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29 de abril 2003 - 00:00

Estrategia con peor candidato + candidato con peor estrategia = una nación dramática

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Importa que la desafortunada gestión De la Rúa y la interrupción de su período presidencial generaron por «primera vez» -pero grave- un hecho inédito en el país: se unió un poderoso «aparato partidario» populista con fondos públicos para usar a su antojo. Sucedió en 1946 con Juan Perón, pero, al menos, tenía fondos genuinos como las reservas récord en oro acumuladas por las ventas de granos en la Segunda Guerra Mundial. Aguantó 4 años.

Pero nunca sucedió que un populismo llegara al gobierno en un país quebrado. Es cierto que arribó por la ventana, como fue la designación de Eduardo Duhalde por decisión de un Congreso muy especial. Tan especial como para aplaudir de pie que decidiéramos no pagar a los acreedores externos.

Así, en el poder, el duhaldismo tiene los ambicionados fondos públicos a mano para casar con su «aparato». Suma la inmoralidad de falsear un artificial período de bonanza, por lo menos hasta los comicios, que pueda darle el 18 de mayo un presidente propio y mostrarle recién después el real drama de país que tendrán de aquí en adelante los argentinos. Hay todavía chance de no caer en un «duhaldismo constitucional» que, como tal, deberá ser respetado, aunque, si se da el caso, lo más probable es que sea con Daniel Scioli que con un Néstor Kirchner, con quien hoy por hoy acreedores del exterior y organismos internacionales consideran imposible una negociación medianamente seria.

La otra variante posible a Scioli es la que ya esbozó el presidente Duhalde en diálogos previos a los comicios: mantener a Kirchner -obviamente, si ganara la difícil segunda vuelta-, pero el verdadero poder (qué leyes aplica, qué ministros, embajadores designa, qué acuerdos firma, etc.) en realidad estaría en el Congreso; en definitiva, el poder de la Nación estaría en manos de los «aparatos» que digitarán las candidaturas a legisladores. Esos aparatos, desde ya, coordinados por el propio Eduardo Duhalde.

Este plan para «gobernar con Kirchner», en las estrategias duhaldistas, tiene dos problemas. Uno es que se pudo postergar un nuevo estallido del país con los ajustes hasta el 26 de mayo. Pero será severo el sector externo, la caída de reservas, los embargos internacionales, el accionar de acreedores, como para llevar la actual bonanza artificial de la Argentina hasta el momento de la elección de legisladores y varias elecciones provinciales. Consagrado eventualmente Kirchner, se puede convocar casi de inmediato a elecciones parlamentarias preestallido. Si no se llega a tiempo, queda la variante Scioli.

El otro problema es que la izquierda -hoy alegremente festiva contra Menem-, frente a un desplazamiento del santacruceño, puede reaccionar contra Duhalde, porque un gobierno de «aparatos políticos» es decididamente fascismo.

Bien mirado, en el fondo, se está intentando una nueva «alianza», donde el Kirchner de hoy sería el Fernando de la Rúa de ayer. Que sólo represente el poder.

Es dramático que con fondos públicos más manipulación de situaciones desde el gobierno se pudiera engendrar un presidente. Para Duhalde no importaba su ideología. Primero intentó con figuras del centroderecha, como Carlos Reutemann o José Manuel de la Sota. Como falló allí, no le vino mal un ambicioso y casi desconocido gobernador santacruceño de centroizquierda como Néstor Kirchner.

Duhalde, hoy feliz porque con dinero y «aparato» (armado también con fondos públicos cuando era gobernador) puede ubicar por lo menos segundo con derecho a opción al candidato que se le ocurra. Sólo debe lamentarse, si cualquier candidato igual le servía, no haber designado a su esposa Chiche Duhalde, porque, en este caso, hasta podría haber ganado el primer lugar para un ballottage.

Lo otro grave, que surge de este domingo, es que Duhalde tuvo siempre una estrategia. Será criticable por anti-democrática (por haber impedido la elección interna partidaria), por engañadora al basarla en haber postergado los problemas graves del país y su estallido hasta después de que se votara. Criticable también que diluvió subsidios, que desalentó el trabajo, que sobornó a encuestadores, que pagó medios de difusión, que presionó sistemáticamente a gobernadores. Todo lo que se quiera criticarle, pero tuvo una estrategia definida aplicable a un candidato que pudo ser Néstor Kirchner o cualquiera.

En el otro lado de ese clientismo populista hoy en el gobierno hubo un buen candidato del cual siempre se supo hacia dónde iría, que no tenía dineros públicos para manejar y pocos aportes privados para su difusión, con un «aparato» mínimo, sin gimnasia ni ejecutividad de gobierno decisiva, con fuerte prensa crítica en contra. Así se presentó Carlos Menem, pero absolutamente sin ninguna estrategia. Se equivocó -o lo hicieron equivocar- en casi todo, aunque buena parte, es cierto, fue culpa de su propia autosuficiencia.

Es verdad que la opción moderada es Menem o el aquelarre duhaldekirchneriano. Pero hay un poco de rencor hacia el riojano en cuanto a que desperdició muchas de las esperanzas y esfuerzos puestos en él.

Desde que se lo «suponía» futuro presidente, fue rodeado de quienes, buscándose una ubicación o reubicación a futuro, le ofrecían todo menos lo que necesitaba: un acto con 600 personas en Entre Ríos, otro con 3.000 en el Tigre, un tercero con 6.000 personas en La Matanza, un cuarto, un quinto, un sexto... Hasta un «estadio de River», donde duplicó la concurrencia que había logrado Néstor Kirchner, pero terminó aventajándolo sólo por 2 puntos. ¿De qué le sirvió?

Carente de una estrategia electoral, centró 90% de su esfuerzo para el mismo público votante que ya estaba con él desde el momento en que formalizó su postulación, como lo prueba que estaba primero en encuestas en diciembre y primero terminó. Pero crecieron sus rivales esforzándose por ganar votos -enviando buenos mensajes, buenos spots televisivos, hasta comprando votos y lubricando los «aparatos»-, mientras Menem se quedó.








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