15 de enero 2004 - 00:00

La idea de un Marshall

El embajador de la Argentina en Nueva York, José Octavio Bordón, decidió dos medidas. Va a traducir al inglés para difundir el no muy feliz discurso del presidente Kirchner en el plenario final de la reunión de Monterrey. No muy feliz por la sobrecarga de dirigismo estatal que incluyó. Pero allí se mencionó un plan Marshall para Latinoamérica. Suena bien la idea, aunque medio estrambótica. ¿Por qué no revivir la Alianza para el Progreso que lanzó John Kennedy en 1962, de cuyo análisis participó en la reunión de Montevideo el Che Guevara? ¿Por qué no otra Alianza o plan Marshall, si va a surgir de Estados Unidos para Africa y otros países emergentes? Pero no se puede criticar, más allá de la forma y si se exagera con la "idea", porque hay una base cierta: 1.000 millones de dólares por día destinan Estados Unidos, Japón y Europa -en conjunto- para subsidiar sus agriculturas en contra de las exportaciones de los países emergentes. En definitiva, Marshall o Alianza equivalen técnicamente a sacar subsidios. Esta es una lucha justa de los emergentes.

El embajador argentino en Washington, José Octavio Bordón, se entusiasmó ayer con la idea lanzada por el presidente Néstor Kirchner sobre la necesidad de lanzar un plan Marshall para América latina, y comenzó a trabajar en dos proyectos. Por un lado, distribuirá a la mayor cantidad posible de representantes de la clase dirigente norteamericana (políticos, intelectuales, profesores, etc) el discurso que el presidente argentino dio en la clausura de la Cumbre de las Américas del martes pasado en Monterrey, México. Específicamente el embajador argentino quiere que el mensaje de Kirchner sea tomado en serio, sobre todo en el momento en que llamó a Estados Unidos en implementar un símil Marshall para Latinoamérica. Pero además Bordón quiere ir más allá de la distribución de un simple discurso, y piensa comenzar a trabajar ya desde la Embajada de Washington en la preparación de un «paper» donde se especifique el contenido que podría tener para América latina un nuevo Marshall, aggiornado a las realidades del siglo XXI.

Si bien no hay hasta ahora estudios firmes y serios sobre cómo podría ser el contenido de un Marshall moderno y diseñado para Latinoamérica, se descarta en la residencia diplomática de Washington que debería tener por lo menos tres capítulos: el perdón de parte de la deuda, un rol importante para la obra pública financiada desde organismos internacionales y la eliminación de los subsidios agrícolas y a las exportaciones de productos primarios en Estados Unidos y Canadá.

De todas maneras, el relanzamiento de este tema generó ayer, además de las obvias aprobaciones oficiales, críticas y observaciones algo negativas por parte de analistas internacionales.

Ayer, Carlos Rodríguez Brown, profesor argentino radicado en España y dedicado a estudiar la historia contemporánea europea definió el plan Marshall implementado en Europa en las décadas del '50 y el '60 del siglo pasado
como un proyecto «cuya característica fue hacer protagonista al gasto público como fundamento del crecimiento a partir de fondos que EE.UU. destinó a los países europeos luego de la Segunda Guerra Mundial». Para Rodríguez Brown, «sólo desde una posición dogmática se puede suponer que el plan tuvo que ver con la recuperación europea en las décadas de los '50 y '60". Para el analista, pensar esto «es un enorme disparate». Lo que sirvió fue «la paz, justicia, libertad, respeto por las leyes y la seguridad jurídica y la aplicación de criterios de apertura de mercados e impuestos moderados», que según Rodríguez Brown sería la receta que tendría que aplicarse en América latina para salir de la crisis actual y «tener un destino como el de los europeos» ya que es errado creer que «los países crecen porque los Estados gasta más dinero».

En realidad, en algún momento de la historia Estados Unidos ya había pensado institucionalmente en una versión del plan Marshall para América latina. Fue durante la gestión de John Fitzgerald Kennedy, hacia 1962, y se bautizada como Alianza para el Progreso. Era básicamente el giro de dinero desde EE.UU. hacia los países del continente en un intento que buscaba acercar a los estados latinoamericanos al bloque occidental, y alejarlos de la tentación revolucionaria comunista que se había concretado con la llegada de Fidel Castro al poder en Cuba en 1959. El proyecto no sobrevivió mucho más de la gestión demócrata.

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