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14 de noviembre 2006 - 00:00

Cristina: lo que sirve hacia adentro ¿servirá para afuera?

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Néstor Kirchner y Cristina Fernández.
Tomar a Cristina Fernández como rehén y mandar a los intendentes del conurbano a la guerra por su reelección -es una forma de decir- completa el perfil de Néstor Kirchner como el presidente más peronista desde Juan Perón. Como éste y sus émulos en el medio siglo siguiente a la presidencial del General ( Carlos Menem, Eduardo Duhalde), el santacruceño ensaya una construcción política que responde a la fórmula «verticalismo arriba, quilombo abajo».

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El último que lo hizo fue Duhalde, que consagró el método de armar candidaturas a cargos nacionales en la cocina de su casa dejando puestos en blanco que él llenaría antes de los comicios con los nombres de los premiados en obediencia.

  • Riesgos

  • El método actual es un ensayo de salida del fracaso en cadena del último mes que no deja de tener sus riegos:

    1) instalar a Cristina sucesora que cumple anuncios que el Presidente hizo apenas asumió. En un país sin partidos (organizaciones para construir poder), el aparato del Estado reemplaza a los partidos. Es congruente que la militancia -y más de un observador de afuera- repita que Kirchner será el «gran elector», resignados a que el dedazo es el único sistema posible para seleccionar candidaturas si los partidos mayoritarios están deshechos y desactivados, mientras las «nuevas formaciones» son sistemas de autonominación de candidatos sin examen por la sociedad.

    2) El dedazo es un mecanismo que le encanta al peronismo, un partido creado desde el Estado, con fondos públicos y por un militar. Que el dedo de arriba señale al elegido es la consagración de la autoridad; de ahí que el principal desvelo del peronista sea el «posicionamiento», es decir, moverse de manera de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Acatar ese dictamen, hoy disfrazado por las encuestas que paga el gobierno, se exhibe como un ejemplo de militancia. Cuando se dice que un candidato «crece», no significa que haya aumentado su consenso en la sociedad, sino que ha ascendido en la escala de valoración de quien manda (se dice en estas horas, por caso, que José Pampuro «ha crecido mucho»; en realidad, subió peldaños en el corazón presidencial).

    3) La duda que tiene el gobierno es si ese método de elección desde arriba, que tanto sirve para alinear a la tropa propia, encantará hacia afuera. Kirchner ha procurado distanciarse del folclore peronista, pero no parece conocer otro método de construcción que el del peronismo. Sabe que en el país hay más no-peronistas que peronistas y que, si aquellos se juntan, le ganan al peronismo (1983-1999); para evitar que se junten los adversarios hay que disfrazar el peronismo explícito para ganar el crédito del voto independiente de las grandes ciudades que decide las elecciones. Después que Kirchner señalase como propios a Carlos Rovira, Felipe Solá, Eduardo Fellner o José Alperovich no está en condiciones de afirmar con tanta soltura que su dedo es infalible. La «sociedad» ante la cual Kirchner acumuló tantos agravios, los derribó. ¿Podrá ahora señalar a Cristina como candidata sin que se la lleve ese vendaval que no controla? ¿Está además el voto independiente tan resignado como para aceptar que un Kirchner mande a votar por su mujer -apenas para halagar la ola antirreelección que recorre el país- y encima votarla? Seguramente que hoy no y lo que parece una genialidad oficialista para desmarcar puede convertirse en otra acusación de manipulación, nepotismo y desprecio de lo que el público le pide al poder.

    4) Lanzar a los intendentes a la guerra en los niveles bajos de la política tampoco le asegura que le reditúe beneficios. Le ha costado concesiones inimaginables -los presupuestos de Julio De Vido y José López son herméticos- a este presidente para lograr que los barones del conurbano se alineen detrás de sí. ¿Apoyará la moción del senador felipista Hugo Gómez de frenar las reelecciones de los alcaldes bonaerenses, que ya amenaza con fracturar el espacio oficialista de Julio Pereyra (Florencio Varela)? Se le atribuye a ese proyecto la intención de halagarlo a Felipe Solá regalándole alguna herramienta de poder sobre el territorio al gobernador «pato rengo». También un propósito personal: Gómez sueña con heredarlo en Lanús, inhabilitación mediante, a Manuel Quindimil. En todos los distritos hay un dirigente que espera agazapado a que cambie la luna de quien manda en el municipio para tener su oportunidad.

    5) Ayer el kirchnerismo de los intendentes del conurbano se puso en pie de guerra con el lema: «Si revisamos la reelección de Manolo, revisemos también la de Gustavo Posse». El Presidente, que puede haber sonreído al ver cómo el virus de la inquina peronista se instalaba entre los intendentes con el proyecto de no reelección, tiene para preocuparse si otros alcaldes perpetuos como sus aliados Posse, Daniel Katz o Enrique García entran en la picadora de carne. Lo peor que le puede pasar a Kirchner es verse obligado otra vez, y con las mismas consecuencias, a defender la reelección de sus amigos. El método para acumular poder hacia adentro del peronismo sería dinamita en la construcción de alianzas hacia afuera.

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