¿A quién creerle? Para Saúl Ubaldini era un sentimiento opuesto a la mentira. Para Discépolo, en cambio, como era menos sensible que el líder sindical -aunque pionero en la interpretación del marketing político-, afirmaba que quien no lo hacía «no mama». Con seguridad, no hablaban de lágrimas muy diferentes.
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Ayer, Cristina de Kirchner se sumó a la clase de políticos que han llorado en público. Fue en la embajada argentina en Roma, cuando pidió perdón a un grupo de representantes de derechos humanos, en nombre de todos los argentinos y del Estado nacional, por no haber emprendido antes el juzgamiento de quienes violaron los derechos humanos durante el gobierno militar. Mientras lo hacía, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas y, de inmediato, terminó con su mensaje: «Me cuesta mucho seguir hablando». Incorporado no hace mucho al lenguaje coloquial, el verbo «quebrarse» comparte ese territorio ambiguo en el que suelen mezclarse la referencia a lo auténticamente emocional con la del reconocimiento de una culpa. Lo saben los expertos en semiología (y Cristina desespera por integrarse a esa especialidad): ningún llanto de político es inocente, aunque lo sea. Lloró Hillary Clinton un día antes de las primarias del estado de New Hampshire, y tal vez esas lágrimas le reportaron un puñado más de boletas.
Lloró Eduardo Duhalde, en cámara, cuando Hernán López Echagüe publicó su biografía política no autorizada, «El otro». Y rodeado por su familia, desde ya, otro recurrido recurso de imagen. Por los mofletes de Domingo Cavallo corrieron también lágrimas históricas: los empobrecidos jubilados le hacían recordar a sus padres, y no logró mantener la compostura delante de la llorada Norma Plá. En el programa de Susana Giménez, donde todo es alegría, Palito Ortega mostró su rostro desencajado y lloroso cuando tuvo que desmentir la desagradable acusación de la coima en el Senado.
Del otro lado del Río de la Plata, el ex presidente uruguayo Jorge Batlle también lagrimeó cuando supo que un micrófono indiscreto, que tradujo con fidelidad su leal saber y entender sobre los vicios argentinos, lo puso al descubierto. Para disculparse, y declarar que no pensaba lo que realmente pensaba, las palabras no bastaban. Allí aparecieron las lágrimas como plusvalía de sinceridad.
Sin embargo, tal vez pueda encontrarse un caso que trasciende la habitual suspicacia política. Elisa Carrió, cuya tendencia al moqueo podría equipararla pronto a Mirtha Legrand, lloró el domingo por la noche en el programa de Mariano Grondona.
Vertió lágrimas por la paz y pidió por la no violencia de los productores agropecuarios en el conflicto con el gobierno. Y terminó emocionada de una manera rotunda, plena, casi garciamarquiana. Aseguró que Néstor Kirchner era un ser demoníaco.
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