Veamos qué es, a criterio de los analistas de este diario, lo que llevó al fracaso el intento de Carlos Menem de alcanzar una tercera presidencia. PRIMERO. EDAD Y NO AUSENCIA
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No fue la edad, sus 73 años. Juan Perón, manteniendo las distancias, en 1974 asumió a los 78 años su tercer mandato. La salud de Menem es, a los 73, mejor que la de Perón. Lucidez plena en ambos. La gran diferencia es que Perón, con prensa en contra sin su imagen en tensión, mantuvo un exilio que agrandó su figura a nivel casi de mito. Precisamente el transformarse en un mito lejano inspiró a juventudes argentinas que lo tomaron como símbolo, elemento de convocatoria y aglutinante. Menem nunca abandonó el primer plano y estuvo siempre dentro del país. No atrajo juventud. Siempre fue político, nunca mito. Su llano no fue misterioso como el de Perón sino permanentemente público, frívolo por momentos e incentivando las críticas porque era amenaza de retorno. Perón, al cabo de 17 años de exilio, ya no era criticado, nadie recordaba los feroces ataques posteriores a su caída por haber sido un dictador en el final de su período hasta 1955. Con tantos años de exilio pasó a ser demodé criticar a Perón. A Menem le exageraron la corrupción y siempre fue actual criticarlo, porque siempre estuvo allí, en La Rioja o deteniéndolo por 5 meses. SEGUNDO. PERDIO IMAGEN
A la gente le encantó en 1988 el despuntar de un político con aire de caudillo del interior, patilludo, audaz, con camperas, simpático y de verlo fuerte en las tribunas. Iba a las playas de Mar del Plata y se fotografiaba con Susana Giménez (aunque nunca en malla) o venía al fútbol y se sentaba en el banco de suplentes de River. Cuando asumió, la gente esperaba cierta elegancia y se la dio. Patillas que desaparecen, trajes y corbatas elegantes. Dignidad de presidente. Luego se estigmatizó. En este proselitismo ir a tribunas reas, barriales, con la misma pulcritud en el vestir (con el agregado exagerado y ya sin uso de pañuelo en el bolsillo del saco acorde con la corbata) le restó imagen. Faltó modestia, volver a alguna campera, eliminar el aire de señorito. Los años le hicieron, por consejo médico, cambiar el tenis y fútbol por el golf, que es un deporte que, aunque no lo merezca, suena a sofisticación. Para colmo lo juega siempre con prensa, y fotógrafos y las vestimentas más clásicas de ese deporte que son exóticas y ni los profesionales usan muchas veces. TERCERO. MAL PROSELITISMO
La campaña publicitaria del riojano decididamente fue mala sobre todo en televisión. No lució en los reportajes donde le agregó falta de modestia y exceso de triunfalismo. Sus spots fueron pésimos y debiendo cambiarlos constantemente sin mejorar. Sobre todo malos en relación con los de Ricardo López Murphy (los mejores, sin duda) con quien competía el electorado moderado de clase media. No usó armas fundamentales, por un malentendido «antinorteamericanismo», como recordar que su amistad con los Bush prenunciaba más ayuda que cualquier otro candidato para una sociedad muy lastimada por la crisis. Ni usó el tape de José María Aznar en Buenos Aires cuando, siendo presidente, le recitó en el Alvear el tango «Mano a mano»: «Si precisás una ayuda/ si te hace falta un consejo/ acordate de este amigo/ que ha de jugarse el pellejo...». ¿Qué candidato podía mostrar esos argumentos? Nunca apuntó a la clase media. Sus actos -incluido el del estadio de River- siempre fueron hacia el público bajo que siempre tuvo. CUARTO. PERDIO LA MAGIA
Su discurso en el Hotel Presidente la noche del 27 de abril, tras los comicios, lo anuló para el ballottage. Cayó en un triunfalismo sin sentido (la segunda vuelta «será un trámite», «aun ganaré por 6 u 8 puntos»). Sumado a imágenes televisivas de gente inconsciente que con mala forma -justificada o no- se paseaba por el hall del hotel. QUINTO. NO CALIBRO A LOS RIVALES
La «magia Menem» se había deteriorado ya antes y se derrumbó en el Hotel Presidente la noche de los comicios. No calibró bien a sus rivales, porque miró al pasado. En 1988 esa «magia» estaba a pleno y arrasó a un Antonio Cafiero en la interna justicialista. Cafiero no apeló al maquiavelismo de Eduardo Duhalde para mover el «aparato bonaerense» que, además, no era tan fuerte porque no había sido en ese año «tan aceitado» con el vaciamiento del Banco Provincia de Bs.As. más los fondos bonaerenses del presupuesto provincial (algo que costó un déficit tan alto que llevó al estallido de la crisis en diciembre de 2001 cuando se vio que la Argentina, por tal descontrol presupuestario, no iba a poder cumplir sus compromisos externos y comenzaron a emigrar los capitales).
Un «aparato bonaerense» cebado más unir los fondos de la Nación hizo imparable a Duhalde. Kirchner tuvo más propaganda paga que cualquiera porque sumó los de una provincia con sobrante de fondos, como Santa Cruz.
En 1989 Menem derrota fácil a un Eduardo Angeloz que se presenta con el lastre de la desconfianza hacia presidentes radicales por considerárselos malos administradores. En 1995 al riojano le fue fácil ganar con una Argentina próspera. El 2003 era distinto. Hubo un nivel de profesionales empresarios, universitarios, clase media obnubilada con Ricardo López Murphy. Había la misma defensa de iniciativa privada y ortodoxia, que en López Murphy es natural y muy técnica. En Menem es pragmática. Además la diferencia de edad, mejor mensaje televisivo, sin triunfalismo y la simpatía que creó el que empuja limpiamente y sin «padrinos» por llegar. Tampoco midió bien lo que le restaba un Rodríguez Saá, que cada vez que salía en televisión aumentaba intención de votos mientras Menem la restaba. SEXTO. EXOTICO EN LO PRIVADO
A Juan Perón le perdonaban todo hasta que se casara con una ex bailarina y la hiciera vicepresidenta. Era otro carisma. Un Menem vistiendo como un dandy siempre, peleándose con hija, casándose con una mujer más joven, fotografiado constantemente en links de golf se transformó de caudillo popular en su inicio en personaje exótico. La gente perdió identificación popular y esto fue grave para un candidato presidencial. Vidas exóticas a la gente le gusta leerlas sólo en el mundo de la farándula. SEPTIMO. POCOS FONDOS. POCA DIFERENCIA
La campaña de Menem careció de los fondos suficientes ante los inagotables de Duhalde. El sector empresario lo ayudó poco a partir de la buena perspectiva que mostró Ricardo López Murphy. A partir de la enorme deformación del proceso que introdujo Duhalde (negar internas, negar nombre y siglas del justicialismo, tres candidatos del PJ y uno apañado por el gobierno nacional y el «aparato bonaerense», intendentes inclusive). Menem no supo diferenciar lo que había hecho en su gestión. Nunca enumeró ni las autopistas, ni la telefonía, ni haber terminado luego de 30 años la Biblioteca Nacional, por ejemplo.
El gobierno adoptó como estrategia pasar todos los problemas graves para después de los comicios, para ganarlos. Así creó el «veranito». Por eso no se notó tanto la diferencia con el buen pasar de los años '90, salvo para los que viajaban al exterior con un dólar muy encarecido. Menem no atinó a explicar bien eso.
La carencia de fondos adecuados, además, le restó al riojano disponer de medios -que sobraron en el gobierno- para trasladar gente pobre a votar. Allí estaba el fuerte de Menem y casi 6 millones de argentinos - récord desde hace 66 añosno fueron a los comicios. Imposible entonces que triunfara por más diferencia en la primera vuelta. Como para confiar en la segunda.
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