Sólo el gobierno parece responsable de la caída de su hijo pródigo riojano. Y, más culpable aún, por no saber defenderlo ni imaginar su sucesión. Sucumbió Angel Maza, como otros cinco vástagos preferidos, casi todos por la música reeleccionista. Léase Aníbal Ibarra (Capital), Sergio Acevedo (Santa Cruz), Carlos Rovira ( Misiones), Eduardo Fellner (Jujuy), Felipe Solá (Buenos Aires), nada menos que un cuarto de los gobernadores del país. A todos ellos los sedujo la alfombra roja de la Casa Rosada y hasta pensaron en la eternidad por la bendición de quien, en política, hoy parece que domina presente, pasado y futuro, gracias a conciencias poco inquietas y bolsillos repletos. Pero tanto poder no alcanzó para estabilizar en sus cargos a presuntos delfines, y la improvisada sorpresa de sus declives fue tan imprevista que ni siquiera se atinó a pensar en reemplazos (quien hoy sucede a Maza, Luis Beder Herrera, carece de una relación mínima con alguna figura del gobierno nacional). Hay situaciones que no prevé ni logra controlar Néstor Kirchner, tampoco resolverlas, más allá de aportes o subsidios continuados. Inclusive, esos privilegios -una suerte de licor para los beneficiarios- sirvieron para estimular la fiebre reeleccionista, insoportable para algunos pueblos; lo pagó Fellner con el renunciamiento, Rovira con el fracaso electoral, Maza con el juicio político y Solá con anestesia total por una intervención ficta (designarle un ministro de Economía, un sucesor porteño sin preguntarle y una senadora de otro distrito, ¿no son pruebas de intervención?). Desconcierto entonces, entre los más aliados, como el de los diputados K que votan leyes a medida del Presidente y luego se las suspende o no las consagra el Presidente.
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