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1 de abril 2005 - 00:00

Intolerancia

La ira gubernamental alcanzó ayer el absurdo cuando el Ministerio de Defensa justificó la sanción a un mayor del Ejército por asociación conyugal. La esposa de ese militar envió una carta a un diario con críticas al Presidente por desplazar al obispo Baseotto por haber escrito, a su vez, otra carta. Llamativo desapego a la libertad de expresión.

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José Pampuro

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La recurrente irascibilidad presidencial, en este caso, se precipitó por la carta que envió a un diario María Cecilia Pando, esposa de Rafael Mercado, subjefe de un regimiento en Paso de los Libres, Corrientes. En su nota, la católica mujer defendió al obispo Antonio Baseotto y criticó con ironía a Kirchner. Procedió entonces Bendini a castigar al esposo, y Pampuro a traducir la decisión. No se podrá ganar la vida con esa actividad. Por ejemplo, dijo que «la libertad de expresión tiene sus límites cuando uno está en un ámbito militar». No se sabía, tampoco lo explicó Pampuro, que la señora Pando de Mercado, madre de 7 hijos y ama de casa, tuviera un rango en el Ejército, al margen de su marido. Para completar, Pampuro alegró a la audiencia con otra explicación: «La disciplina es una cuestión central y que quien no esté de acuerdo debe pedir la baja». Y cerró tétrico: «Si se repiten estos episodios, la situación se hace incontrolable». Enérgico en sus palabras, el bonaerense que acompañaba a Chiche Duhalde al Club de Lomas, pero en esta ocasión se distrajo: olvidó que la mujer no pertenece al Ejército, aunque sea de la familia militar.

Pocas veces han ocurrido episodios tan desopilantes en la historia de la fuerza, aunque éste implique el amargo final de la carrera para el mayor cuya mujer gusta ejercer la pluma. Ayer, tanto la mujer como su propio padre -argumentando que el marido, como suele ocurrir, no sabía lo que su esposa escribía- salieron por varias radios y, naturalmente, se espantaban por la reacción de Bendini, las torpezas de Pampuro y, sobre todo, la autoría intelectual y física de Kirchner. Casi parecía una novela el episodio (el gobierno por la tarde parecía recular, hablando de la «disponibilidad relativa» de Mercado y que lo iban a escuchar) que amenazaba avanzar hacia denuncias por discriminación, involucrar hasta los propios organismos de derechos humanos y, naturalmente, la apelación a la solidaridad de todos los movimientos femeninos, incluyendo a los más cercanos a una mujer como la primera dama, Cristina Kirchner.

Mientras, en la Casa Rosada pretendían desentenderse del caso y colgárselo -otro más, a la pertinaz inhabilidad de Pampuro-, aunque no dejaban de reparar en que, por segunda vez, los militares ofendidos argentinos han recurrido a su rama femenina para protestar contra el gobierno. Ya ocurrió con una carta de la hija del brigadier Carlos Rohde, cuando fue cesanteado por el caso Southern Winds, aunque en ese momento ya no había nadie para cesantear. Observan en gobierno con temor la repetición de estos hechos en los que la mujer es protagonista y, con cierta paranoia de aislamiento, han comenzado a insinuar que este envío singular de cartas puede ser el inicio de la inestabilidad. ¿O acaso -recuerdan- las esposas de los militares chilenos, cuando Salvador Allende estaba en el poder, no eran las que iniciaron los cacerolazos quejándose por la lamentable gestión presidencial y, sobre todo, porque sus maridos eran unos calzonudos? Con ese interrogante arrancado de las fosas del pinochetismo, buena parte del gobierno quiere ocultar una de las más penosas, arbitrarias y precipitadas decisiones que tomó en el ámbito militar.

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