Pocas veces alguien fue tan ostensible en un desaire durante una ceremonia pública. Pero Cristina Fernández de Kirchner no se privó de expresar su sentimiento.
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Cuando ingresó en el recinto de la Cámara de Diputados, besó a cada uno de los ministros del gabinete de Eduardo Duhalde. Hasta que llegó a Carlos Ruckauf, a quien omitió olímpicamente.
La enemistad nació hace tiempo, cuando Ruckauf presidía el Senado y la actual primera dama ocupaba una banca por Santa Cruz, como ahora. Las relaciones con el Presidente no mejoraron esa discordia: todo lo contrario, en las reuniones de gobernadores, Kirchner y Ruckauf (quien como se recuerda pasó fugazmente por la provincia de Buenos Aires) eran perro y gato.
El ex canciller pareció olvidar por un momento aquellos desencuentros y quedó con la sonrisa congelada y un beso arrojado al vacío. No era la pose más elegante para entrar en el mundo de los réprobos.
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