Luis Barrionuevo fue blanco de moyanistas temerosos, mientras en CGT hacen balance de heridos y molestos por forzada unidad.
Incómodo, tocado, el moyanismo embistió ayer contra el gastronómico Luis Barrionuevo por su decisión de conformar una CGT paralela a la que proclamó, anteayer en el estadio de Obras Sanitarias, al camionero Hugo Moyano como jefe por otros cuatro años.
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Palabras de ocasión, confesión del malestar, en boca de un sindicalista locuaz de palabra sin filtro: el judicial Julio Piumato que, para tratar de hacer méritos con la Casa Rosada, se dedicó a castigar a Barrionuevo con argumentos pocos ocurrentes y nada novedosos.
Lo de Piumato revela, de todos modos, la preocupación que reina en el moyanismo por la secesión de Barrionuevo y sus 50 gremios aliados. Pero, además, trata de montar un operativo de distracción para que la mirada no se pose sobre los costos del pacto salarial.
Ayer, por caso, Piumato acusó a Barrionuevo de ser un «resabio del menemismo» como si otros dirigentes que le pusieron los votos para que sea reelecto como secretario de Derechos Humanos no hayan sido, pocos años atrás, fervientes defensores de las gestiones del riojano.
En algún punto, la irrupción de Barrionuevo desvía la atención sobre la interna del moyanismo y los movimientos, todos críticos, que se producen en otros campamentos sindicales como producto del acuerdo con fórceps que permitió la reelección del camionero.
A continuación, los datos más relevantes de ese clima de crispación interna:
Como ayer contó este diario, la no inclusión de José Luis Lingieri (Obras Sanitarias) en el consejo directivo supone la reacción más fuerte, producto del enojo, en el universo moyanista. A Lingieri Moyano le había prometido bajo juramento que defendería su lugar como secretario adjunto, pero al final, el camionero, lo «sacrificó» para evitar una confrontación. Por eso, Lingieri se bajó de la secretaría administrativa, aunque su malestar no llegó tan lejos como para desechar un cargo para su gremio que finalmente colocó a Carlos Ríos, su adjunto. Lo de Lingieri traerá cola porque era, hasta hace unos meses, uno de los «líberos» que se movía en línea con Rodríguez (UPCN) y Martínez (UOCRA), pero dejó ese grupo para moyanizarse y terminó pagando el precio de su traición.
Otro ambiente áspero, poselección, es el de la UOM. Allí no le perdonan a Antonio Caló que haya operado contra la intención de los metalúrgicos de ir a pelear la jefatura de la CGT. Dicen que Caló actuó así porque ese lugar, en caso de ganarlo, no podría ocuparlo él mismo: una regla histórica de la UOM fija que quien comanda el secretario nacional no puede ser el titular de la CGT. Por ese motivo, Caló no podía ser el sucesor de Moyano. La ubicación de Juan Belén, un veterano dirigente, apuntó a apagar las disidencias, pero en octubre, cuando se defina la mesa de conducción nacional, puede haber malas noticias para Caló.
Otro que entró con desgano fue Carlos West Ocampo (Sanidad), quien se autoapartó de la conducción y dejó como su delegado a Héctor Daer, hermano de Rodolfo, ex titular de la CGT y actual jefe del gremio de la Alimentación de la Capital. «Carlín» aceptó volver únicamente para no quedar solo, fuera de la CGT, o terminar abrazado a Barrionuevo, a quien todavía le factura que en 2005 avaló el unicato del camionero que dejó fuera de la CGT a Susana Rueda. En el moyanismo le reconocen a West que puso en su lugar a un dirigente «joven», algo que no ocurrió con otros «gordos», a los que se presenta como dirigentes históricos, todo un eufemismo.
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