Néstor Kirchner creyó descubrir un golpe de Estado donde había hasta funcionarios suyos como Eduardo Di Cola. También Horacio Jaunarena y Enrique Nosiglia.
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Lo de la humillación de los ministros ya se consiguió: tanto el de Defensa, que fue a intervenir una reunión cuya inocencia conocía de sobra, como Aníbal Fernández, quien ayer anticipaba que el gobierno iba a actuar para impedir los golpes de Estado, quedaron en ridículo al confundir una conspiración con una celebración rutinaria y pública.
La actitud de Pampuro fue curiosa, tratándose de alguien que había descubierto un complot en contra de su gobierno: se abrazó con varios de los golpistas y terminó comiendo locro con ellos, sentado en una de las mesas donde había lugares libres. «Había tantos amigos...», explicó ayer, hablando por radio. Con él estaba el general Mario Chretién, subjefe del Ejército, que había abandonado otra comida para asistir al ministro en sus investigaciones. Por no poner en evidencia el patetismo de la diligencia que estaban realizando, Chretién le ocultó a Pampuro que la lista de los invitados a esa reunión les había sido entregada a las autoridades del Ejército 10 días antes de su realización. Y que tanto el jefe de la fuerza, Roberto Bendini, como él mismo, en calidad de subjefe, habían sido convidados.
Es posible que también el ministro supiera algunas obviedades y no se atreviera a contárselas a Kirchner, para no irritarlo con contradicciones, dejándolo en una pose incómoda. Por ejemplo, que esas reuniones se vienen realizando desde hace por lo menos 8 años, a instancias de los integrantes de la promoción de colegio a la que pertenece el general Bossi. La modalidad de los encuentros fue siempre la misma: participa un elenco estable, el de los compañeros de formación, y cada uno puede invitar a un par de amigos. Esto explica por qué entre los participantes de la comida había muchos que no se conocían entre sí. En algunas ocasiones, como ésta del jueves pasado, la celebración se realiza en las instalaciones de Patricios. Como otras dependencias militares, este regimiento alquila sus salones para fiestas. Casi patético.
Sobre la comedia de los hechos se montó la comedia del relato, con la cobertura que le dio el diario «Página/12» al episodio. El periodista, directivo de una ONG dedicada a los derechos humanos y asesor presidencial Horacio Verbitsky, podría haber ayudado a Kirchner disimulando un hecho que no habla bien de su inteligencia (entendida ésta como facultad personal y como actividad del Estado, al mismo tiempo). Pero Verbitsky decidió asociarse al desatino de sus amigos: publicó una larga nota en la que adhirió a la teoría de la conspiración y mencionó a personas que no asistieron a la comida. El general Francisco Goris, por ejemplo, o el coronel Gustavo Gorriz o el ex banquero Emilio Cárdenas, quien estaba en Michigan mientras él lo imaginaba comiendo locro en Palermo. El cronista, lleno de candor, fue llevado seguramente a la confusión por los listados que estaban en poder del gobierno ( recuérdese que la nómina estaba en poder del Ejército desde hacía 10 días). No es la primera vez que Verbitsky se arrebata creyendo haber dado con lo que hace años viene buscando. Ya le ocurrió cuando quiso que los fondos que se habrían repartido en el Senado para solventar la reforma laboral de 2000 habían pasado por una imaginaria cuenta neoyorquina de una funcionaria radical. También creyó ver fotos de un campo de concentración de la dictadura en las que registraban un entrenamientomilitar posterior a 1983. Este fin de semana le volvió a ocurrir: vio -como Kirchner-un intento de golpe de Estado en una comida más inofensiva que un casamiento. «Noche de perros», la llamó e hizo bien, por esto de las alucinaciones en las que ingresa de tanto en tanto. Con este tipo de manejo de la información, queda claro por qué a los montoneros les fue como les fue en la década del '70, cuando lo tenían a Verbitsky como personal de inteligencia.
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