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Los codazos, zancadillas y otras vilezas son comprensibles y no sólo por el afán de lucro: también por el criterio que adoptó Duhalde para resolver estas nominaciones. Quiere que estas secretarías sirvan para conseguir lo que no alcanzó en el nivel de los ministerios, es decir, que el peronismo del interior asuma su gobierno como propio y se involucre en la gestión.
El primer beneficiario de esta lógica podría ser Néstor Kirchner. Podría haber sido jefe de Gabinete, tal como se lo ofreció el propio Duhalde, si no fuera porque su esposa, la decisiva Cristina Fernández, lo convenció a tiempo de que mejor sería no quedar asociado a una gestión presidencial cuyo «progresismo» no está del todo garantizado. En cambio, ubicar a un allegado en la Secretaría de Energía podría resultar menos rutilante, pero acaso menos riesgoso en términos ideológicos. Allí se lo ve, entonces, a Daniel Cameron negociando con las petroleras el formato que tendrá el «aporte» que se les viene reclamando (del pago de retenciones se pasó ahora a un adelanto de impuestos que estaría ligado a una reforma tributaria amplia para el sector). Cameron corre con la ventaja de la inercia: ya es secretario de Energía, designado por Adolfo Rodríguez Saá y se mueve con tanta seguridad en el área que parece haberla escriturado. Sin embargo, en las últimas horas apareció desafiado por un histórico del sector, el ex senador César Mac Karthy, quien ya ocupó la secretaría durante las postrimerías del menemismo. El ascenso de «Cuqui» Mac Karthy estuvo motivado en una razón previsible: díscolo como siempre, Kirchner, el padrino de Cameron, realizó declaraciones enojosas para Duhalde que hicieron peligrar la captura del área.
En Telecomunicaciones la guerra es más despiadada y tiene una significación política inusual. El Presidente resolverá, según cómo llene el casillero, la profundidad y consistencia de su entente con José Manuel de la Sota. El gobernador de Córdoba, quien también fue tentado con la Jefatura de Gabinete, prefirió -como Kirchner- minar el gobierno por su segunda línea. Por eso pretende ubicar por lo menos a uno de sus hombres en una secretaría codiciable. Para controlar el sector de comunicaciones postula a Mario Cipollatti. Con la designación quiere, además, cobrar venganza de Oscar González. Ex ministro de Gobierno de su administración cordobesa, González pasó a la secretaría «de los teléfonos» sin pedir siquiera permiso. Peor aún: le desmintió al gobernador -y, lo más grave, a su esposa Olga Riutort- que Rodríguez Saá estuviera por designarlo. Los De la Sota se enteraron de la asunción de González mirando televisión y después de que quien hasta ese momento había sido «propia tropa» los dejara plantados en una comida. Esta experiencia, inolvidable, es la que lleva ahora a De la Sota a querer exorcizar la Secretaría de Telecomunicaciones con otro cordobés, leal.
Sin embargo, las relaciones de Duhalde con De la Sota, se habrían deteriorado en los últimos días por razones insondables, por lo que el Presidente podría repetir la actitud de Rodríguez Saá, pero designando a un enemigo declarado del cordobés: Julio César Aráoz. Conocido como «Chiche», este peronista histórico está enfrentado desde hace años a De la Sota y especialmente a uno de sus operadores intermitentes, el «Colorado» Miguel Egea. Aráoz fue jefe de campaña de Duhalde en 1999, hasta que De la Sota recomendó al brasileño «Duda» Mendonça.
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