Error de cálculo de Macri y sus padrinos

Política

Mauricio Macri comenzó a advertir algo tarde que la política es una tarea profesional, con algunas reglas invariables, como cualquier otro oficio. Como suele suceder, este tipo de enseñanzas la brinda la carencia. El modo en que el candidato a jefe de Gobierno de Buenos Aires organizó su oferta electoral parece obra de principiantes. Lo curioso es que no sólo Macri paga el costo. También llegó la cuenta a la casa de viejos leones, muy entrenados en las faenas electorales.

La culpa puede ser de cierta lentitud de Raúl Carignano o de Juan Pablo Schiavi o de la excesiva rapidez de Jorge Argüello. A esta altura importa poco. Lo cierto es que, al haber prodigado su lista entre tantos grupos políticos, el «macrismo» quedó convertido en un mosaico heterogéneo, con consecuencias en el manejo de la Legislatura, si es que la fórmula de Macri con Horacio Rodríguez Larreta se impone el próximo 14 de setiembre. Pero mirar este problema es ir demasiado lejos. Habrá efectos más inmediatos de estas impericias.

• Enseñanza

Como seguramente Rubén «Buscapié» Cardoso le habrá enseñado a Carignano en alguna oportunidad (tal vez cuando le transfirió la embajada en Paraguay), «las elecciones no se ganan juntando votos sino contando votos». Y para esta tarea se requiere de fiscales, que aportan generalmente los partidos políticos. Tal vez sea éste el principal problema que hoy puede hacer Jorge Argüello peligrar la campaña de Macri, que desde el punto de vista del proselitismo puede ser calificada como sobresaliente (sobre todo si se la compara con la de Aníbal Ibarra, sometida al vendaval de la crisis desatada en su entorno).

Una composición errónea de las candidaturas con las que el presidente de Boca se presentó en las elecciones legislativas del domingo pasado dejó marginados a los principales caudillos que auspiciaban su marcha. En efecto: Miguel Angel Toma, Juan Carlos Mazzón, los sindicalistas Héctor Valle, Roberto Digón o el «Centauro» Andrés Rodríguez acompañaron a Macri sin por eso ubicar en la Legislatura a uno solo de sus ahijados. Insólito: hasta Felipe Solá dio su apoyo, con riesgo de enemistarse con Néstor Kirchner, y ni siquiera él logró ubicar a su epígono porteño, Julio Balbi. Toma apenas consiguió posicionar a Diego Santilli, si es que la vinculación entre ellos todavía se mantiene. Pero Mazzón, quien soportó, estoico, que Carlos Zanini, Sergio Acevedo y, sobre todo, Alberto Fernández, lo «ningunearan» en la Casa Rosada por su herejía macrista, no pudo ubicar a su hijo Mauricio entre los elegidos. Quedó en la puerta de la Legislatura, con el número 11 en la espalda. Lo mismo le sucedió a Digón con su esposa, Silvia Gotero. O a Valle con su hijo Fabián (como se puede advertir, el nepotismo no es condición exclusiva de los clanes de provincia). ¿Qué ganó Andrés Rodríguez haciendo campaña y organizando comidas para Macri si ni siquiera pudo convertir a Carlos Arias en diputado?

• Experiencia

A diferencia de estos infortunios de la lista oficial, otros aspirantes con menos estructura, experiencia y -tal vez-dinero, consiguieron armar un bloque propio en la Legislatura gracias a que llevaron a Macri en la marquesina de su boleta. Es el caso de Jorge Mercado (lo que se perdió el viejo Concejo Deliberante al no tenerlo entre los suyos) o de Santiago de Estrada. Argüello demostró que no se está en vano en el sistema de poder porteño durante dos décadas. El se aseguró un lugar allí donde pudo y hasta consiguió una banca para Elio Rebot en una lista muleto.

La dispersión fue tolerada en homenaje a conseguir votos de distintos afluentes. Con un error de campaña visible: el macrismo no tuvo una lista principal, que fuera eje de su marketing político. De allí que los principales caudillos que apoyaban la candidatura de Macri hayan quedado fuera de la Legislatura. Es posible que de este modo Compromiso para el Cambio haya conseguido más sufragios, pero no se aseguró para la segunda vuelta la lealtad del aparato de los partidos y sindicatos que contribuyeron en el primer turno. Aquí estuvo la imprevisión.

Ahora Macri se enfrenta a un doble aparato político. El del alcalde Ibarra, capaz de utilizar el servicio de logística oficial para hacer pintar durante la madrugada los carteles que pueden objetar a su administración por la presunta contratación de ñoquis. Y el de Néstor Kirchner, quien se ufanó de estar a un paso de «imponer nuestro proyecto político» (frase incomprensible en alguien que presume de ser uno más entre la gente común). Este desafío vuelve más imprescindible, para el presidente de Boca, el apoyo de aquellas estructuras capaces de proveerle fiscalización en la segunda vuelta. Sobre todo porque, a diferencia de la primera, no habrá quién controle los votos por él si no consigue ubicar a un custodio en cada mesa.

No es un problema insoluble. Ibarra se ganó tanta antipatía en la Ciudad, que es posible que en estas horas haya una fila de punteros, peronistas y radicales, ofreciendo sus servicios de fiscalización a Macri.

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