Incómodo, forzado, Néstor Kirchner le abrirá mañana la Casa Rosada a Mauricio Macri. Pocas horas después de presentar una nota de pedido de audiencia, el jefe de Gobierno electo recibió un llamado desde Balcarce 50 que le confirmó el encuentro para las 18.
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Días antes del ballottage, presuroso, Macri comentó que trataría de verse con Kirchner para hablar sobre la autonomía porteña.
Luego, en reserva, el Presidente dejó trascender su voluntad de dialogar. Pero con los números calientes del ballottage, el ánimo se espesó. Ayer al mediodía, Kirchner, su esposa Cristina y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, analizaron el impacto del domingo negro y evaluaron cómo, cuándo y en qué condiciones recibiría a Macri que, temprano, le pidió una audiencia a través de la prensa. Hasta le mandó una carta.
«Era inevitable que reciba (a Macri)», explicaban, anoche, desde el gobierno. «Aunque sea meramente formal, es una buena señal porque empezamos con buen pie porque establecemos un diálogo», confió, del otro lado, uno de los principales operadores del macrismo.
Existió una pulseada subrepticia y brutal en la que, rápidamente, el gobierno aflojó la mano. Aun a desgano, Kirchner decidió recibir a Macri a pesar de que, desde que es presidente, fue mezquino en el reconocimiento formal a sus opositores.
Nunca, por caso, la UCR logró sentar a un jefe partidario con el Presidente. Más de una vez, desde la cúpula del radicalismo hubo pedidos de contacto con la Casa Rosada. Jamás pasaron de un diálogo telefónico con el jefe de Gabinete, Alberto Fernández.
Sobrevolaban, sin embargo, interrogantes sobre el temario y el formato de la cumbre. En principio, el encuentro sería mano a mano, pero no se descartaba que se sumen ministros.
Un poco en broma un poco en serio, recordando las críticas feroces de Alberto y Aníbal Fernández, desde la Casa Rosada toreaban a Macri con un comentario: «Aunque no le guste, va a tener que verse con los Fernández».
La cumbre Kirchner-Macri fue confirmada, ayer, por fuentes oficiales y fue la única reacción pública -sin computar unas pocas frases estridentes del Presidente- desde el gobierno tras la doble derrota del domingo pasado, en paralelo en la Capital y en Tierra del Fuego.
El mal humor presidencial tuvo, ayer, otro capítulo. En un acto de anuncio de obras para La Matanza, Kirchner se ofendió con la prensa a la que acusó de «esquizofrénica». «(Me) quieren hacer perder de cualquier manera», se enojó, a los gritos, el mandatario.
«Esta mañana leía la esquizofrenia de algunos periodistas importantes, que cuando voy a algún lado, hablo de política y hay elecciones, dicen que no hay que ir porque es una elección provincial y así el Presidente nacionaliza la elección», disparó Kirchner. Y agregó: «Si no voy y el resultado es adverso, dicen que la elección fue nacional y perdió el Presidente».
El patagónico quiso ocultar lo obvio. Tanto en la Capital como en Tierra del Fuego, sus candidatos fueron derrotados, y esas derrotas repercutieron sobre su propia figura.
Lejos de esa interpretación, en el gobierno insistían ayer con «destacar» la elección de la Capital Federal con un argumento resbaloso: los 40 puntos de Daniel Filmus son un caudal valioso para la presidencial de octubre.
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