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El columnista dedica todo su espacio a analizar la relación entre los gobiernos de Néstor Kirchner y de George W. Bush. Parte de dos circunstancias surgidas las semana pasada: el anuncio de que el norteamericano no tocará la Argentina en su próxima y amplia gira latinoamericana y el conflicto generado por la intención de un fondo de ingresar en el mercado eléctrico local, lo que quiere ser impedido por el Presidente.
Según Morales Solá, habría una seria preocupación en Washington sobre los pasos de Kirchner y una especie de desilusión luego de la cumbre de Mar del Plata de noviembre de 2005. Resume que las cosas de este momento están realmente mal entre los dos países, y que sólo cierta colaboración en la guerra contra el terrorismo mantiene la relación entre ambos Estados.
Comete entonces el columnista dos errores. En primer lugar, la Argentina es uno de los países más obedientes y que con sintonía más fina sigue de cerca la política exterior más importante que lleva adelante George W. Bush: el conflicto en Medio Oriente. El país es uno de los pocos casos en los últimos tiempos a nivel internacional que pasó de la condena a Irán por su política nuclear y su apoyo supuesto al terrorismo a los hechos, al avanzar la Justicia y avalar el Ejecutivo el pedido de captura a iraníes, incluyendo un ex presidente. Consecuencia de esto, lo que sí es mencionado por Morales Solá, hay además una colaboración directa para la política norteamericana en una de las zonas más peligrosas a los ojos de la administración Bush: la Triple Frontera, limítrofe en el norte argentino.
Una segunda realidad, que directamente es ignorada por el columnista dominguero (y también por Van der Kooy al analizar este tema), no se tomó en cuenta una de las concesiones más importantes que los EE.UU. hicieron a la Argentina en los últimos tiempos: la decisión de mantener al país dentro del muy escueto listado de naciones que podrán exportar al mercado norteamericano productos favorecidos por no pagar arancel, beneficio en el que en América latina sólo quedó incluido, además del país, Brasil, y del que Venezuela fue excluido. Representa unos u$s 700 millones más de exportaciones por año, y hace que EE.UU. continúe siendo el segundo destino, después de Brasil, para las ventas al exterior de la Argentina.
Estos dos capítulos hacen que la relación bilateral entre los dos países, más allá de las declaraciones de superficie, estén en un muy buen momento. Morales Solá sí incluye un punto importante para el análisis del gobierno argentino: no logra nada hoy por hoy con una visita de Bush a Buenos Aires, ya que el norteamericano está en su peor momento en las encuestas y el argentino, para marzo, comenzará a concentrarse en una campaña electoral para la que una visita del estadounidense no ayudaría.
VAN DER KOOY, EDUARDO. «Clarín».
Resume Van der Kooy en su columna las razones por las que Bush visitará algunos de los países latinoamericanos en su próxima gira, todas ante riesgos políticos puntuales que Washington ve como posibles catástrofes. Aunque una visita de Bush a la región se haya vuelto ahora de importancia relativa -frente al desgaste que tuvo su guerra contra el terrorismo entre los electores norteamericanos y a dos años de alejarse el poder-, no deja de mencionar el columnista que Brasil y Uruguay siguen siendo destinos estratégicos para la Casa Blanca, por encima de la Argentina.
De todas formas, se sabe que el país sigue siendo un soldado de Washington en los temas clave. No se puede criticar que Kirchner no quiera una foto con el texano en un año electoral ni tampoco la realidad de que Bush se haya acordado demasiado tarde del poco espacio que le dio a Latinoamérica en su agenda. El error es hablar de una variación en la relación entre ambos países cuando todo ya se vuelve anecdótico. Más importante parece que los visitantes se hayan marchado con una idea más clara de la influencia de Hugo Chávez en el país o que como contraparte, como cita el columnista de «Clarín», el Tesoro no «moleste» en las negociaciones con el Club de París.
Ese equilibrio por el que pasan hoy las relaciones con EE.UU. tiene diferentes estados de ánimo, pero una línea general. Como el episodio de la prohibición al fondo Eaton Park de hacerse de una parte de la trasportadora Transener. No es novedad, tampoco, que Kirchner aproveche esas oportunidades para afianzar el rostro popular de sus críticas al Hemisferio Norte, que no se ven reflejadas en el George W. Bush «Isabel» Perón resto de la relación. Para la crónica queda el alarde de los ministros Fernández en la cena que mantuvieron con el secretario de Justicia de EE.UU., Alberto Gonzales, con su cuestionamiento a la violación del Tratado de Ginebra por las torturas en Guantánamo y Abu Ghraib. Por ahora, ni Tony Blair consiguió torcer el brazo de Washington en ese punto. No se aportan novedades en torno a la visita de Cristina Kirchner a Francia. Que la reticencia de la primera dama a relacionarse con la prensa es un problema es algo remanido, como que a Néstor Kirchner le falta tiempo aún para tomar la decisión definitiva. «Clarín», mientras tanto, ya comienza a confirmarle ministros al gabinete de Cristina, como lo hizo ayer con el jefe de Gabinete.
VERBITSKY, HORACIO. «Página/12».
Como siempre, movido por el rencor, revisa la historia reciente con un solo ojo para « revelar» un supuesto pacto entre Alfonsín e «Isabel» Perón, a principios del gobierno del primero. Desempolva una ley votada en el Congreso -la 23.062- que eximió expresamente a «Isabel» y a los ministros de su gobierno ( también a los legisladores) de ser enjuiciados por hechos previos al golpe militar de marzo del 76.
Puede sospecharse en Verbitsky la posición del gobierno frente a la ex presidenta y al tema triple A, causa que la Casa Rosada reactivó para sacar de la tapa el papelón del caso Gerez. Quizás una revisión de sintonías pasadas: se conoce sobradamente la defensa que una joven Cristina Fernández, militante en el PJ de Santa Cruz, a principios de los 80, hacía de «Isabelita».
Sería interesante saber qué piensa, ahora, la senadora de Martínez de Perón.
La de Verbitsky es, claro, de una visión parcial y antojadiza del periodista y asesor presidencial para tratar de enlodar también a Alfonsín, artesano de la candidatura de Roberto Lavagna, candidato al cual -a veces inexplicablemente- le teme el gobierno.
Sobre la ley, Verbitsky posa una mirada carente de todo contexto histórico, anacrónica, al punto que se mueve al límite al debilitar el argumento que podría eventualmente justificar a Alfonsín, de que el radical lo hacía ante el riesgo de una asonada militar.
Para defender su tesis de «pacto» «Isabel»Alfonsín, Verbitsky se aproxima peligrosamente a desconocer el peligro que por esos días suponían las Fuerzas Armadas para el naciente y frágil gobierno de Alfonsín. Al tal punto se desentiende del escenario de época que no menciona nunca que, por entonces, era inconcebible, impensable, iniciar un juicio contra Lúder o la ex presidenta, que no hacía muchos meses había recuperado la libertad después de largos años de prisión en Neuquén.
Cerril, enceguecido, Verbitsky ignora esos elementos para sostener su objetivo -¿que comparte el gobierno más allá de la distracción mediática?- de demonizar a «Isabel». Arrastra, eso sí, una antigua rivalidad e inquina histórica, por el enfrentamiento entre Montoneros y la ex presidenta.
En rigor, el malestar de Verbitsky con aquella ley refería, además, a que, en su momento, ese beneficio no se extendió a los jerarcas de Montoneros, agrupación que él integró.
GRONDONA, MARIANO. «La Nación».
No fue feliz su columna de sobre el escándalo en el INDEC. Después de una larga y monótona introducción donde cita a Maquiavelo para hablar de los políticos y su apego a las apariencias, llega a los cambios en el organismo.
Grondona concluye que el fraude en los índices económicos es posible si la gente acepta ser engañada por un tiempo, como ocurrió con la convertibilidad. La conclusión es acertada, pero el artículo demasiadoextenso, para aportar tan poco.
Del INDEC hoy lo que interesa es la información concreta sobre cómo se llevó adelante el cambio de método y lo que pasa adentro del organismo con los empleados que se resisten a esta intervención.
Las enseñanzas morales que deja el fraude ya fueron agotadas por innumerables editoriales, notas de opinión y declaraciones de la oposición.
Tal vez Grondona hubiera encontrado mejor inspiración en los argumentos oficiales tan cercanos al grotesco, como los de Alberto Fernández, que dice que es imposible alterar los índices y culpa del escándalo a maniobras mediáticas. Ni qué hablar si hubiera hecho referencia a que el Presidente culpó de la caída de los bonos a un fondo de inversión y no a los cambios en el INDEC.
Por eso la sensación que le queda al lector es que un gran tema se transformó en un ensayo filosófico.
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