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9 de julio 2008 - 00:00

Como el Proceso y Menem, Cristina dividió gremios

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Carlos Menem
Como un dejà vu, la CGT volvió a fracturarse. Como le ocurrió a las Juntas en el 81 y, más acá, a Carlos Menem, Cristina de Kirchner comenzó ayer a transitar con el sindicalismo peronista dividido, atrincherado en dos centrales paralelas y antagónicas.

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La ruptura entre Hugo Moyano y Luis Barrionuevo es un mal dato para los Kirchner: toda vez que la CGT se rompió, el gobierno de turno comenzó a hociquear. La historia no es lineal ni se repite de manera exacta pero, para la Casa Rosada se avecinan tiempos bravos.

Lo sufrió el Proceso en el 81. La CGT Brasil, con Saúl Ubaldini al frente, patrocinado por Lorenzo Miguel y Diego Ibáñez, profundizó la embestida que había iniciado el grupo de los «25» y, a poco de andar, empardó en protagonismo a la CGT oficial de Jorge Triaca.

También Menem en el 96. Aquel año, luego de un entrevero de tiros y puñaladas en Ezeiza, el camionero usó la base del Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA) para montar un ala opositora a la gestión del riojano. Ahí nació la CGT disidente que encabezó Moyano. Toda una paradoja: 10 años después, Barrionuevo pretende convertirse en el Moyano de los Kirchner. Así como el camionero desafió a los gremios alineados con Menem, el gastronómico cuestiona la obediencia gremial a Olivos y ensalza su autonomía.

«No queremos la CGT de Kirchner y De Vido» provocó, ayer, tras anunciar la conformación de la CGT Azul y Blanca.

  • Saludo

    Un rato más tarde, Moyano defendió la «legitimidad» de su proclamación y, como vocero oficioso del gobierno, Carlos Kunkel saludó la reelección del camionero y validó el trámite de Obras Sanitarias.

    Anoche, en Casa Rosada, se subestimada la fractura en el gremialismo. En el kirchnerismo se computa, sobre todo después de la votación de las retenciones móviles, a Barrionuevo como un rival y en ese marco se la entiende a la CGT bis como un polo opositor.

    Usan, como Moyano, el argumento de que el poder de fuego y representatividad de la central paralela es limitado y que, salvo un puñado de gremios, los demás son sindicatos muy chicos o «inexistentes». El tiempo mostrará la validez o no de esa fundamentación.

    El lunes, cuando Néstor y Cristina Kirchner visitaron la sede de la calle Azopardo y se mostraron, sonrientes junto a Moyano, hicieron un último gesto silencioso para evitar que el vacío a la reelección del camionero sea mayor. Fue la coronación como su sindicalista preferido.

  • Fracturas

    Tres veces, desde 1980 a la actualidad, la CGT se partió: a principios de la década del 80, la CGT Brasil que instaló a Ubaldini, a fin de esa década cuando surgió la CGT San Martín con Guerino Andreoni contra el cervecero y en 1996 con Moyano versus Rodolfo Daer.

    Para el gobierno militar, aquella división marcó la irrupción de un sector que lo desafió en la calle: estuvo la huelga de noviembre del 81 y la más importante, y furiosamente reprimida, de marzo del 82, unos pocos días antes del desembarco en Malvinas.

    A Alfonsín lo siguió la etapa ubaldinista con sus tres paros generales que se terminó cuando, con la llegada de Menem al gobierno, la CGT sufrió otra división: un sector, más cercano al riojano, creó la San Martín y aisló, de a poco al dirigente cervecero. En 1996, ya en el segundo mandato de Menem, luego de breves mandatos de Naldo Bruneli (UOM) y Gerardo Martínez (UOCRA), se produjo la división entre la CGT oficial encabezada por Daer y la disidente que quedó bajo el mando de un dueto: Moyano-Juan Manuel Palacios.

    La división duró hasta julio de 2004 cuando, a instancias de Kirchner, se unificó la central y quedó al mando de un triunvirato integrado por Moyano, Susana Rueda (Sanidad) y José Luis Lingieri (Obras Sanitarias).

    Aquel ensayo duró un año: Moyano se autoproclamó único jefe, asistido paradójicamente por Barrionuevo, y los «gordos» abandonaron Azopardo. Los siguió, luego del escándalo de San Vicente, el barrionuevismo, que ayer pateó el tablero y engendró su propia central.
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