Néstor Kirchner rompió una vez más el cerco de seguridad que lo protege a la salida del tedeum ayer en la Catedral metropolitana. El Presidente se paró en su camino de vuelta a la Casa Rosada para saludar a las barras que ya colmaban en buena medida la Plaza de Mayo, aunque esta vez no se animó a saltar el cerco. Fue el final del momento más tenso del día para muchos funcionarios que esperaban escuchar la homilía del cardenal Jorge Bergoglio, único momento que podría haber estropeado -finalmente no lo hizo a pesar de las críticas que contenía- la fiesta organizada por el kirchnerismo.
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El día había comenzado con los saludos protocolares de costumbre en el Salón Blanco. De allí partió minutos antes de las 12 y cruzó la Plaza por avenida Rivadavia acompañado por su esposa, Daniel Scioli, Raúl Alfonsín y los ministros que lo seguían.
El resto siguió los pasos del protocolo clásico. Tras el homenaje de costumbre en la tumba del general San Martín, Kirchner y Cristina se ubicaron en los sillones de pana frente al altar. Detrás, el gobierno en pleno, incluso Ginés González García y, en otra fila de bancos, gobernadores e invitados especiales. En la compulsa por verificar las nuevas lealtades de radicales neokirchneristas no hubo sorpresas: el santiagueño Gerardo Zamora cumplió con su palabra de concurrir al tedeum y no al resto de los actos y Julio Cobos permaneció en Mendoza como había sido anunciado.
Por 25 minutos el Presidente y la primera dama escucharon la homilía del cardenal. Ambos permanecieron casi inmóviles, a no ser por Cristina que hacia la mitad de la ceremonia comenzó a jugar entre sus manos con la pequeña cartera que portaba, clásica señal de impaciencia. Scioli, sentado detrás junto a Karina Rabolini y Alfonsín estuvo a poco más de un metro, corredor de por medio, de Jorge Telerman, al que lo unió sólo un saludo protocolar.
Más atrás, Felisa Miceli, Nilda Garré, Julio De Vido, Alberto Fernández y Aníbal Fernández, no mostraban la misma paciencia que el matrimonio presidencial. Unos apelaban a caramelos y chicles e incluso hasta a un desodorante bucal de bolsillo para mejorar el aliento.
Felipe Solá no estuvo tan entretenido. Por culpa de uno de los granaderos de guardia tuvo cortada la visión del púlpito desde el que hablaba Bergoglio, lo que lo obligó a hacer malabares y hasta agacharse para poder seguir con la vista al cardenal.
Menos expuestos a las cámaras de televisión oficiales, que barrían la catedral desde el costado y con el clásico plano cenital, estuvieron detrás Estela de Carlotto, la titular de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora «Tati» Almeida (Hebe de Bonafini no concurrió porque consideró que «Bergoglio es un tipo que siempre estuvo con los asesinos, no me importa lo que diga», aunque después por primera vez compartió el escenario junto a Kirchner con Carlotto) y los dos sindicalistas fuertes del gobierno Hugo Moyano y José Luis Lingieri.
Ellos se codearon con el rabino Abraham Skorka, pertenece al templo de la calle Vidal donde Bergoglio suele cooficiar en Rosh HaShaná una ceremonia interreligiosa, y el rabino Dani Goldman, otro amigo de la «casa» que ha escrito literatura sobre pluralismo religioso con el vocero de Bergoglio, Guillermo Marcó.
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