Injustificable que el gobierno que alardea de ejercer plenamente el poder demore tanto en organizar las estructuras del Estado. Comprensible si detrás de las palabras bulle el internismo de sectores enfrentados por dominarse entre sí. Néstor Kirchner dedicó los primeros meses de su gestión a vaciar la cartera de Roberto Lavagna (Economía) en beneficio de la de Julio De Vido (Obras Públicas). Ahora, por el vaciamiento de Carlos Tomada (Trabajo) en beneficio de su hermana (Acción Social) y de Lavagna. La puerta giratoria se repite en la administración porteña de Aníbal Ibarra, que superpuso tantos pactos con peronistas, radicales, aristas, izquierdistas y transversales que lleva dos meses del segundo mandato y no termina aún de cubrir las grillas de un gobierno que lleva ya varios años.
Discreta, elocuente sólo en el límite de lo imprescindible, con un despliegue mediático más que moderado, Alicia Kirchner debe ser observada como la depositaria del corazón del proyecto político del grupo que hoy gobierna la Argentina. Por eso no se irritó Carlos Tomada, el ministro de Trabajo, cuando le comunicaron que debería ceder la Secretaría de Empleo de su cartera en beneficio de Acción Social. Allí se asignan los planes Jefas y Jefes de Hogar, que son el nervio político de la relación entre la Casa Rosada y las provincias y municipios. No hace falta aclarar el capital político que supone administrar esa lapicera, sobre todo para un gobierno que manifiesta tanta ansiedad por trasladar al control territorial la popularidad que parece cosechar en la opinión pública. La concentración de estos programas en manos de Alicia Kirchner estaba inscripta en el comienzo de su gestión, cuando barrió de la cartera social todo el plantel de colaboradoras y «manzaneras» que había establecido allí Hilda Chiche Duhalde durante la gestión de su amiga Nélida «Chichi» Doga.
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