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Pero no necesita para eso expoliar impositivamente al extremo de estos días al sector productivo privado, que es el que le dará empleos genuinos. Es buena pero no imprescindible para gobernar la mayoría en ambas cámaras. Bill Clinton hizo una buena presidencia en Estados Unidos con minoría en ambas frente a los republicanos.
Tampoco para esos fines necesitaba degradar tanto a la Justicia, ni para tener fondos comprometer el futuro económico al mantener el «impuesto al cheque» -porque esto es ver sólo el presente-, ni subsidiar irrecuperables negocios como los ferrocarriles, ni copar tanta prensa, ni estatizar con pérdida de dinero al Correo, ni hacer dispendio en Southern Winds, ni tener taponados con fondos tantos precios y tarifas cuando sabe que el año que viene -cuando no habrá elecciones- tendrá que ajustar; ni comprometer sólo por la actualidad el futuro del país cuando «obras» como buscar gas en el mar y petróleo en todos lados son prioritarias y no se encararon porque no dan rédito electoral inmediato, ni cancelar con ligereza por efecto político créditos al Fondo Monetario al interés más bajo del mundo perjudicando financieramente al país, ni aumentar 25% en cuatro meses el gasto del Estado, ni incrementar salarios por decreto que deja a millones de trabajadores en negro sin cobertura asistencial alguna por imposibilidad de las pymes de pagarlos y además doblega a gobernadores a los recursos en oferta del Poder Ejecutivo para poder compensar en los sueldos de los empleados provinciales los aumentos otorgados con liviandad a los empleados nacionales que tienen muchos más beneficios laborales, de menor horario, de más sueldos y estabilidad de privilegio que los del sector privado, el realmente productivo. Ni caer en el revanchismo setentista donde al acentuar la acción sobre una barbarie deja como totalmente inocente a la otra y no fue así.
Ni llegar a priorizar en «los canjes» en listas a legislador absolutamente la fidelidad política -aunque sea importante para el gobernante-, sobre la calidad y la profesionalidad de las personas que ingresarán al próximo Congreso, desmereciéndolo aun más.
Néstor Kirchner tenía y está frente a un momento único del país para consolidarse por la particular coyuntura internacional. Aun admitiendo que la perversidad clientelista del duhaldismo, que buscaba condicionarlo como hace con Felipe Solá en la provincia, lo obliga permanentemente a procurarse su propia sustentación, no necesitaba enemistar a un sector de argentinos que probablemente no se sabrá su cantidad en las urnas de octubre frente al predominio del «voto pago fácil».
La crítica a su juego político exagerado encierra todo eso y no a las obras en sí.
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