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Está tibio todavía ese ensayo. Animado por el Presidente, el cordobés entró en la riña nacional el día después de que Carlos Reutemann decidió que su avión se rompería antes de partir al acto del 9 de Julio pasado en Tucumán. La noche anterior, la del 8, Duhalde durmió en la casa de De la Sota en Carlos Paz, quien ya sabía de la ausencia del santafesino del día siguiente y ofreció ocupar el espacio presidencial que, suponía, el designado presidente necesitaba. Pero al poco tiempo trastabilló con el vacío bonaerense, y pagó el costo adicional de poner en serio riesgo el dominio de Córdoba, algo que la misma noche de Carlos Paz sus más cercanos le habían advertido y él no quiso escuchar.
Por eso, no sólo duda Kirchner de la palabra de Duhalde -que horas atrás prometió elecciones en abril y que no será candidato con el mismo fervor que en 1999 juró abandonar la política y retornar a su inmobiliaria de Lomas de Zamora-, sino también teme terminar como De la Sota en su proyecto nacional.
«Es hora de aventar los fantasmas», dijeron en el comando de Kirchner y repitieron el salmo que redactaron el martes en Olivos su jefe sureño con su nuevo jefe bonaerense, sobre la «renovación» del PJ y el armado de un sector transversal, ensayo inconcluso de otro peronista pasado de moda:
En rigor, más que por la flacidez de algunas promesas de Duhalde, el santacruceño se espanta cuando repasa el destino que tuvieron los artificios electorales que construyó el duhaldismo en el último tiempo, del cual De la Sota es una muestra cabal, pero no la única. En 1997, por ejemplo, el ahora Presidente sometió a su esposa al escarnio de las urnas para enfrentar a
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