cultivar un apego sincero con el deporte. Si bien admite no recordar demasiado de esa época, todavía pueblan su mente las noticias sobre los bombardeos a la Plaza de Mayo que dieron por tierra con el gobierno de Juan Domingo Perón.

A sus 9 años llegó un hecho clave en su desarrollo: su padre consiguió trabajo en el Tenis Club de Olivos, lo que obligó a que toda la familia se mudara ahí, generando los primeros contactos de Vázquez con el universo tenístico. Desfilaban delante de sus ojos algunos personajes de la aristocracia y no tardó mucho hasta que el hijo de uno de los socios lo invitó a jugar. Aquel día significó una revelación para el pequeño, que poco a poco fue cayendo en el hechizo.

Desde entonces, su crecimiento en esa disciplina fue notable, llegando a salir campeón juvenil en diversas oportunidades, al punto de conseguir una beca para migrar a la UCLA, en California. El nuevo destino sería un mundo ignoto y fascinante para "Tito", que, sumido en el asombro de la novedad, empezó a leer a los autores que marcaban el rumbo de las nuevas generaciones estadounidenses como un antídoto contra la nostalgia de la lejanía. Así fue construyendo una afinidad con las palabras y con el movimiento hippie, que dominaba la escena contracultural de un país al que el planeta veía desangrarse en Vietnam.

El año 1967 fue el escenario de otro suceso importante en su vida: el festival Monterrey Pop, antecedente directo del mítico Woodstock. Vázquez asistió invitado por uno de sus amigos. Nada de lo que había visto hasta entonces se parecía a aquel desfile de figuras desenfrenadas. Tocaron The Who, Jimi Hendrix y Janis Joplin, entre otros, ante una multitud de 50 mil personas extasiada por los efectos de la marihuana y el ácido lisérgico. Aquel carnaval magistral terminó de apuntalar una filosofía que "Tito" practicaría tanto en la cotidianidad como en el tenis, y sobre la que disertaría durante largas horas con su amigo Guillermo Vilas.

Este nuevo periplo de su vida lo llevaría a codearse con el amor libre, las revueltas universitarias y la experimentación con las drogas. Había un mundo en ebullición, con todo por descubrirse, y Vázquez estaba parado en el eje mismo de ese caos. Pero no todo era color de rosas para el joven deportista. Sus inclinaciones y el ritmo vertiginoso de sus días llevaron a que el tenis argentino no tuviera la mejor consideración sobre él, llegando a estar en "listas negras", según palabras del propio protagonista.

Para entonces el jugador ya empuñaba con la misma firmeza la raqueta y la pluma, con la que vagaba de un lado al otro llevando pequeños cuadernos repletos de anotaciones, poemas y escritos de factura propia que años más tarde darían vida a sus cuatro libros: "Yo a tu edad" (1999), El otro es uno (2003), "El fin es aún" (2005) y "El ombligo del Pulpo" (2018), siendo esta última su primera novela autobiográfica.

Todo ese compendio de experiencias culturales también tendría una veta musical, que fue ejecutada por otro de los amigos notables de Vázquez: Luis Alberto Spinetta, quien le confió la producción de "Madre en años luz", disco lanzado en 1984 por Spinetta Jade. Además, "Tito" se dio el lujo de ser coautor del tema "2 de enero", incluido por el "Flaco" en el álbum "Spinetta y los Socios del Desierto", de 1997.



• El ombligo del pulpo

Tras atravesar 24 correcciones y años de perfeccionamiento, en septiembre del 2018 Vázquez lanzó "El ombligo del pulpo", su cuatro libro y primera novela. Se trata de un relato en tono autobiográfico en el que el profesional repasa su eléctrica vida combinando la realidad con elementos ficticios que engrosan la narrativa y lo convierten en un relato tan atrapante como bien llevado.

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