Y el culebrón de Rafael Bielsa culminó ayer -se supone- con otro cambio repentino: decidió rechazar la embajada en París que le había obsequiado Néstor Kirchner, luego de aceptarla, para regresar a la banca de diputado a la cual había renunciado (aunque no llegó a tratarse la dimisión en la Cámara), cuyo asiento estaba probando el locutor Claudio Morgado, su frustrado heredero, a quien anoche nadie podía recuperarlo de la depresión. Todo sucedió en menos de 24 horas, con largas parrafadas y explicaciones para justificar primero una determinación y, luego, la otra. Pasó de la obediencia y la «militancia» al «tenía yo razón frente a lo que quería el Presidente». Demasiada volatilidad para un alto funcionario, falta casi de sensatez -o exceso de apresuramiento- en el propio gobierno. Alegaba anoche el ex canciller, casi como un caballero, que no pudo soportar el reproche callejero de quienes lo votaron y abandonaba, que no resistió inclusive su propia burla al «compromiso moral» del mandato de la última elección y, también, a la presión familiar que no lo dejó dormir una noche («agonía», calificó como un vate). Por no hablar, claro, de cómo ciertas críticas afectaron su ego, el bien más preciado. Pero también se discutía anoche si la renuncia oral y pública a la banca no es ya una renuncia efectiva y no tiene marcha atrás.
Otra impudicia
de la política
ayer. Veinticuatro
horas
después del
nombramiento
de Rafael
Bielsa como
embajador en
Francia, el ex
canciller
anunció que
desistía de ese
nombramiento y
asumía como
diputado. Lo de
Bielsa hizo
acordar mucho
aunque con
diferencias- a la
renuncia de
Chacho Alvarez.
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La presión familiar y, según dijo, las críticas callejeras empujaron a Bielsa a desandar sus pasos. Con eso, el oficialismo pateó el episodio lejos de su territorio. Es una regla que lleva el sello K: los anuncios positivos se hacen desde la Casa Rosada; los tropiezos se comentan desde el llano.
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