El gobierno nacional, otra vez, parece arrastrado a una elección local en la que se cree jugará su futuro. La incertidumbre del resultado del domingo en Misiones, adonde el gobernador Carlos Rovira pide una reforma constitucional para acceder a la reelección por tiempo indefinido, hace que oficialismo y oposición acallen en estas horas el protagonismo. Envió delegados y medios de campaña a esa provincia pero tramitados por operadores de segunda línea, como si temieran más ser exhibidos como mariscales de una eventual derrota que como dueños de un triunfo el domingo que, a puertas cerradas, se atribuyen los dos sectores.
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Nacionalizados estos comicios quien corre más riesgo, aun ganando, es el gobierno nacional que en cualquier resultado verá sumado un acto de contradictores que no querría ver unido el año que viene, cuando Néstor Kirchner busque un nuevo mandato para su administración. Si gana, como espera él, Carlos Rovira, podrá celebrar la derrota de una suma de toda la oposición a su gobierno, desde el macrismo al lavagnismo pasando por sectores del peronismo y la UCR, con el agregado de la Iglesia Católica, uno de cuyos obispos encabeza la lista opositora.
Ese triunfo, además, crearía clima de confrontación con la franja de opinión con la que goza vapulear en los monólogos del Salón Blanco. Tendrá que soportar, claro, cómo esa eventual victoria alimentaría el proyecto reeleccionista en Buenos Aires de Felipe Solá, que se cuidó de callar la boca sobre el tema Misiones -ha sido el único dirigente que no opinó sobre el tema-.
Evaluación
Gane o pierda, el gobierno ya evalúa el daño que produce en el público esta exhibición de poder que hace el oficialismo para asegurarse permanencia en el poder. ¿Acaso -suele preguntarse el Presidente en su despacho- la insistencia de Carlos Menem en un tercer mandato no catalizó la crítica de la mayoría del país de manera irremediable, tanto que lo marginó de cualquier futuro político? ¿Acaso esa insistencia de Menem de que resolviera la Justicia no arrastró también al Poder Judicial, cuya limpieza ética ejecuta el propio Kirchner facturando el desgaste acumulado en aquellos años de embriaguez de poder?
Temores
La misma reflexión se hace en los innumerables cuarteles del antikirchnerismo que apuesta en Misiones pensando menos en Rovira pero diciendo de él lo que no puede o no se anima a decir del Presidente, temerosos del dedo eléctrico de Kirchner cuando pierde la paciencia.
Imaginan que un triunfo del No sería la expresión de una madurez institucional que el Presidente ha herido con su gestión airada. Imaginan que sería también el comienzo de un rechazo a una reforma con reelecciones indefinidas a nivel nacional si no un freno hasta a un segundo mandato del santacruceño en 2007. Confían, es cierto, en el clima agrio que se ha creado en la prensa nacional hacia los hegemonismos, aunque eluden admitir si comunidades como Misiones son permeables a escenarios que a veces prescinden, para bien o para mal de las efectividades de la vida local.
Los actores principales esperan el resultado del domingo para estallar de alegría o escaparse por el foro; los ganadores se encargarán en todo caso de enfocarlos como los perdedores de ésta, la primera elección de 2007.
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