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26 de mayo 2005 - 00:00

Avatares

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Tanta efusividad bonaerense en la puesta en escena porteña, era obvio, generó algunas pequeñas desprolijidades. Desde el inicio el acto estaba previsto para pocas personas, unos 100 de cada agrupación, en un salón del primer piso del complejo de oficinas Central Park en Barracas. Por eso los encargados de seguridad cerraron los portones cuando vieron llegar a la murga y dejaron afuera a otros 100 militantes y dirigentes de Recrear y Compromiso para el Cambio. Después de varios minutos de protesta, los porteños pudieron entrar, pero seguían los murgueros y bonaerenses en la calle. Ninguno entendía la situación: los habían llevado invitados desde José C. Paz y ahora quedaban en la calle si poder utilizar todo el cotillón de bombos y redoblantes. No era el estilo de actos al que estaban acostumbrados. Por eso, directamente, decidieron intentar tirar abajo los portones de hierro, con tanta fuerza que debieron dejarlos entrar. Arriba, mientras tanto, seguía primando el aire doctoral en las exposiciones.





Podía ver allí, mientras los candidatos contestaban preguntas, un raro artefacto oriental para pesar opio que fue el centro de las miradas. Tanto como haberse enterado al final del acto que en ese mismo lugar funcionó meses antes de las elecciones de 1983 el diario peronista «La Epoca».

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