«La vida de los argentinos se arregla o se desarregla desde la economía.» Con una versión criolla -y menos brutal- del clintoniano «It's the economy, stupid», Cristina Fernández estrenó anoche piel de candidata presidencial en sintonía con el plan maestro de suceder a su esposo, Néstor Kirchner.
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Con un vestido color blanco que le llegaba a las rodillas y el cabello rojizo, la primera dama agotó 45 minutos en su presentación oficial. A las 18:52 se trepó al escenario y a las 19:48 se perdió detrás del pliego que durante su discurso reprodujo, estático, su eslogande campaña: «El cambio recién comienza».
Sola sobre las tablas del Teatro Argentino de La Plata, sin Himno Nacional ni marcha peronista -los K se nutren de Alejandro Lerner y Patricia Sosa-, con la Bandera argentina como único ícono, la senadora/ candidata desgranó lo que, ostentosos, en el gobierno anoche vendían como «proyecto de país».
Animada, la «futura presidenta», tal como la anunció el locutor, luego ensayó una frase que, en adelante, seguramente saturará sus discursos al invitar a «construir la Argentina del Bicentenario». Jugó con otro matiz, de tono matriarcal, al convocar a «las mujeres» a empujar un «cambio cultural».
Desde el palco vip, flanqueado por Daniel Scioli y Alberto Fernández, Kirchner siguió las palabras de su esposa. En más de una ocasión -no siempre- se sumó al aplauso servil, a veces a destiempo, de la platea, que le regaló quince aplausos. Gobernadores, piqueteros, intendentes, artistas y sindicalistas actuaron de auditorio fáunico.
Atentos y obedientes, todos habían devorado el currículum viajero que detalló un video que con postales de Cristina junto a Hugo Chávez, el príncipe de Holanda y Hillary Clinton intentó mostrarla como una mujer de mundo. En el buen sentido, claro está.
Cimbronazos
La matriz del discurso de la candidata fue, como su eslogan, un juego de palabras: «La novedad del cambio será seguir en la misma dirección», afirmó resaltando los acentos. «Para evitar -agregó- los cimbronazos que nos dejaron al borde de la disolución social».
Encontró, en ese baile, una metáfora. «Cada elección presidencial no puede ser una ruleta rusa -dijo- donde si gana uno sale para un lado y si gana otro sale para el otro.»
Luego se estructuró lo que, pretenciosa, la primera dama desglosó como ejes «basales» de un plan a «mediano y largo plazo», continuidad y/o superación de la temporada que inició su esposo, el 26 de mayo de 2003, con 22% de los votos. «El Presidente tenía más desocupados que votos», recordó.
Se movió a tres bandas: el aspecto institucional -dijo que «se reconstruyó el Estado constitucional democrático»-, el modelo económico « industrialista, que rompió los tabúes de agro versus industria» y del que destacó la bonanza fiscal, y un «cambio cultural» que permitió «a los argentinos recuperar la autoestima».
Un detalle: fue implacable e impiadosa con el Congreso, al que reprochó haber votado leyes «porque un ministro tenía una Banelco», y castigó a la Corte noventista.
Los éxitos, claro, los atribuyó al cuatrienio de su esposo -en un momento lo llamó «señor Presidente», en otro «Kirchner» a secas-, a quien elogió como «un hombre fuera de lo común».
La aventura continuista que prometió aportó dos datos en algún punto novedosos:
Convocó a un «diálogo institucional», sobre el modelo que consolidó el milagro económico español, a través de una instancia de acuerdos entre empresarios y trabajadores con la mediación del Estado. «No sólo hay que hablar de precios y salarios, hay que hablar de hacia dónde vamos.»
Descargó exclusivamente sobre la economía la expectativa de un repunte sólido. «La miseria, la inequidad, el desempleo no se solucionan con un Ministerio de Asuntos Sociales, se solucionan con la economía», dijo. Traducción: el modelo fiscalista que sostiene Kirchner tiene, en el mundo cristinista, larga vida.
Al final, antes de la lluvia de papelitos blancos y celestes, de los besos al aire y los saludos hacia los palcos en penumbras, la primera dama se animó a una confesión. Tras los halagos a su esposo, que ablandó con un «tampoco es un héroe», dijo mirando a Kirchner: «Espero que no lo extrañen demasiado».
Afuera, entre el frío y el olvido, las columnas comenzaron a dispersarse apenas las pantallas mostraron a la primera dama perderse detrás del escenario. Cuando 20 minutos después la candidata salió a la calle a darse un baño de popularidad quedaban más banderines y pancartas que fanáticos.
En verdad, a pesar de que hoy le cuenten otra historia, en las calles nunca hubo una multitud.
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