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15 de junio 2006 - 00:00

Demora la UCR apoyo a candidatura Lavagna

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Raúl Alfonsín olfatea, como pocos, cuándo lo más oportuno es esfumarse. Hoy es el caso: instigador de Roberto Lavagna, el ex presidente se quedó en EE.UU. -adonde viajó el fin de semana-, por lo que no participará de la cumbre de radicales bonaerense convocada en Brandsen.

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La ausencia de Alfonsín, la asistencia de caciques de las tres tribus en que se bifurca la UCR y, sobre todo, un pacto para no emitir un texto político que corone la tertulia se corporizan en un dato: contrariamente a lo previsto, no habrá un respaldo formal a Lavagna.

Es un gesto de la cúpula partidaria, operativamente a cargo de Carlos Gorosito, para evitar la fractura del partido. Si, como pretendía Alfonsín, se lanzaba una proclama a favor del ex ministro, a dos clanes del radicalismo los estarían empujando fuera de la UCR.

Ni siquiera se formalizará el planteo de declarar al radicalismo como partido de oposición al gobierno de Néstor Kirchner. Sólo ante la certeza de que no sonarán esas trompetas, el sector que sintoniza con la Casa Rosada aceptó ayer participar de la cumbre.

Hay, sin embargo, dos datos inocultables: 

1- Mayoritariamente, los dirigentes del radicalismo simpatizan con Roberto Lavagna y lo ven con buenos ojos, postura en la que coinciden el grueso de los legisladores, la mayoría de los caciques y caciquejos provinciales y locales y buena parte de los intendentes de la UCR, que alguna vez estuvieron alineados en el alfonsinismo, la CON de Federico Storani y el MODESO de Leopoldo Moreau, pertenencias hoy simbólicas.

2- El porcentaje se incrementa cuando se sondea a quienes son los opositores al kirchnerismo, porque en esa postura, a los pro lavagnistas del punto anterior se agregan «los Margaritos» (por Stolbizer), sector que propone una liga junto con el ARI de Elisa Carrió, el PS y sectores de la CTA de Víctor De Gennaro.

Fuera de esos corrales quedan los alcaldes que coquetean con el gobierno, como Daniel Katz de Mar del Plata, Héctor «Cachi» Gutiérrez de Pergamino y Mario Meoni de Junín, triunvirato de agitadores a favor de un entendimiento con la Casa Rosada, aunque con visiones no del todo unificadas.

Hay que detenerse, así y todo, en palabras que ayer pronunció Katz, en las que cuestionó el «procedimiento» de adhesión a Lavagna, pero no la candidatura del ex ministro.

Pero la segmentación en lavagnistas, «Margaritos» y pro K es engañosa: no es lineal ni permanente y está contaminada por debates sobre los actores, el modo y el destino de las opciones que se abren para la UCR. A continuación, los dilemas que aturden a los radicales:   

  • El rol de Alfonsín. En general con dolor, pero reconociendo que es una falla propia, los dirigentes admiten que una vez más, el pase mágico que puso en marcha a la UCR lo dio el ex presidente. Le reprochan, obstinados, el pacto de Olivos, haber apoyado a Horacio Massaccesi en 1995 y colocar a Luis Brandoni el año pasado en la provincia. Ahora, con Lavagna, ocurre lo mismo: el abracadabra de Alfonsín funcionó como una transfusión para un radicalismo en debacle que certifica que el ex presidente es el único que puede generar movimientos de alto impacto en el partido.   

  • El ADN político de Lavagna. «Es peronista», dice uno. «¿Y te parece que nos va a ir bien con un peronista?», le retruca otro, en charla de medianoche. «Capaz que nos va mejor que con otros radicales», bromea muy en serio. «Es desarrollista», aporta un tercero que se revela, contra todos los pronósticos, como «lavagnista desde hace tres años». Parece un chiste, pero lo dice sin reírse. ¿ Aceptarán los radicales, cuando comience a apagarse la euforia y Lavagna vuelva a ser Lavagna, ponerse bajo el mando de los ex duhaldistas que operan en el entorno del ex ministro? La respuesta es prematura porque ahora, los radicales están en su luna de miel.   

  • Los otros jefes. Pueden aceptar a Alfonsín, que les demuestra estar varios escalones por encima de todos, y digerir al « justicialista» Lavagna y sus escoltas ex duhaldistas, pero es más difícil que soporten que vuelvan los viejos jefes a, como tiempo atrás, erigirse en conductores del partido. Es un mensaje para Storani, pero sobre todo, para Moreau. Lo dicen así: «Este acuerdo es sólo para que 'Fredi' y Moreau puedan renovar como diputados o meter algún diputado». Se prepara más de un piquete contra el retorno de esos coroneles, y hay una posición amplia de admitir a Alfonsín, pero limitar o directamente bloquear el regreso de «los otros».
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