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11 de abril 2008 - 00:00

La altura del palco le hizo olvidar la ley

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Al amparo de que las palabras de los políticos carecen de valor, ahuecadas por el oportunismo, Néstor Kirchner pronunció ayer una condena que él no querría para sí: «¡Que Patti demuestre su inocencia, y después hablamos!». Se cargó así media biblioteca jurídica al negar desde el puesto de presidente consorte («Nosotros hemos venido», se saluda a sí mismo junto a su esposa) la presunción de inocencia, uno de los principios del derecho consagrado para evitar que los poderosos avasallen a los débiles ante la Justicia. La única norma que en la Argentina niega esa presunción de inocencia (se es inocente hasta que se demuestre lo contrario) la crearon gobiernos militares para perseguir a los peronistas. Es el artículo 268 del Código Penal que nació en la década de los 60 para perseguir a sindicalistas enriquecidos. Por esa figura se invierte la carga de la prueba y el imputado debe demostrar que es inocente.

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Como se esperaba, destrató a la gente del campo sin mencionarla; se quejó de quienes piensan sólo en sí mismos y no en el conjunto y adoptó lo peor del libreto del oficialismo, redactado por Luis D'Elía. Contó la patraña de que el primer cacerolazo opositor lo había pergeñado Cecilia Pando y un grupo de activistas procesistas desde el café Victoria, que está en Bolívar enfrente de Plaza de Mayo. Reiteró el insulto de su esposa a los manifestantes como seguidores del proceso militar y nostálgicos de las dictaduras. Al decir esto pareció perder la serenidad y clamó: «No nos vamos a dejar arrebatar la institucionalidad como en 1955 y en 1976». Lo repitió dos veces y enardeció a los profesionales que, desde la barra, agitaban cantos de revancha. Alguno del palco, como Guillermo Moreno, se destacó del resto del funcionariado cantando con los brazos en alto. El resto de los presentes conservó la moderación. Eran todos funcionarios, como en cada acto del gobierno, que respetan el lema «Un hombre, un celular; un hombre, un custodio; un hombre, un sueldo público; un hombre, un auto oficial».

En el pasaje más duro hacia el campo diferenció entre cortes buenos y cortes malos. «Si en algún momento las calles se cortaban porque no había para comer eso podía no ser constitucional pero podía ser comprendido». Nunca se había escuchado a un dirigente del nivel de Kirchner que fue presidente y además es abogado, justificar una quiebra de la Constitución en razón de la emergencia. Eso lo hacían los gobiernos militares, que daban golpes de estado justificándose en la Constitución que violaban. Un desliz evitable en el presidente, que debería conocer los argumentos en favor de las protestas callejeras como un derecho a la libre expresión. Esos fundamentos los usó su gobierno para justificar la tolerancia con los ambientalistas de Gualeguaychú, en la demanda del Uruguay ante las cortes del Mercosur y de La Haya. Pero «este hombre» -como le gusta llamarlo su esposa- es apresurado e injusto cuando escucha música de masas. «Antes los entendíamos -dijo sobre los cortes de rutas de los piqueteros- y por eso tuvimos comprensión, pero causa profundo dolor que quienes fueron los más favorecidos salgan a cortar calles, tiren comida, generen desabastecimiento o aumento de precios», censuró. Y completó: «Nunca más hagan eso, esos son signos de intolerancia y no de fortaleza».

El vértigo de estar de nuevo en una tribuna que ululaba su nombre, rodeado de todo el gobierno, -salvo su esposa Cristina, gobernadores, intendentes y funcionarios sin cartera, como Hugo Moyano- desató la lengua del ex presidente. Hilvanó mal algunos desaciertos como esa condena de Patti, con llamados a la tolerancia, a crear «cadenas de cariño» y a hacer política desde la «teoría del amor».

Crispado, atacó a los opinadores de la prensa y convocó a hacer política sin pensar en «regocijos mediáticos», toda una ironía para un gobierno como el que desempeñó él y continúa su esposa, que transcurre como en un escenario, con fastuosos cambios de ropa, un cuidado juego de cámaras y el riguroso libreto que constituyen las encuestas de opinión.

Rescató sólo a un opinador de diario, el economista alfonsinista Aldo Ferrer, de quien citó una nota publicada ayer en el medio que éste dirige, el oficialista «Buenos Aires Económico», quien llamó a no hacer un país para 20 millones de habitantes (sino para 40). Para lograrlo, el economista Ferrer integra además el directorio de Enarsa, pese a su condición de visitante frecuente al departamento de Raúl Alfonsín en la calle Santa Fe.

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