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11 de julio 2003 - 00:00

Las 40 medidas para una política bicéfala

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Estos anuncios del ministro de Justicia y Seguridad pretenden responder a una demanda objetiva de la ciudadanía que está envuelta en una sensación de vulnerabilidad extrema. También aprovechan la circunstancia para abonar el proselitismo de Aníbal Ibarra, presente en éste como en casi todos los actos que el gobierno de Néstor Kirchner destina a realizar anuncios. Pero este proselitismo es la deficiencia más superficial que se le puede observar no a las medidas, sino al contexto en el que se anunciaron y a la falta de coherencia del gobierno que las elaboró.

En principio, llamó la atención que Béliz diga a los oficiales que lo escuchaban que él entiende la desazón que los embarga cuando, después de perseguir a un delincuente durante mucho tiempo hasta lograr apresarlo, deben ver «cómo en un par de horas lo dejan libre». Esa afirmación, sensata, resulta incomprensible en boca del ministro de Justicia del gobierno que acaba de proponer a un abogado como Eugenio Zaffaroni para integrar la Corte Suprema. Para decirlo más claro, la designación de un penalista como Zaffaroni debe ser vista como parte de una política de Seguridad, una medida mucho más gravitante que las 40 que se anunciaron ayer. Esa disposición premia la conducta de todos los jueces que habilitan puertas giratorias en las cárceles para que los delincuentes entren y salgan de ellas en un santiamén. El ultragarantismo de Zaffaroni que avala el ministro de Justicia Béliz es la expresión más clara de ese reblandecimiento de las sanciones que, según parece, molesta al ministro de Seguridad Béliz. ¿A cuál de los dos Béliz respaldará Kirchner?

La falta de congruencia en la que se inscriben los anuncios de ayer no se reduce a la brecha entre la política de Seguridad y de Justicia del mismo gobierno y hasta del mismo ministerio. Tampoco tienen relación estas medidas con la orientación legislativa del grupo que las promueve. Aníbal Ibarra y Zaffaroni, cuando fue estatuyente y diputado porteño, fueron en el sentido contrario de lo que se busca con las medidas anunciadas ayer. Resultaba irónico escuchar cómo Béliz se refirió durante un extensísimo discurso a la seguridad metropolitana sin hacer siquiera un balance del funcionamiento de un Código de Convivencia Urbana que le quitó a la Policía Federal algunas de las facultades que ahora se le quieren reponer. Más asombroso todavía fue advertir que Ibarra participaba del acto, cuando fue -como Zaffaroni- uno de los impulsores de ese código tan concesivo en materia de garantías otorgadas a los delincuentes. La crisis de seguridad que se pretende revertir con las medidas anunciadas por Béliz es, en gran medida, una consecuencia de esa forma de legislar sobre la materia que promovieron Ibarra, Zaffaroni y la izquierda porteña. Claro, la campaña electoral en la que está sumergido el oficialismo en Buenos Aires impidió a Béliz recordar los reproches que en su momento, siendo legislador, levantó contra esa codificación porteña.

Finalmente, también causó perplejidad observar cómo ni Béliz ni Ibarra se sintieron impulsados a decir una sola palabra sobre la transferencia de la Policía Federal a la jurisdicción de la Ciudad de Buenos Aires. El ministro y el jefe de Gobierno fueron, desde partidos distintos, abanderados de esa transferencia. Pero ayer Béliz, que ahora es funcionario de la Nación, pareció haber olvidado las virtudes que él mismo le atribuía a esa descentralización. O admitió, en silencio, que esa transferencia de la Policía a la escala municipal era un error. ¿Habrá que pensar lo mismo de Ibarra o no está dispuesto a exigir nada del gobierno que lo postula?

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