13 de febrero 2003 - 00:00

Hay dos peronismos pero uno es inviable

Más allá de la poco feliz frase de Néstor Kirchner sobre volver a estatizar los ferrocarriles argentinos se ocultan dos hechos importantes. Uno es cierta incultura histórica del candidato del gobierno, porque hasta el mismo peronismo criticó aquella estatización de 1947, casi desde el mismo día que se concretó, cuando menos por el precio pagado. Lo segundo es que la frase aclara como ninguna la actual separación entre dos diferentes formas de sentirse «peronista» o inclinarse, sin serlo, por esa expresión política.

«Fundamentalmente tenemos formas diferentes y opuestas de sentir al peronismo»,
repite siempre Eduardo Duhalde en referencia a Carlos Menem. Es de las escasas apreciaciones que dice con la certeza de haberlas meditado bien. Allí Duhalde tiene razón.

En el origen mismo del movimiento peronista, exactamente a partir de cuando irrumpe en la vida política argentina al ganar su fundador la presidencia de la Nación en 1946, se suceden dos formas de gobernar en una misma gestión. El punto exacto de ruptura o inflexión, si se quiere, es 1950, cuando el presidente Perón rota su postura como gobernante del país y envía a su ministro de Hacienda, Ramón Cereijo, a Estados Unidos a requerir la primera ayuda del Fondo Monetario Internacional.

Una primera etapa de aquel peronismo es la del coronel Juan Perón en sus primeros 4 años, desde 1946 hasta 1950. Otra es la del ya autoascendido a general Juan Perón, desde 1950 hasta 1955, en que es derrocado por un golpe militar.

Dejemos de lado las actuales simplezas que se transmiten por los medios de difusión sobre el enfrentamiento Duhalde-Menem. Con más profundidad de análisis histórico se dijo siempre que así como el radicalismo significó la llegada de la clase media al poder con Hipólito Yrigoyen, el ascenso de la clase obrera al mando de la Nación ocurrió con Juan Perón y su peronismo en 1946.

Es una explicación aceptable aunque localista, porque no encuadra con la filosofía de la historia universal en cuanto a la evolución y arribo de las masas al poder político. No ya a partir de dejar atrás las monarquías con el poder concentrado por herencia y en cortesanos. Más cerca pero tampoco concuerda con el siglo XVIII, cuando al surgir la «era industrial», a partir del invento de la máquina a vapor, surge la «clase obrera» de los primeros talleres y los gobiernos democráticos por el voto de mayorías, obreros y no obreros.

• Nueva elite

Tampoco encuadra esa catalogación, tan argentina, en el posterior lanzamiento de «proletarios del mundo uníos» en 1848 (Carlos Marx), que ya hasta el siglo pasado demandó 150 años de pujas sociales y trajo países comunistas en una cantidad representativa hasta 1989, cuando ya hoy son excepcionales. En ellos se terminó con una clase proletaria destruyendo a la clase media para caer en una clase pareja abajo, pero con otras elites surgidas del partido único, la «nomenklatura», como únicos privilegiados y real clase «alta».

En la Argentina, tradicional con formas propias de análisis histórico, la irrupción del peronismo al poder en 1946, interpretado como «clase obrera al poder», no significó, en absoluto, terminar con la clase media -que se robusteció y agrandó-. Creó elites gobernantes tipo «nomenklatura» atemperada, pero breves y efímeras -el mismo Perón, fundador, no duró mas de 9 años seguidos en el poder para ser sucedido por lo opuesto al movimiento-, dispersó pero no eliminó las clases altas haciendo surgir otras formas nuevas, por caso, el empresariado industrial prebendario del Estado, los sindicalistas enriquecidos. Revolvió, digamos, las clases sociales pero no suprimió ninguna.

Por algo el marxismo en la Argentina, desde 1946 hasta ahora, nunca lo quiso, se opuso, lo enfrentó y hasta lo atacó con guerrillas al peronismo por considerarlo -en realidad lo es- un juego perverso autóctono de las burguesías tradicionales de aquí iguales a las de todos los países, desde mediano desarrollo hacia arriba, con el agravante de que ellas se mantienen y avanzan por el crecimiento, y aquí por el distribucionismo.

• Reminiscencias fascistas

A este revoltijo, tan argentino, de clases se suman idiosincrasias más nativas aún, pero con reminiscencias del fascismo italiano: se torna irresistible para el político que se encumbra ser demagogo, buscar el clamor de las masas, distribuir hasta lo que no se tiene como correlato de las corrupciones generalizadas. Esto dentro de la concepción tan bien definida como «roba pero salpica». Lo único que lo traba es si tiene fondos públicos disponibles para hacerlo o no.

Todos los gobiernos militares, desde 1930, que alteraron la democracia argentina tuvieron cúpulas uniformadas con tendencias populistas, aunque terminaron siendo liberales para administrar. Pero no liberales por vocación sino por necesidad: daban sus golpes de Estado a gobiernos civiles electos ya asfixiados porque también administraban demagógicamente. Los militares no encontraban nada para repartir y tenían que volverse austeros. Ayudaban a rearmar la riqueza pública en períodos de fuerte impopularidad. Cuando querían usufructuar lo atesorado ya vencía su tiempo y el reparto lo hacían otros civiles surgidos de los comicios que obligados convocaban. Y se repetía el ciclo.

Juan Perón fue un militar enormemente inteligente, carismático además, que tuvo la suerte de llegar tras un golpe de Estado que al momento de ser electo le había dejado inmensa riqueza acumulada durante 6 años de guerra mundial. En ese período, buena parte de la Europa devastada comía de la producción argentina, y ésta no podía importar nada de allí con sus industrias volcadas al esfuerzo bélico. Por tanto acumuló divisas.

Ahí surge el primer peronismo, el que le gusta a Eduardo Duhalde y ahora a su presunto heredero Néstor Kirchner. Es el Perón que repartía bicicletas, hasta inventaba «el aguinaldo», que compraba miles de pertrechos bélicos de los ejércitos aliados y los traía al país, el que creaba «derechos» laborales y «estatutos» todos los meses, el que les daba al entorno del gobernante y a sus colegas militares un dólar especial barato a $ 18 para que importaran lujosos autos, que era el único importador de papel para diarios y lo adjudicaba a la prensa «según grado de adhesión» si es que no la había ya nacionalizado, el que creó instituciones estatizantes como el IAPI y aglutinó en el Estado las exportaciones e importaciones (algo que propone hacer ahora el candidato Aldo Rico en la provincia de Buenos Aires), el que permitía miles de obras de Eva Duarte, ciudades «infantiles», obras públicas, las primeras fabricaciones de autos... y hasta nacionalizar los ferrocarriles, algo que ahora subyuga a Néstor Kirchner.

Todo con tal cantidad de reservas... hasta que se acabaron, se malgastaron porque no se alentaron las industrias de base (acero por caso) para pasar a consumir directamente chapa importada para la industria liviana instalada. El Perón que quiere Duhalde es ése... hasta 1950.

El que quiere el peronismo de Carlos Menem es el otro. El Perón que va a pedir con Cereijo una ayuda al Fondo. El que para cumplir compromisos externos de exportación para pagar la ayuda obliga a los argentinos a comer pan negro de centeno para no frenar las ventas de trigo y recomponer las reservas dilapidadas. El que tira al demonio todos sus nacionalismos y arregla con la California Standard Oil norteamericana la explotación intensiva del petróleo argentino para no importarlo teniéndolo yacente en el subsuelo.

El peronismo que quiere Duhalde es imposible ya desde 1950. Su «renovación» es, entonces, aunque la haga con jóvenes, volver a 1946-1950 o sea una ret rogradación, además utópica.

Lo que aquel primer Perón recibió acumulado, contante y sonante en el Banco Central, el duhaldismo, para usarlo en parecido distribucionismo populista, lo quiere extraer de extenuados presupuestos públicos y así le fue: quebró el Banco y a la provincia de Buenos Aires, y por auxiliar a ese Estado provincial cayó el país en la peor crisis económica de su historia. Ya en medio de tal crisis no encontró otra manera de ejecutar su distribucionismo no pagando deudas externas contraídas, algo que jamás se le ocurrió hacer al fundador del movimiento político en el que milita. Sin la inteligencia de Juan Perón no supo frenar y cambiar a tiempo. Durante sus 13 meses de presidente designado y no electo siguió con el mismo populismo distribucionista de lo que ya no hay. En lugar de aferrarse a cumplir los compromisos externos -como Juan Perón en 1946 y como Lula Da Silva en Brasil en estos días- siguió gastando desde el Estado o tirando todos los escombros tras el cerco del 25 de mayo próximo al presidente que asuma.

• Reconstrucción


El menemismo, en cambio, sabe que le tocará la dolorosa tarea de reconstituir como el segundo Perón de los años '50. Pero lo sabe bien ahora porque al asumir en 1989 todavía se las arregló para ser parecido al primer peronismo de 1946. No tenía millones de divisas acumuladas esperándolo, como a Juan Perón, pero logró algo parecido con la venta de las empresas públicas, caóticas en manos del Estado pero valiosas. Por eso entonces todavía no habían surgido los dos peronismos que ahora se manifiestan. Néstor Kirchner, a su vez, no sabe que no hay ni con qué pagar los durmientes de quebracho de las vías ferroviarias, no digamos los rieles, los equipos rodantes y de tracción, de lo que propone estatizar. Tampoco debe saber que al momento de privatizarlos los ferrocarriles perdían un millón de dólares por día, inclusive sábados y domingos.

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