Uno de los pocos peronistas que tienen el relato de primera agua, de lo que se dijeron Cristina de Kirchner y Julio Cobos, ilustró el clima del encuentro: «Cristina le dijo a Cleto hasta de qué se va a morir». Así lo contó Miguel Pichetto a sus compañeros del bloque PJ. Fue ésa la frase más fuerte del encuentro, suavizada por esta otra: «Vos tomaste una decisión política, tenés que hacerte cargo de las consecuencias políticas». La orden, a quienes tienen el relato de lo que pasó, es magnificar la estridencia del ataque de la Presidente sobre su vice; nadie imagina a una Cristina de Kirchner en un ataque de histeria. Pero el fenómeno Cobos -primer presidenciable en cualquier encuesta en estas horas, al tope de la imagen positiva de todos sus colegas-le da una nueva razón de vida a un kirchnerismo que muchos daban por muerto. Por eso, afirma el jefe de los senadores peronistas, «desde ahora la convivencia con Cobos va a ser muy, pero muy difícil». Nadie mejor que él para gozar esta directiva de liquidar a Cobos: Pichetto es senador por la minoría en representación de Río Negro, porque la mayoría se la llevaron los radicales K del distrito.
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Para el gobierno, si no frenan el ascenso cobista, lo que fue una derrota en una batalla será una capitulación total. Hasta ahora, Néstor Kirchner bromeaba con que nadie de la oposición había logrado capitalizar la ola opositora que cuajó en el público con la pelea por las retenciones. Se confió en que la gravitación de Elisa Carrió bastaba para mantener junto a él a todos los peronistas, aterrorizados por el aire gorila de la jefa de la Coalición Cívica. Pero que la estrella sea ahora Cobos y que imagine que puede ser el jefe de una concertación, de peronistas y radicales sin Kirchner, es lo que explica el aire crispado del ex presidente, que notan todos quienes oyen su voz cuando les habla por teléfono.
Ejecutar a Juan Carlos Jaliff como titular del Instituto Nacional de Vitivinicultura es la mortificación máxima para Cobos. Es su mano derecha, después de quitárselo al anterior jefe de Jaliff, José Genoud. Fue su vicegobernador y por eso le dio el cargo más importante para un mendocino. El Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) es una oficina que para los provincianos es más importante que la gobernación. Representa el orgullo local y maneja fondos y decisiones que afectan a la región; por eso se pelearon con los sanjuaninos, cuando gobernaba Carlos Menem a los riojanos, y les da a los mendocinos la ilusión de cierto patronazgo sobre otros distritos vineros como Neuquén y Salta.
Para colmo, ayer apareció por Mendoza, Felipe Solá, invitado a dar una conferencia por otro ex presidente de ese Instituto, el diputado peronista Enrique Thomas. Hombre que ingresó por el kirchnerismo,de la mano oculta del peronismo cordillerano, que representan Juan Carlos Mazzón y los hermanos Gioja (José Luis y el senador César), le juntó en el hotel Aconcagua, de la capital mendocina, más de trescientos militantes del peronismo y del radicalismo K. Ante ese auditorio, que espera nueva suerte de la mano del aura ganadora del vicepresidente, Solá repitió que la Argentina está dividida, pero no en dos: entre millones de ciudadanos por un lado y 60 mil militantes que piensan en términos ideológicos, más que en políticos, por el otro.
Nuevo bloque
Thomas votó junto a Solá contra las retenciones móviles; juntos dedicarán el fin de semana a resolver cómo lanzarán en nuevo bloque disidente en la Cámara de Diputados, proyecto que el gobierno se ha conjurado a frenar, cueste lo que cueste. Con Cobos deben rodar las cabezas de estos disidentes que, cree el gobierno con algo de razón, tienen terminal en la oficina de Eduardo Duhalde.
Según la versión del oficialismo, la ruptura con Cobos es total, pero eso no puede trascender más que en las entrelíneas. Enfrentarlo en la superficie es arriesgar nuevas derrotas en la opinión pública. La consigna es hacer guerra de guerrillas sobre sus nuevos aliados, incluso apelando a alguna carpeta que le haya quedado a alguno que dejó cargos ejecutivos. No faltarán gestos de terrorismo, es decir, castigar a inocentes para escarmiento de los tibios. Por ejemplo, anotarle a Cobos al tambaleante Horacio «Pechi» Quiroga cuando facturó antes en la cuenta Parrilli de la transversalidad neuquina. O premiar a Gustavo López, por quien pidió siempre Cobos, designándolo en la subsecretaría de la Presidente, la oficina que maneja los fondos reservados de la primera mandataria.
Para interceptarlo en origen, Cristina de Kirchner mandó a que cambien de lugar el acto del 7 de agosto en Mendoza. Es una inauguración del gasoducto que une las localidades de Beazley y La Dormida, departamento La Paz. Allí fue recibido, en olor de multitud, Cobos el mismo jueves de la votación; lo hicieron subir a una ventana para que improvisase un discurso. La Presidente no quiere que el acto se haga en ese lugar, sino en la propia capital de Mendoza. No le ha ido bien en anteriores viajes, pero arriesga para darle batalla al vice en casa. Más aún, hará algo inusual: dormirá el jueves 7 en la capital mendocina, algo que nunca hace la Presidente en viajes al interior (al día siguiente la mostrará Gioja en San Juan).
Para los consejeros de la misión de matar a Cobos en la cuna, que éste haya amagado con buscar una concertación propia con el peronismo disidente es mucho más grave que haber votado contra las retenciones. Esto podrá justificarlo el vicepresidente por sus convicciones o por su intención de asumirse como el gran solucionador de una crisis que el gobierno no sabía cómo cerrar. Pero, que haya planteado una alternativa de concertación con el otro peronismo es una declaración de guerra sin retorno. Esa es la verdadera traición, no la de la madrugada del 17 de julio.
La fuerza de la andanada no lo hace titubear a Cobos, que ayer actuó de vicepresidente como si nada. Cuando le hicieron reclamos en el pueblo de Saladillo respondió sin inmutarse: «Voy a trasladar las inquietudes de Saladillo a Daniel, que sabía que yo iba a venir por acá». Con el mismo aire, la Presidente no ha interrumpido la serie de actos lisérgicos que ocupan su jornada, como si anunciar promesas amortiguase la profundidad de la crisis. Acaso los Kirchner se han encontrado con alguien tan artista como ellos. Los políticos, más aún los que llegan lejos, tienen mucho de la personalidad arriesgada, audaz, sin miedo a la vergüenza, que tienen los cómicos de la legua. Cuando mandan, cuando castigan, actúan de mandones y de castigadores; cuando halagan, cuando prometen, ejercen también el histrionismo. Cobos no le tuvo miedo a ir el miércoles a la Casa de Gobierno, sabiendo que no tendría la vocería del encuentro, que no controlaría el relato. Pero le dejó a Cristina de Kirchner la noticia de que él también es artista, que también sabe de escenas, y que por ahora el público, la taquilla, está con él.
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