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Quien más lamenta esa ingratitud es Lavagna, convertido en el principal abogado de los sindicalistas tradicionales delante de Kirchner. El ministro estuvo reunido con tres dirigentes de la CGT oficial (Rodolfo Daer, Armando Cavalieri y Carlos West Ocampo) antes de que se dispusiera la suba. Escuchó de nuevo el reclamo de los «gordos»: «Si no se incorpora el aumento a los sueldos básicos vamos a tener que abandonar las obras sociales», explicó Cavalieri. Lavagna asintió, también a él le resultaría favorable ese «blanqueo», que haría fluir fondos también hacia el sistema previsional y el PAMI.
La charla con los gremialistas no se circunscribió a este punto. Lavagna y «los gordos» se detuvieron también en las dificultades políticas que tiene la CGT oficial para acceder al Presidente. Kirchner los hizo atender por el jefe de Gabinete Alberto Fernández, y ellos recibieron la visita de Torcuato Di Tella, un sociólogo librepensador, que está entusiasmado con la creación de un museo de la industria al que en la CGT ya llaman, con aire sesentista, «el Di Tella», en homenaje al secretario de Cultura que los visitó sin temor a los virus.
Pero Cavalieri creyó que la solución hay que buscarla allí donde está el problema. El cree, y no le falta razón, que los dramas con Kirchner nacieron el día en que se le ocurrió pedir la postergación de las elecciones y lanzar la candidatura del ministro de Economía a la Presidencia, en detrimento de la del propio patagónico. «Todo fue por tu culpa» piensa para sí mismo «El Gitano» cada vez que mira a Lavagna a los ojos. Claro, es un experto en derivar culpas hacia los demás. Con el ministro algún éxito tuvo: el titular del Palacio de Hacienda prometió hacer las gestiones que sean necesarias durante el viaje a Europa para que Kirchner reciba a la CGT cuando regrese. Por eso también él debe estar inquieto porque no aparece el agradecimiento de los sindicatos al «salariazo».
La demora se debe a que los «gordos» son insaciables aun cuando se los beneficie. En este caso, están quejosos porque no se los dejó avanzar en su acuerdo con los industriales. Lavagna y Tomada no abrieron la boca ante ningún sector por orden de Kirchner. Redactaron los decretos con el mayor hermetismo, aún resbalando hacia errores técnicos, y frustraron el arreglo que la CGT ya venía negociando con la UIA: un blanqueo de las sumas no remunerativas que se incorporaría a los salarios de convenios en tres veces, no en cinco como dispuso el Ejecutivo.
Para Kirchner fue una jugada política elemental: sería su generosidad y no la de dos «corporaciones», la que se festejaría entre los trabajadores. De paso Lavagna también se daba un gusto: nada de que le tengan que agradecer un aumento a Alberto Alvarez Gaiani, titular de la UIA e interlocutor principal de De Vido hoy en el empresariado (la amistad quedó sellada en Puerto Madryn y las conversaciones versan también sobre la marcha de la economía).
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