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Se agrega que el propio Presidente -cuya voz significa casi una orden en esta época- se ha pronunciado, impropiamente dado que invade una atribución del Congreso, en el sentido de no incorporar como diputado al político Luis Patti, aunque fue votado por más de 300.000 bonaerenses que son más que todos los habitantes de Santa Cruz, la provincia dominante en el panorama nacional. El gobierno domina abrumadoramente todos los instrumentos de inteligencia para saber quién es quién en la Argentina y nunca pudo imputarle nada a tal político ni lo impugnó al presentarse como candidato sino cuando ganó. Luis Patti sufre sólo «condena de prensa de izquierda» pero no tiene ningún proceso por los años '70. A su vez, sí lo tuvieron otros legisladores del oficialismo en el Parlamento. Más aún: en el propio elenco gobernante hay quienes tienen probados crímenes -incluyendo asesinato de civiles con bombas- y tienen libre accionar, aquí y en el exterior.
Agreguemos que se veta a desconocidos jefes militares no ya por imputaciones sino por reflejo de hechos setentistas. Se le ha dado desde la Casa Rosada el supremo poder al gremialista cabeza de la CGT Hugo Moyano -nota primicia de ayer de este diario- de manejar los cuantiosos fondos, surgidos de extracciones al sueldo de los trabajadores, para subsidiar las famosas «obras sociales» o sea la llamada «Caja» de donde tradicionalmente se enriquecen los sindicalistas. Gremio que caiga en huelgas no recibirá fondos, para asegurarse el gobierno a través de Moyano la contención social. Se ha degradado tanto el país -y no es nuevo el método porque también lo aplicó la gestión de Carlos Menem vía el gremialista Luis Barrionuevo- que hasta con pragmatismo ciudadano frente a los desbordes sobre las empresas se llega a pensar que tal desmanejo, en definitiva, evitará las huelgas salvajes. La diferencia hoy es que las alientan, de ese tipo, funcionarios del propio gobierno -como en el caso de Aerolíneas Argentinas- o el mismo Moyano con sus « camionazos» extorsivos que hizo en suficiente cantidad y sacando inusitados aumentos salariales como para poder ahora transformarse en «pacificador», alentando o no a los sindicalistas para que se enriquezcan privadamente, vaciando «obras sociales», según desaliente a los trabajadores que representa.
No es menos preocupante la forma en que se está desplazando en estos días al hasta ahora miembro de la Corte Suprema Antonio Boggiano, reemplazándole los conjueces sobre los que no tiene seguridad el oficialismo que aprueben la medida. Pensemos también en la molestia constante del oficialismo sobre la escasa prensa que no integra el coro del gobierno, la afirmación de una revista, en un reportaje consentido por la cabeza de «Clarín», sobre que hay contacto «diario» con el Presidente por parte de esa misma cabeza. Además, se ha restado del Poder Ejecutivo toda voz que pudiera marcar una disidencia o formular algún reparo a ese riesgo hegemónico.
Un tradicional matutino, no sometido, recuerda periódicamente en sus páginas que el gobierno no recibió más de 40% de los votos en la última elección pese a ejercer tanto poder; aunque un porcentual de ultraizquierda integra 60% restante de la ciudadanía, para acentuar más la reducción de las libertades de la democracia.
La molestia de los ciudadanos moderados sorprende a ellos mismos sobre cómo puede gobernarse tan hegemónicamente y al pesimismo consiguiente sobre el amor a las libertades entre los argentinos. Se nota desconcierto sobre cómo civiles -y no dictaduras militares clásicas- pueden menguar tanto las instituciones, introducir temor a tantos privados. Y en nivel que sorprende. Es como si fuera ineluctable y heredado en la sangre por las nuevas generaciones las dictaduras vividas en el pasado.
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